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febrero 01, 2022

1 DE FEBRERO DE 2022, 149 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE LA AVELLANEDA

 

GGA a los 23 años


Gertrudis Gómez de Avellaneda falleció un día como hoy, 1 de febrero de 1873, en la calle Ferraz no 2 de Madrid, en el mimo lugar donde a día de hoy radica el PSOE. Nació en Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, en la entonces provincia española de Cuba el 23 de marzo de 1814. Sus antepasados paternos eran oriundos de Constantina de la Sierra en la provincia de Sevilla mientras los maternos provenían de las Islas Canarias y el País Vasco. Su padrastro era gallego.

Pasó su niñez en su ciudad natal. Con tan solo 9 años sufrió la muerte de su padre, capitán de la Marina y de la ciudad de Puerto Príncipe acaecida en 1823.  Residió en Cuba hasta que finalmente en 1836, los reyes firmaron la orden de traslado de su padrastro a España. En este año parte con su familia hacia la metrópolis. Al comienzo de este viaje compuso uno de sus más conocidos poemas, el soneto «Al partir» una composición antológica por excelencia, marcada por el desgarramiento existencial, muy propio de su fetiche literario, José María Heredia, y que encabezará su producción en el futuro.

 En Sevilla conoció a Ignacio de Cepeda, el hombre que despertó un apasionado amor en la joven escritora que se mantendría vivo, a pesar de que él nunca le correspondió con la misma intensidad a lo largo de casi toda su vida.

Tula en 1840 hizo amistad con literatos y escritores de la época en su estancia en Madrid. En 1841 leyó sus poemas en el Liceo y en 1841 publicó su primer libro. También empezaron sus triunfos teatrales con el estreno en 1844 de Munio Alfonso, su primera obra estrenada en Madrid. Su novela Sab supuso una ruptura ya que era la primera novela abolicionista.

En 1844 conoció al poeta Gabriel García Tassara. Avellaneda se rindió al amor compartido con Ignacio de Cepeda por este hombre que la dejaría sola, estando embarazada y soltera, lo que en el Madrid de mediados del siglo XIX era una enorme desgracia. A pesar de todo en abril de 1845 tuvo a su hija María, que murió a los siete meses por culpa de la eclampsia que sufrió al nacer. Aunque la escritora intentó que el padre conociera a su hija antes de morir, él se negó. Sin embargo, en la iglesia donde se le dio sepultura a la niña, específicamente en su acta de defunción aparece con el apellido del padre.

Su vida sentimental dio un giro cuando en 1846 se casó con don Pedro Sabater, pero la desgracia se cernió de nuevo sobre ella y al poco tiempo su esposo enfermó y apenas meses después de su matrimonio quedó viuda por primera vez.

En 1850 realizo una segunda edición de sus poesías. Tenía ya el favor del público y de la crítica, siempre tuvo el apoyo de escritores como José Zorrilla, Fernán Caballero, José de Espronceda, o Alberto Lista; sin embargo, escritores menores y otros funcionarios públicos, impidieron que entrara en la Real Academia Española (RAE)

En 1858 estrenó su drama Baltasar cuyo triunfo superó todos los éxitos tenidos anteriormente y lo cual compensó las mil contrariedades que había encontrado en su carrera y vida.

Contrajo matrimonio con Domingo Verdugo y Massieu, político, con el que marchó a Cuba en 1859, donde vivió cinco años. En una fiesta en el Liceo de la Habana fue proclamada poetisa nacional. Dirigió la revista Álbum cubano de lo bueno y lo bello, pero en 1863 murió su segundo esposo. Las muertes de sus dos maridos acentuaron su temperamento depresivo y apasionado hacia el nuevo entretenimiento, el espiritismo y periodos de retiro religioso.

Viajó a Nueva York y a las Cataratas del Niágara donde su gran poeta fetiche compuso su gran obra poética, «Oda al Niágara». Regresó a España en 1865, después de pasar una temporada por Londres y Paris. Dedicó sus últimos días a editar sus obras completas hasta que la diabetes, el 1de febrero de 1873 venció sus fuerzas físicas. Gertrudis Gómez de Avellaneda era admiradora de Mme. de Stael, Chateaubriand, W. Scott, La condesa de Merlín, Gallego y Quintana, entre otros.  Perteneció al grupo de escritores románticos de finales del XIX, escribió poesía, novela y teatro y destacó en los tres géneros, especialmente en el último. Incorporó a las letras españolas el ambiente caribeño, sentido en varias partes del mundo como algo exótico, en un tono melancólico y nostálgico. La crítica actual la considera una precursora del feminismo moderno tanto por su actitud vital como por la fuerza que imprimió a sus personajes literarios femeninos.


 Manuel Lorenzo Abdala

La divina Tula


marzo 07, 2021

DIA DE LA MUJER

Recreación de Espatolino, Sab y Dos mujeres.

Saludando el Día de la Mujer, queremos recordar a la poetisa, dramaturga y novelista española, Gertrudis Gómez de Avellaneda, una de las primeras feministas en la historia en la literatura y en la vida social. Queremos saludar, repetimos, el Día de la Mujer, con una reseña a su segunda novela «reivindicativa» Dos mujeres (igualmente lo hacemos con otras dos novelas, Sab y Espatolino). El tema de Dos mujeres, fue en extremo escandaloso para la época: Posición de la mujer en la sociedad decimonónica e importancia del divorcio como solución a una unión no deseada. Todo un atrevimiento literario, La novela, sin lugar a dudas, dejó sin respiración a consagrados literatos de la época.

Había nacido el mito feminista del siglo XIX. Tres años antes, la autora escribía a su novio de entonces, en una de sus múltiples cartas publicadas en 1907, su posición y determinación frente al matrimonio (La Avellaneda ya era aguerrida feminista):


«El matrimonio es un mal necesario del cual pueden sacarse muchos bienes. Yo lo considero a mi modo y a mi modo lo abrazaría. Lo abrazaría con la bendición del cura o sin ella: poco me importaría… Para mí es santo todo vínculo contraído con recíproca confianza y buena fe… Yo no tengo ni tendré un vínculo, porque lo respeto demasiado; porque el hombre a quien me uniese debía serme no solamente amable, sino digno de veneración, porque no he hallado ni puedo hallar un corazón bastante grande para recibir el mío sin oprimirlo y un carácter bastante elevado para considerar las cosas y los hombres como yo los considero».


Hace nueve años, el blog dedicado a Gertrudis Gómez de Avellaneda (La divina Tula) tuvo el placer de reeditar la sorprendente novela Dos mujeres, y que vio la luz por primera vez en 1842, dividida en cuatro tomos y treinta y un capítulos.

La primera edición contenía diversos errores tipográficos a causa de su precipitada impresión. En aquella momento, la publicación estuvo a cargo del Gabinete Literario, calle del Príncipe, Nº 25 de Madrid, y se agotó en muy pocos días (Hasta S.M. Doña Isabel II, la leyó, a escondidas de sus confesores, cuando aún contaba con escasos trece años). Se trata de una muy cuidada obra y tremendamente importante pues su discurso es sumamente atrevido para la época de su escritura

En Dos mujeres, Gertrudis Gómez de Avellaneda se adelanta a su tiempo y abre caminos insospechados en la narrativa española de aquel momento. El tema de Dos mujeres, tratado de manera tan manifiesta y abierta, sin tapujos, le trajo varios dolores de cabeza: problemas sociales y más de un enemigo en la eternidad de su existencia, en vida y hasta después de muerta. También le trajo glorias, muchas. Fue justo a partir de la edición de Dos mujeres que se le señala en el parnaso como, «La reina literaria» (Ya era conocida, además, como «La divina Tula», «La franca india», «La Melpómene española»)

Pocos días antes de publicar Dos mujeres, concluíamos en el blog la primigenia novela de la Avellaneda, Sab, considerada además como la primera obra de corte antiesclavista, anterior incluso a La cabaña del tío Tom. Sab es una novela en extremo curiosa, especialmente por ser el protagonista un «mulato» esclavo en la Cuba colonial, que en la adversidad de su condición y su fortuna halla ocasión de desplegar heroicos sentimientos… Su tema fundamental, independientemente de ser una novela romántica, es la exaltación humana de la figura del esclavo. La obra es, sin lugar a dudas, un canto a la libertad. Pero un canto a la libertad del esclavo y también a la libertad de la mujer oprimida.

Después de Dos mujeres, le tocó el turno a Espatolino, tercera novela en sucesión. Esta obra fue editada por capítulos entre 1843 y 1844 por el periódico El laberinto, revolucionando el panorama literario de la época. En ella, la Avellaneda repite el tema de Sab. Pero lo que exalta y pretende justificar es al bandido, al que ella considera como el producto de una injusta sociedad… (La novela narra las peripecias de un famoso bandido italiano —personaje real— que actúa en Nápoles y Roma, con agentes y espías que lo mantienen al tanto de los movimientos del gobierno y de la policía que le sigue los pasos) Es una apasionante novela de aventuras basada en la vida de un famoso brigante italiano durante la ocupación francesa de Nápoles.

Manuel Lorenzo

ladivinatula.blogspot.com


El blog dedicado a GGA, ladivinatula.blogspot.com pone a disposición de las interesadas e interesados, las tres novelas sin coste alguno. Si lo desea, solicite vía e-mail las obras.

febrero 01, 2021

Tributo al genio poético




  Hace 148 años, un día como hoy, en la Calle Ferraz de Madrid, y retirada de cualquier febril actividad, la Avellaneda esperó su hora final en el mundo de lo conocido. España vivía momentos convulsos. Eran otros tiempos. Hacía frío.

  La célebre poetisa de Cuba y de España, de América, de Europa, y del mundo entero -porque es patrimonio de la cultura universal-, dejó de existir físicamente. Pero jamás murió.

  Durante las treinta y seis horas siguientes al deceso, el cuerpo de la Avellaneda fue velado “asidua y constantemente” por varias señoras que ella misma dispuso en su testamento.


Dispongo primeramente que nadie profane mi cadáver con vestimentas innecesarias, sino que se le deje en el lecho tal cual quedare después de exhalar el alma, sin cubrirle la cara, y velando cerca de él una o dos personas piadosas.

  Gertrudis Gómez de Avellaneda no quiso que su funeral fuera pomposo, y así se cumplió. Quizás por eso y por otras sencillas razones muy pocos se enteraron de su muerte en el momento que aconteció. No obstante, el periódico El Imparcial daba la noticia al día siguiente en una sencilla nota donde lamentaba profundamente la irreparable pérdida sufrida por las letras universales.

  En la mañana del día dos de febrero, y antes de la traslación del cadáver al cementerio, tuvo lugar el reconocimiento facultativo del médico que la atendió durante sus últimos minutos de vida, y también de un segundo médico que certificó con exactitud la evidencia de la muerte física. Su cadáver fue trasladado entonces a la sacramental de San Martín, donde se le guardó en depósito sin dársele sepultura bajo la guarda e inspección de un sacerdote y del encargado del cementerio. “Anteayer domingo, a las once de la mañana, fue conducido (…) al cementerio de la sacramental de San Martin el cadáver de la Señora doña Gertrudis Gómez de Avellaneda”, publicó el martes cuatro de febrero La Discusión, un conocido periódico madrileño. Después de hacerse eco de otros periódicos de la corte que igualmente lamentaban la pérdida de la autora de SaúlBaltasar y La hija de las flores, recordaba que:

 

El gran poeta Quintana y la célebre Avellaneda han sido los únicos de nuestros poetas que han obtenido durante su vida un ramo de laurel para su frente. La posteridad, al juzgar sus obras, colocará también estos dos nombres entre aquellos que más gloria han dado á las letras españolas.

  Un poco más abajo, y tras hacer una reseña sobre los avatares de su vida, y narrar las circunstancias que rodearon la repentina muerte física, así como describir el sencillo cortejo que seguía su carro funerario, agregaba:


Varios compatriotas de la señora Avellaneda la acompañaron también hasta su último asilo, y uno de ellos depositó sobre el ataúd una corona de laurel, recuerdo ¡ay! de la tierra natal á una de sus hijas más distinguidas, á la vez que tributo de merecida consideración al genio que nos ha arrebatado la muerte.

  El día cinco, la revista Las hijas del sol, publicó un artículo-homenaje de la baronesa de Wilson, que el blog La divina Tula transcribió hace unos años. Días después la misma revista publicó un segundo artículo, esta vez firmado por Catalina Rando de Boussingault, gran periodista y amiga de la finada.

  En los días sucesivos otros medios como La AméricaLa ConvicciónLa Época y La Ilustración Española y Americana publicaron igualmente sendas reseñas, destacando el majestuoso homenaje tributado por Teodoro Guerrero en La Ilustración… y que en su día, fue, igualmente publicado por el blog La divina Tula.

  El cinco de febrero, cuatro días después de haber fallecido, y una vez comprobado que su cuerpo presentaba evidentes signos de descomposición y putrefacción, se le trasladó al nicho que interinamente ocupó hasta que, pasado un tiempo, sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de San Fernando de Sevilla y depositados junto a los de su marido Domingo Verdugo, donde aún se conservan.

  Con sorpresa hemos comprobado que el siete de febrero en La Correspondencia de España, diario universal de noticias y eco imparcial de la opinión y la prensa, fue publicada una de las esquelas más importantes relacionadas con el fallecimiento de la Avellaneda. El objetivo de la comunicación era el de invitar a los amigos al funeral que se efectuaría en la iglesia de San Marcos al día siguiente. Transcribimos el contenido de la esquela por estar borroso el original del recorte de periódico que insertamos al principio del post.


La señora Dª Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga, viuda de Verdugo, falleció el día 1º de febrero de 1873, a las tres de la mañana.

 

R.I.P.

Su padre político, sus hermanos, hermanas políticas, sobrinos, demás parientes y [ininteligible], suplican a los amigos que por olvido no hayan recibido esquela de invitación, se sirvan encomendarla a Dios y asistir al funeral que por el eterno descanso de su alma, se ha de celebrar el sábado 8 del corriente, a las diez de la mañana, en la iglesia parroquial de San Marcos, en la que recibirán especial fervor.

El duelo se despide en la iglesia.

Todas las misas que se celebren durante nueve días, a contar desde el sábado 8 en las parroquias de Santiago y San Marcos por los sacerdotes adscritos a dichas parroquias, serán aplicadas en sufragio del alma de la finada.

  Lo tremendamente curioso de la esquela es que su padrastro, D. Isidoro Gaspar Escalada, personaje con el cual la Avellaneda mantuvo a través de toda su vida una pésima relación por motivos más que fundados, encabece la lista de los sentidos y dolientes familiares. Esta información jamás ha sido comentada por ningún crítico especializado y merece un estudio profundo en un futuro inmediato.

  Han pasado 148 años desde que Tula nos dejara. Pero creemos que jamás se nos fue realmente. Hoy más que nunca está viva y su presencia se siente.


Manuel Lorenzo Abdala

www.ladivinatulablogspot.com



julio 22, 2020

Gertrudis Gómez de Avellaneda, la madre de la novela histórica española

GUATIMOZIN, EL ÚLTIMO EMPERADOR DE MÉXICO

Tomado de ABC Cultural y actualizado:22/07/2020, un artículo de Luis Alberto de Cuenca




Es una autora a reivindicar. En este título, «Guatimozin», narra la vida del último emperador de México

Son de agradecer los esfuerzos de la colección «Letras Hispánicas» de Cátedra por administrar de manera tan eficiente su frondoso catálogo de clásicos en lengua castellana, que ha superado ya la cifra de ochocientos títulos aparecidos y va acercándose al millar. Y hablo de administración eficiente porque los responsables de la serie han tomado sobre sus hombros la tarea no solo de dar a conocer nuevas y renovadas ediciones de autores indiscutibles, sino de presentar en sociedad por primera vez a otro tipo de autores, mucho más necesitados de atención en razón al olvido que pende sobre ellos como una ominosa amenaza si no encuentran acomodo en series como «Letras Hispánicas».
Gertrudis Gómez de Avellaneda nació en Camagüey (Cuba) en 1814. Moriría en Madrid en 1873. Hay que recordar que la perla de las Antillas fue hasta 1898 una provincia española más, de modo que Gertrudis pertenece de lleno y con pleno derecho a las letras españolas. Era hija de Manuel Gómez de Avellaneda y Gil, un oficial andaluz de la armada española destacado en Cuba, y de Francisca de Arteaga y Betancourt, una criolla de familia patricia «con grandes propiedades de tierras y esclavos».

Rigor y fantasía

A su entierro madrileño acudió un número reducidísimo de personas, no más de diez, pero entre ellos estaba ni más ni menos que mi admirado don Juan Valera, que escribió lo siguiente sobre ella: «La fecunda actividad de doña Gertrudis se manifestó en todos los géneros. En prosa escribió muchas novelas. Pero, cualquiera que sea el mérito de estas obras, la moda y el gusto que influyeron en producirlas han pasado ya, y es muy de temer que las obras pasen también y se olviden».

Un fresco vivo y muy bien escrito sobre la conquista de México por los españoles de Cortés.

Para evitar que el vaticinio de Valera acabe cumpliéndose, Luis T. González del Valle y José Manuel Pereiro Otero han rescatado de las sombras la mejor de las novelas históricas de Gómez de Avellaneda, dedicada al personaje de Cuauhtémoc (1496-1525), llamado Guatimozin (así, sin tilde) por la novelista, que fue el último tlatoani mexica de los aztecas, lo que equivale a nuestro «emperador». La narradora ha bebido de las fuentes obligatorias para todo autor de novela histórica del período romántico, que son las Waverley Novels de sir Walter Scott, que fueron el punto de partida de la narrativa histórica europea y empezaron a publicarse, anónimamente, el mismo año de 1814 en que nació Gertrudis, prolongando su vida editorial hasta 1831, un año antes del óbito del genial narrador escocés.
La introducción de los editores es, probablemente, la mejor monografía que se ha escrito nunca sobre Gertrudis. La novela es mucho más que una biografía del infortunado Cuauhtémoc. Es un fresco vivo y estupendamente escrito sobre la conquista de México por los españoles de Hernán Cortés y sobre la caída del imperio azteca. Siguiendo la línea marcada por Scott, la autora crea una ficción que inventa y altera la cronología de los hechos reales e inserta en ellos todo tipo de episodios delirantes e inverosímiles. Que eso es, no se engañen, la novela histórica: una novela fantástica que intenta (en vano) evitar los anacronismos.

«Guatimozin, último emperador de México». Gertrudis Gómez de Avellaneda
Narrativa. Cátedra, 2020. 896 páginas. 21,60 euros.

Un artículo de Luis Alberto de Cuenca

junio 23, 2020

A LAS CUBANAS




A LAS CUBANAS
Versos de GGA publicados en:
ÁLBUM CUBANO
de
LO BUENO Y LO BELLO
REVISTA QUINCENAL,
DE MORAL, LITERATURA, BELLAS ARTES Y MODAS
DEDICADA AL BELLO SEXO Y
DIRIGIDA POR DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA




   Respiro entre vosotras ¡oh, hermanas mías!
Pasados de la ausencia los largos días,
            Y al blanco aliento
De vuestro amor el alma revivir siento.

   ¡Oh si! que en el encanto de vuestros ojos
Treguas logran del pecho crudos enojos,
            Cual dulces brisas
Refrescando mi frente vuestras sonrisas.

   ¡Oh sí! que en la dulzura de vuestro acento
Parece que se embota todo tormento,
            Y al alma herida
Vuestro cariño lleva savia de vida.

   Mi gratitud quisiera por cada halago
Las perlas de ambos mares rendir en pago,
            Y aun cuanto encierra
De más hermoso y rico la vasta tierra.

   Más !ay! de las que vengo, tierras lejanas,
Sólo una lira traigo, bellas cubanas:
            !Sólo una lira
Que al soplo de las auras triste suspira!

   El que antes exhalaba ferviente canto
Raudales apagaron de acerbo llanto,
            Y hoy cuando vibra
De postración gemidos al aire libra.

   Así, empero, os la rindo, pues no poseo
Mayor bien en el mundo, mejor trofeo;
            Y acaso aún rotas
Sus cuerdas os respondan con dulces notas.

   Quizás en este ambiente de poesía
Para cantaros cobre nueva armonía,
            Y al sol de Cuba
Vuestro amor bendiciendo su canto suba.

   Sí; porque en esta zona de resplandores
Genios en sus corolas guardan las flores,
            Dando alegría
Su hálito, que perfuma la fantasía.

   Sí; porque en esta Antilla llena de hechizos
Hay silfos, que se mecen en vuestros rizos,
            Y a cuyo aliento
Se despliegan las alas del pensamiento.

   Sí; porque en esta patria de la hermosura
Se aspiran en los vientos gloria y ventura,
            Y hay en sus sones
De amor y de entusiasmo palpitaciones.

   !Oh hijas bellas de Cuba! ¡oh hermanas mías!
Que aquí término el cielo ponga a mis días,
            Y aquí el sonido
Postrero de mi lira vague perdido.


(La Habana, 18 de enero 1860)


Manuel Lorenzo Abdala
http://www.ladivinatula.blogspot.com

marzo 23, 2020

LA MUJER IV

Amantine Lucile Aurore Dupin, baronesa Dudevant.
George Sand.
(El Byron francés, según la Avellaneda)


Hoy 23 de marzo de 2020, hace 206 años nació en la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga, de Sabater y Verdugo. Tula, como se le conoció en su ámbito más cercano, fue una eminente intelectual de la España decimonónica, poetisa, novelista, dramaturga y periodista que vivió entre 1814 y 1873. Hoy el blog La divina Tula rinde homenaje a esta eminente escritora por su onomástica reproduciendo el siguiente artículo feminista, cuarto de una serie de cuatro.

A mediados del siglo XIX, Gertrudis Gómez de Avellaneda escribió cuatro polémicos artículos, cargados de una inteligente ironía, sobre La mujer en la sociedad de su tiempo. Aquellos reportajes parecían estar dirigidos, especialmente, al público femenino, pero nada más lejos de la realidad. En los cuatro artículos la Avellaneda arremetió contra los misóginos de su tiempo (y hasta contra los del nuestro que aún perviven tras bambalinas y sillones de la Academia).
Por su gran interés y agitación social, por su humor, perspicacia y extrema mordacidad, los escritos fueron reproducidos por varios periódicos de la época poniendo a la autora en el punto de mira de los ascéticos oficialistas de entonces que se burlaron de ella hasta la saciedad.
Los cuatro artículos que hemos reproducido en este blog, inicialmente, fueron pensados y publicados por el semanario La Ilustración que dirigía la propia autora. Las revolucionarias crónicas, trataban sobre La mujer considerada respecto al sentimiento que el hombre le había asignado en los anales de la religión. En la segunda entrega, la Avellaneda realizó un análisis respecto a las grandes cualidades del carácter, el valor y el patriotismo femenino demostrado a través de la historia de la humanidad. El tercero versó sobre la capacidad de las mujeres para el gobierno de los pueblos y la administración de los intereses públicos (tema éste de gran actualidad) Y el cuarto y último artículo, que ahora publicamos, felicitando el día de su nacimiento, hace exactamente hoy 206 años  —fue el 23 de marzo de 1814—, la eminente escritora trató, con especial clarividencia sobre la mujer considerada particularmente en su tremenda capacidad científica, artística y literaria, lugar en el que se encontraban entonces, Carolina Coronado, Concepción Arenal y la propia Gertrudis Gómez de Avellaneda, así como otras tantas mujeres de su tiempo (y del nuestro).
A todas ellas, a las que les tocó vivir antes, y a las que vinieron después, hemos dedicado en La divina Tula  los cuatro artículos feministas, rindiendo homenaje a la autora por su onomástica y a la Mujer de todos los tiempos.


Manuel Lorenzo Abdala


Nota: El artículo que hoy publicamos, así como los tres anteriores, es fiel reproducción del original que aparece en el tomo IV de las obras completas de la Avellaneda, editadas por ella misma, en 1870.








LA MUJER IV

Considerada, particularmente,
en su capacidad científica, artística y literaria.


En las naciones en que es honrada la mujer, en que su influencia domina en la sociedad, allí de seguro hallaréis civilización, progreso, vida pública.
En los países en que la mujer está envilecida, no vive nada que sea grande; la servidumbre, la barbarie, la ruina moral es el destino inevitable a que se hallan condenados.

Gertrudis Gómez de Avellaneda


I

Si aún necesitásemos nuevas demostraciones de que la fuerza moral e intelectual de la mujer se iguala, cuando menos, con la del hombre, no tendríamos más que buscarlas —con sólo otra mirada rapidísima— en el vasto campo de la literatura y las artes. No decimos también de la ciencia, porque estando ésta basada únicamente en el conocimiento que las realidades —conocimiento que los mayores genios no pueden poseer por intuición— sería absurdo pretender hallar gran número de celebridades científicas en esa mitad de la especie racional, para la que están cerradas todas las puertas de los graves institutos, reputándose hasta ridícula la aspiración de su alma a los estudios profundos. La capacidad de la mujer para la ciencia no es admitida a prueba por los que deciden soberanamente su negación, y causa sumo asombro —aun, así y todo— no falten ejemplos gloriosos de perseverantes talentos femeninos, que han logrado forzar de vez en cuando la entrada del santuario, para arrancar a la misteriosa deidad algunos de sus secretos. Dígalo Areta (hija de Aristipo) autora de cuarenta libros científicos, maestra de ciento diez filósofos distinguidos, heredera (según decían los atenienses) del alma de Sócrates y de la facundia de Homero, Díganlo Aspacia —de quien aprendían retórica Pericles y Alcibiades, y a la que debió Atenas una escuela de elocuencia—; y a Laura Bassi, no menos celebrada por sus contemporáneos como instruida en la física, el álgebra y la geometría, que como inspirada en la poética; y la princesa de Piombino, teóloga y filósofa; y madame Chatelet, reconocida como astrónoma, etc., etc.
        Si la mujer —a pesar de estos y otros brillantes indicios de su capacidad científica— aún sigue proscrita del templo de los conocimientos profundos, no se crea tampoco que data de muchos siglos su aceptación en el campo literario y artístico: ¡ah! ¡no! también ese terreno le ha sido disputado palmo a palmo por el exclusivismo varonil, y aún hoy día [mediados del siglo XIX] se la mira en él como intrusa y usurpadora, tratándosela en consecuencia, con cierta ojeriza y desconfianza, que se echa de ver en el alejamiento en que se la mantiene de las academias barbudas. Pasadnos este adjetivo, queridas lectoras, porque se nos ha venido naturalmente a la pluma al mencionar esas ilustres corporaciones de gentes de letras, cuyo primero y más importante título es el de tener barbas. Como desgraciadamente la mayor potencia intelectual no alcanza a hacer brotar en la parte inferior del rostro humano esa exuberancia animal que requiere el filo de la navaja, ella ha venido a ser la única e insuperable distinción de los literatos varones, quienes —viéndose despojados cada día de otras prerrogativas que reputaban exclusivas— se aferran a aquella con todas sus fuerzas del sexo fuerte, haciéndola prudentísimamente el sine qua non de las académicas glorias.
        Pero ¡admirad la audacia y la astucia del sexo débil! Hay ellas que, no sé cómo, se alzaron súbitamente con borlas de doctores (1). Otras que, cubriendo sus lampiñas caras con máscara varonil, se entraron, sin más ni más, tan adentro del templo de la fama, que cuando vino a conocerse que carecían de barbas y no podían, por consiguiente, ser admitidas entre las capacidades académicas, ya no había medio hábil de negarles que poseían justos títulos para figurar eternamente entre las capacidades europeas (2).

II

        Aún es mayor, ¡espantaos!, aún es mayor el número de temerarias que a cara descubierta se han hecho inscribir sans façon en los fastos gloriosos de la inteligencia. ¿A qué citar ejemplos, siendo tan públicos y palpables los hechos?
        Desde la más remota antigüedad vemos a la mujer dando muestras de que nació dotada del instinto artístico, que había de salvar al cabo cuantas murallas se le opusieran. Las musas mitológicas eran, probablemente, apoteosis de mujeres ilustres de los primeros tiempos, iniciadoras de las artes; pero sin necesidad de recurrir a la hipótesis, sabido es que —según respetables opiniones— se debe a la mujer la invención de la pintura; que otra ha puesto las bases de la primera sociedad de bellas artes, estableciendo los juegos florales… (3). Y ¿quién ignora que Safo fue célebre entre los más célebres poetas griegos de su época, que Corinna venció a Píndaro; que Tesálida infunda —con los mágicos sones de su lira— el heroísmo del guerrero en los juveniles corazones de las doncellas argivas?
        No intentaremos descender a los tiempos modernos: la Europa sola nos abrumaría con el inmenso número de sus glorias femeniles; y la América —ese mundo tan nuevo en el que he nacido— la América misma llovería sobre nosotras multitud de nombres de distinguidas hembras, que sostienen en ella el movimiento intelectual amenazado de sofocación, en unas partes por la preponderancia de los intereses materiales, y en otras por las disensiones civiles.
        Y ¿cómo no ser así, cuando —al descubrir Colón una parte de esas regiones vírgenes— pudo notar con asombro que la naciente civilización de aquel pueblo y el genio de su poesía estaban encarnados en el hermoso cuerpo de una mujer? Anacaona era sibila inspirada de una de nuestras ricas islas tropicales. A su voz —resonando entre las armonías de los bosques— se suavizaron las costumbres de aquellas tribus bárbaras, se reveló a sus entendimientos la soberanía de la inteligencia, y obedecieron como a reina a la que veneraban como oráculo.

III

En cuanto a capacidades femeniles contemporáneas, solo añadiremos, por conclusión, que acaban de ver la luz pública en Francia dos obras notables por más de un concepto. La una, debida a la pluma de Mlle. Marchet Girard, lleva por título Las mujeres, su pasado, su presente, su porvenir. La otra, de que es autora la ya célebre condesa Dora d’Istria, tiene por epígrafe: Las mujeres en oriente. Aún no hemos tenido el gusto de leer ninguna de dichas producciones; pero —a juzgar por los juicios de la prensa periódica parisiense— ambas son interesantísimas por su esencia y bellas en su forma. Los documentos esparcidos de la gran causa de una de las mitades de la especie humana, esto es todo cuanto prueba algo a favor de la emancipación de la mujer, parece que ha sido reunido y puesto en orden por la primera de las dos nombradas escritoras, y apoyado aquel importante interés social con argumentos de una lógica irrebatible. El libro de la condesa Dora d’Istria es —según palabras de un periódico acreditado— corroborante enérgico del de mademioselle Marchet Girard, viniendo (dice) «a prestarle el testimonio de una parte del globo, después de compulsar archivos vivientes; esto es, viajeros, historiadores, costumbres, vida íntima».
        «Las mujeres —dice también el citado periódico— parecen decididas, por fin, a tomar en manos sus propios intereses, y preciso es confesar que —aparte de la fuerza que puedan tener los argumentos contenidos en los dos libros mencionados— ellos por sí mismos son dos argumentos irrefutables en favor de la igualdad de ambos sexos.»
        La humilde persona que suscribe estos artículos [cuarto cuatro], queridas lectoras, no aspira en manera alguna a presentarse a vosotras como digno campeón de nuestro común derecho; pero séale permitido —al enorgullecerse de los triunfos del sexo— haceros notar, por término final de estas breves observaciones, un hecho evidente, que quizá prueba más que todos los argumentos.
        En las naciones en que es honrada la mujer, en que su influencia domina en la sociedad, allí de seguro hallaréis civilización, progreso, vida pública.
        En los países en que la mujer está envilecida, no vive nada que sea grande; la servidumbre, la barbarie, la ruina moral es el destino inevitable a que se hallan condenados.




(1)          Recordamos, entre otras, a la célebre doña María isidra de Guzmán, conocida con el nombre de Doctora de Alcalá.

(2)          Nos contentaremos con citar a Jorge Sand, jefe de todas esas lampiñas disfrazadas. El nombre varonil que supo ilustrar con sus escritos, figuraría indudablemente entre los más notables de la academia francesa; pero ¡oh dolor! se supo demasiado pronto que eran postizas las barbas de aquel gran talento verdadero, y he aquí que la falta del apéndice precioso jamás podrá ser subsanada por toda la gloria del Byron francés. [ver foto de portada]

(3)          Clementina Isaura, cuyo hermoso retrato hemos tenido el gusto de ver conservado con veneración en una de los salones de la Academia de Ciencias y Letras de Tolosa, Francia.