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marzo 23, 2020

LA MUJER IV

Amantine Lucile Aurore Dupin, baronesa Dudevant.
George Sand.
(El Byron francés, según la Avellaneda)


Hoy 23 de marzo de 2020, hace 206 años nació en la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga, de Sabater y Verdugo. Tula, como se le conoció en su ámbito más cercano, fue una eminente intelectual de la España decimonónica, poetisa, novelista, dramaturga y periodista que vivió entre 1814 y 1873. Hoy el blog La divina Tula rinde homenaje a esta eminente escritora por su onomástica reproduciendo el siguiente artículo feminista, cuarto de una serie de cuatro.

A mediados del siglo XIX, Gertrudis Gómez de Avellaneda escribió cuatro polémicos artículos, cargados de una inteligente ironía, sobre La mujer en la sociedad de su tiempo. Aquellos reportajes parecían estar dirigidos, especialmente, al público femenino, pero nada más lejos de la realidad. En los cuatro artículos la Avellaneda arremetió contra los misóginos de su tiempo (y hasta contra los del nuestro que aún perviven tras bambalinas y sillones de la Academia).
Por su gran interés y agitación social, por su humor, perspicacia y extrema mordacidad, los escritos fueron reproducidos por varios periódicos de la época poniendo a la autora en el punto de mira de los ascéticos oficialistas de entonces que se burlaron de ella hasta la saciedad.
Los cuatro artículos que hemos reproducido en este blog, inicialmente, fueron pensados y publicados por el semanario La Ilustración que dirigía la propia autora. Las revolucionarias crónicas, trataban sobre La mujer considerada respecto al sentimiento que el hombre le había asignado en los anales de la religión. En la segunda entrega, la Avellaneda realizó un análisis respecto a las grandes cualidades del carácter, el valor y el patriotismo femenino demostrado a través de la historia de la humanidad. El tercero versó sobre la capacidad de las mujeres para el gobierno de los pueblos y la administración de los intereses públicos (tema éste de gran actualidad) Y el cuarto y último artículo, que ahora publicamos, felicitando el día de su nacimiento, hace exactamente hoy 206 años  —fue el 23 de marzo de 1814—, la eminente escritora trató, con especial clarividencia sobre la mujer considerada particularmente en su tremenda capacidad científica, artística y literaria, lugar en el que se encontraban entonces, Carolina Coronado, Concepción Arenal y la propia Gertrudis Gómez de Avellaneda, así como otras tantas mujeres de su tiempo (y del nuestro).
A todas ellas, a las que les tocó vivir antes, y a las que vinieron después, hemos dedicado en La divina Tula  los cuatro artículos feministas, rindiendo homenaje a la autora por su onomástica y a la Mujer de todos los tiempos.


Manuel Lorenzo Abdala


Nota: El artículo que hoy publicamos, así como los tres anteriores, es fiel reproducción del original que aparece en el tomo IV de las obras completas de la Avellaneda, editadas por ella misma, en 1870.








LA MUJER IV

Considerada, particularmente,
en su capacidad científica, artística y literaria.


En las naciones en que es honrada la mujer, en que su influencia domina en la sociedad, allí de seguro hallaréis civilización, progreso, vida pública.
En los países en que la mujer está envilecida, no vive nada que sea grande; la servidumbre, la barbarie, la ruina moral es el destino inevitable a que se hallan condenados.

Gertrudis Gómez de Avellaneda


I

Si aún necesitásemos nuevas demostraciones de que la fuerza moral e intelectual de la mujer se iguala, cuando menos, con la del hombre, no tendríamos más que buscarlas —con sólo otra mirada rapidísima— en el vasto campo de la literatura y las artes. No decimos también de la ciencia, porque estando ésta basada únicamente en el conocimiento que las realidades —conocimiento que los mayores genios no pueden poseer por intuición— sería absurdo pretender hallar gran número de celebridades científicas en esa mitad de la especie racional, para la que están cerradas todas las puertas de los graves institutos, reputándose hasta ridícula la aspiración de su alma a los estudios profundos. La capacidad de la mujer para la ciencia no es admitida a prueba por los que deciden soberanamente su negación, y causa sumo asombro —aun, así y todo— no falten ejemplos gloriosos de perseverantes talentos femeninos, que han logrado forzar de vez en cuando la entrada del santuario, para arrancar a la misteriosa deidad algunos de sus secretos. Dígalo Areta (hija de Aristipo) autora de cuarenta libros científicos, maestra de ciento diez filósofos distinguidos, heredera (según decían los atenienses) del alma de Sócrates y de la facundia de Homero, Díganlo Aspacia —de quien aprendían retórica Pericles y Alcibiades, y a la que debió Atenas una escuela de elocuencia—; y a Laura Bassi, no menos celebrada por sus contemporáneos como instruida en la física, el álgebra y la geometría, que como inspirada en la poética; y la princesa de Piombino, teóloga y filósofa; y madame Chatelet, reconocida como astrónoma, etc., etc.
        Si la mujer —a pesar de estos y otros brillantes indicios de su capacidad científica— aún sigue proscrita del templo de los conocimientos profundos, no se crea tampoco que data de muchos siglos su aceptación en el campo literario y artístico: ¡ah! ¡no! también ese terreno le ha sido disputado palmo a palmo por el exclusivismo varonil, y aún hoy día [mediados del siglo XIX] se la mira en él como intrusa y usurpadora, tratándosela en consecuencia, con cierta ojeriza y desconfianza, que se echa de ver en el alejamiento en que se la mantiene de las academias barbudas. Pasadnos este adjetivo, queridas lectoras, porque se nos ha venido naturalmente a la pluma al mencionar esas ilustres corporaciones de gentes de letras, cuyo primero y más importante título es el de tener barbas. Como desgraciadamente la mayor potencia intelectual no alcanza a hacer brotar en la parte inferior del rostro humano esa exuberancia animal que requiere el filo de la navaja, ella ha venido a ser la única e insuperable distinción de los literatos varones, quienes —viéndose despojados cada día de otras prerrogativas que reputaban exclusivas— se aferran a aquella con todas sus fuerzas del sexo fuerte, haciéndola prudentísimamente el sine qua non de las académicas glorias.
        Pero ¡admirad la audacia y la astucia del sexo débil! Hay ellas que, no sé cómo, se alzaron súbitamente con borlas de doctores (1). Otras que, cubriendo sus lampiñas caras con máscara varonil, se entraron, sin más ni más, tan adentro del templo de la fama, que cuando vino a conocerse que carecían de barbas y no podían, por consiguiente, ser admitidas entre las capacidades académicas, ya no había medio hábil de negarles que poseían justos títulos para figurar eternamente entre las capacidades europeas (2).

II

        Aún es mayor, ¡espantaos!, aún es mayor el número de temerarias que a cara descubierta se han hecho inscribir sans façon en los fastos gloriosos de la inteligencia. ¿A qué citar ejemplos, siendo tan públicos y palpables los hechos?
        Desde la más remota antigüedad vemos a la mujer dando muestras de que nació dotada del instinto artístico, que había de salvar al cabo cuantas murallas se le opusieran. Las musas mitológicas eran, probablemente, apoteosis de mujeres ilustres de los primeros tiempos, iniciadoras de las artes; pero sin necesidad de recurrir a la hipótesis, sabido es que —según respetables opiniones— se debe a la mujer la invención de la pintura; que otra ha puesto las bases de la primera sociedad de bellas artes, estableciendo los juegos florales… (3). Y ¿quién ignora que Safo fue célebre entre los más célebres poetas griegos de su época, que Corinna venció a Píndaro; que Tesálida infunda —con los mágicos sones de su lira— el heroísmo del guerrero en los juveniles corazones de las doncellas argivas?
        No intentaremos descender a los tiempos modernos: la Europa sola nos abrumaría con el inmenso número de sus glorias femeniles; y la América —ese mundo tan nuevo en el que he nacido— la América misma llovería sobre nosotras multitud de nombres de distinguidas hembras, que sostienen en ella el movimiento intelectual amenazado de sofocación, en unas partes por la preponderancia de los intereses materiales, y en otras por las disensiones civiles.
        Y ¿cómo no ser así, cuando —al descubrir Colón una parte de esas regiones vírgenes— pudo notar con asombro que la naciente civilización de aquel pueblo y el genio de su poesía estaban encarnados en el hermoso cuerpo de una mujer? Anacaona era sibila inspirada de una de nuestras ricas islas tropicales. A su voz —resonando entre las armonías de los bosques— se suavizaron las costumbres de aquellas tribus bárbaras, se reveló a sus entendimientos la soberanía de la inteligencia, y obedecieron como a reina a la que veneraban como oráculo.

III

En cuanto a capacidades femeniles contemporáneas, solo añadiremos, por conclusión, que acaban de ver la luz pública en Francia dos obras notables por más de un concepto. La una, debida a la pluma de Mlle. Marchet Girard, lleva por título Las mujeres, su pasado, su presente, su porvenir. La otra, de que es autora la ya célebre condesa Dora d’Istria, tiene por epígrafe: Las mujeres en oriente. Aún no hemos tenido el gusto de leer ninguna de dichas producciones; pero —a juzgar por los juicios de la prensa periódica parisiense— ambas son interesantísimas por su esencia y bellas en su forma. Los documentos esparcidos de la gran causa de una de las mitades de la especie humana, esto es todo cuanto prueba algo a favor de la emancipación de la mujer, parece que ha sido reunido y puesto en orden por la primera de las dos nombradas escritoras, y apoyado aquel importante interés social con argumentos de una lógica irrebatible. El libro de la condesa Dora d’Istria es —según palabras de un periódico acreditado— corroborante enérgico del de mademioselle Marchet Girard, viniendo (dice) «a prestarle el testimonio de una parte del globo, después de compulsar archivos vivientes; esto es, viajeros, historiadores, costumbres, vida íntima».
        «Las mujeres —dice también el citado periódico— parecen decididas, por fin, a tomar en manos sus propios intereses, y preciso es confesar que —aparte de la fuerza que puedan tener los argumentos contenidos en los dos libros mencionados— ellos por sí mismos son dos argumentos irrefutables en favor de la igualdad de ambos sexos.»
        La humilde persona que suscribe estos artículos [cuarto cuatro], queridas lectoras, no aspira en manera alguna a presentarse a vosotras como digno campeón de nuestro común derecho; pero séale permitido —al enorgullecerse de los triunfos del sexo— haceros notar, por término final de estas breves observaciones, un hecho evidente, que quizá prueba más que todos los argumentos.
        En las naciones en que es honrada la mujer, en que su influencia domina en la sociedad, allí de seguro hallaréis civilización, progreso, vida pública.
        En los países en que la mujer está envilecida, no vive nada que sea grande; la servidumbre, la barbarie, la ruina moral es el destino inevitable a que se hallan condenados.




(1)          Recordamos, entre otras, a la célebre doña María isidra de Guzmán, conocida con el nombre de Doctora de Alcalá.

(2)          Nos contentaremos con citar a Jorge Sand, jefe de todas esas lampiñas disfrazadas. El nombre varonil que supo ilustrar con sus escritos, figuraría indudablemente entre los más notables de la academia francesa; pero ¡oh dolor! se supo demasiado pronto que eran postizas las barbas de aquel gran talento verdadero, y he aquí que la falta del apéndice precioso jamás podrá ser subsanada por toda la gloria del Byron francés. [ver foto de portada]

(3)          Clementina Isaura, cuyo hermoso retrato hemos tenido el gusto de ver conservado con veneración en una de los salones de la Academia de Ciencias y Letras de Tolosa, Francia.


mayo 04, 2015

AMOR Y PASIÓN (Carta Nº 23)


Me quiere, no me quiere… ¡Me quiere!
(Por poco tiempo)

         La epístola que hoy reproducimos es una de las que mayor información ofrece sobre la relación. Está repleta de anécdotas varias, algunas sorprendentemente pueriles. Es sumamente interesante la manera en que la Avellaneda reconduce su historia de amor. La poetisa, cual adolescente enamorada (en apariencia), no se limita a deshojar margaritas y a ejercer de romántica al uso. No. Esclarece datos algo nebulosos ofrecidos en anteriores mensajes. Gracias a esta carta sabemos que ella y Romero Ortiz se conocían desde La Coruña. Él tenía dieciséis años, ella veintidós (Todo un récord en diferencia de edad y en idilio amoroso) Otro dato de sumo interés es la confirmación del “escepticismo en punto a religión” por la parte de él y todo lo contrario en doña Francisca, madre de la protagonista. En la carta se reafirma en la Avellaneda su enorme capacidad para ordenar (sutilmente) y hasta para conducir una relación a su antojo, algo muy poco frecuente -o casi nulo-, para una mujer de su época.

También puedes verme hoy en casa de Eloísa y mañana en la mía. La pobre inglesa está extrañando tus visitas, y es una infeliz que no merece se le hagan desatenciones. Además, después de las niñadas de la otra noche es preciso volver allá y mostrarnos seres racionales o razonables… [Lo remarcado es nuestro]
        
Nos hace reír cuando ella misma define como “niñadas” lo que pocos días antes puntualiza como ridículos celos infundados (ver carta 19) Gracioso resulta, igualmente, el tema de los magnetizadores. El periódico La Ilustración desde el 16 de abril y hasta el 14 de mayo ofreció una serie de cinco artículos* que analizaba este arte en el cual se involucraba a la mismísima George Sand, fetiche de la Avellaneda. Todo parece indicar que los madrileños estaban atraídos por estas novedades, mágico-tecnológicas, y algunos intentaban demostrar sus habilidades en las tertulias. La poetisa, enamorada cual adolescente ¡de treinta y nueve años!, narra en la epístola cómo ella misma desarrolla su poder magnético sobre las cosas (También sobre las personas) ante el asombro de los presentes y hasta de los ausentes. Ella, experta en simbología, parece querer decir(nos): “Si George Sand tiene poderes (cual serpiente encantada sobre sus magnetizadores), yo no seré menos”. Así era, de grande, la Avellaneda.

La posdata -para nosotros, lo mejor y más sorprendente de la carta, casi pueril- merece un estudio aparte. Pero dejamos a los lectores sacar sus propias conclusiones.


Manuel Lorenzo Abdala


(*) Las serpientes y sus magnetizadores. La Ilustración, periódico Universal. (Madrid, 1853).





Carta número 23
[Sábado 14 de mayo de 1853]

        Antonio mío: deseo muchísimo verte esta noche, pero a la verdad, temo bajar a los jardines. Tengo tos, y este tiempo me destempla atrozmente. –La berlina es un recurso temible: encerrados los dos en aquel reducido espacio, la atmósfera se hace de fuego: me pone mala; no creas que exagero, no. Sería mejor ir al drama si hallases localidades poco visibles; pero aun sería mejor que quisieses verme en casa, o en la de Eloísa. Escucha: mamá ya te ha visto de visita en casa, y yo le dije que eras un redactor de la Nación con quien había hecho conocimiento en el Príncipe, sabiendo además por ti que me conocías desde La Coruña y que eras amigo de varios amigos míos de aquella ciudad, por cuyas razones te había ofrecido la casa. Después de esto creo que no solamente no es extraño que vengas algunas veces a visitarme, sino que hasta es necesario: además nos conviene para que cuando estemos en Carabanchel puedas ir, como uno de mis tantos amigos, cuando quieras. Así pues, si te parece bien puedes visitarme en casa esta noche, y repetir tus visitas de vez en cuando, cuidando mucho de ser amable con mamá, de no mostrar por mí ningún interés particular, y de dar alta idea de tu juicio y de tu religiosidad. En nombre del cielo, no dejes ni aun entrever tu escepticismo en punto a religión: mamá te reputaría de hecho un hombre detestable y perverso, y yo no quiero.

        También puedes verme hoy en casa de Eloísa y mañana en la mía. La pobre inglesa está extrañando la suspensión de tus visitas, y es una infeliz que no merece se le hagan desatenciones. Además, después de las niñadas de la otra noche es preciso volver allá y mostrarnos seres racionales o razonables, si te disgusta la primera palabra. En fin, tu elegirás: yo a las ocho, o poco más, iré a casa de Eloísa: si vienes a la mía me irán a llamar; si vas allá te veré allá; si escoges que vayamos al teatro, subes, llamas a mi puerta, y le dices a Mariana, mi doncella (que saldrá a abrirte), que me diga en voz baja que esperas abajo. Me pasará recado y bajaré.

        Hijo, no sé apenas lo que te escribo: hay en mi sala un ruido infernal: mis hermanos traen en movimiento todas las mesas de la casa. Aquí no se habla más que de magnetismo. Anoche se me vinieron a casa, de la de Eloísa, un ejército de magnetizadores, que me han hecho dar vueltas como una rehilandera, en castigo de mi incredulidad. Yo en venganza también, les he probado mi poder magnético haciendo bailar yo sola con el leve contacto de mis dedos meñiques, una tablilla de pino. Aún más: la hice girar de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha, sin cambiar la posición de mis manos, por solo el poder de mi voluntad. Este gran descubrimiento me ha traído hoy a dos amigos de mis hermanos, que han querido verme hacer nuevas pruebas; pero solo he conseguido otro descubrimiento, y es el de que no poseo siempre que quiero la facultad maravillosa que desplegué anoche. La pícara tabla, que ayer me obedecía como un perrillo faldero, hoy ha estado indócil hasta la insolencia, lo cual me ha puesto de mal humor.

        Si vas a casa de Eloísa esta noche llega preparado a que te hagan bailar a tu despecho, ni más ni menos que a una mesa. Yo será la primera en probar sobre ti mi poder. Allá no se piensa sino en el magnetismo.

        Adiós querido mío, hasta la vista, no olvides un momento a tu esposa

T.   


Hoy 14 sábado.
(La posdata a la vuelta).

P.D.- El pobre chico Bordas [protagonista del incidente narrado en la carta Nº 19] no ha vuelto desde la célebre noche, por consiguiente no es probable que lo halles en casa de Eloísa si vas esta noche ¿Ni qué importaría que fuese? Harto ha conocido ya que eres mi amante, y no tendrá humor de buscar mi lado. Lo que hemos ganado con estas cosas es que toda la tertulia de Eloísa sepa o sospeche ya nuestras relaciones. Hasta Ariza cuando vino anoche a casa, con los demás, me preguntó que tal marchaban mis negocios del corazón, y para más aclararlo dijo enseguida, oyéndolo mamá- “no esperaba hallarla a V. sola: la creía gratamente ocupada”. Eloísa es muy buena, pero algo parlanchina, como digna hija de Eva. Tenlo siempre presente. Adiós otra vez, feo.


septiembre 03, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO (III)

 


París, primavera de 1843
 
En 1839, mientras la Avellaneda publicaba en Cádiz y Sevilla bajo el seudónimo de La Peregrina, arribaron al puerto gaditano, procedentes de La Habana, Carlos Manuel de Céspedes (1) y su prima y esposa María del Carmen de Céspedes. Pero solo estuvieron escasamente tres días continuando viaje a Barcelona, ciudad donde el Señor de Céspedes pretendía obtener los títulos jurídicos que necesitaba para ejercer como abogado.


Ya en Barcelona, durante el estreno de la ópera Benvenutto Cellini de Hector Berlioz, el matrimonio entabla amistad profunda con el compositor Frédéric Chopin y con la escritora George Sand, que experimentaban un sonado romance en aquel momento y estaban de paso por la ciudad condal en viaje de placer.
 
Una vez logrado el ansiado título y al no sentirse muy seguros por el clima político imperante en España (especialmente el que se vivía en Barcelona), deciden trasladarse a Francia con la ayuda del propio Chopin.
 
Después de un periplo que les llevó de Marsella, pasando por Avignon, Saint Etienne, Nevers, Orleáns y Fontainebleau, llegaron finalmente a París el 1 de diciembre de 1841. Al principio se alquilaron una pequeña casa en el Quai Voltaire, barrio donde conocieron a Charles Baudelaire y a Richard Wagner –Carmelita, como ya se sabe, era una muy aficionada a la música y a las artes de las “altas tertulias”-. El matrimonio entabló amistad, a su vez, con Honoré Balzac que acababa de publicar su maravillosa novela, Le Père Goriot. A principios de 1842, los de Céspedes -socialmente bien situados ya en París gracias a los mencionados anteriormente, así como a Chopin y a George Sand- se trasladaron, por gestiones hechas directamente por Wagner, a una encantadora vivienda de la famosa Rue Jacob parisina, residencia en la que permanecieron mientras vivieron en la capital francesa.
 
Por aquella época la prensa publicaba continuamente noticias de la joven Avellaneda, de la cual ya se hablaba tímidamente en Paris. Pero fue por referencias directas del matrimonio de Domingo del Monte (2) y Rosa Aldama, intelectuales muy amigos de la Avellaneda -que como ella residían en Madrid- y paralelamente amigos de los de Céspedes, que conocieron estos últimos de los éxitos literarios que alcanzaba la novel escritora. También contribuyó a ello, las referencias obtenidas por María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la archiconocida condesa de Merlín que ya intercambiaba correspondencia con la Avellaneda.
 
Paris era entonces la “capital del mundo occidental” y todo a pesar de las turbulencias en el trono de Francia. Carlos Manuel y Carmelita se movían por los ambientes más variopintos de la cultura, la política y la economía francesa. El amplio salón que disfrutaban en el número doce de la Rue Jacob era muy frecuentado hasta por el mismísimo barón de Humboldt, entre otros.
 
Como famoso abogado que era ya, Carlos Manuel de Céspedes intervino en el pleito de Chopin con la publicación The Musical World, de Londres, que había acusado falsamente al prestigioso músico de plagio. Chopin, jurídicamente asistido por Carlos Manuel, ganó el pleito y la publicación fue obligada a divulgar una apología del compositor y a pagar una Gala con su obras en la ciudad de Manchester…
 
En aquellas tremendas circunstancias parisinas, los De Céspedes invitaron a sus amigos cubanos, Domingo Del Monte y a su esposa Rosa Aldama, al hermano de ésta -el talentoso chelista Miguel Aldama que vivía en Londres-, y a Gertrudis Gómez de Avellaneda, junto a su hermano Manuel, a visitar París. Todos se hospedaron en aquella maravillosa casa de la Rue Jacob. Las fiestas se tornaron interminables… (Sobre esto ya hablamos el año pasado en un post alusivo al tema con vídeo incluído, cuyas fotos nos facilitó un amigo de Paris)
 
La Avellaneda se mantuvo en la capital francesa durante toda la primavera de 1843, y casi a diario asistía, invitada, y embellecida, a las innumerables soirées. En aquellas fiestas y tertulias tuvo el honor de conocer a casi todo ser viviente parisino, ¡y París también le conoció a ella…! Sin imaginarlo, la prensa hablaba de su visita a la "capital del mundo occidental" y se comentaban sus éxitos en variadas tertulias. Los cuatro tomos de Dos mujeres ya habían sido editados por el gabinete literario en Madrid. La prensa española se cebaba, de alguna manera, con ella durante su ausencia.
 
De aquella fabulosa y desmesurada visita a París, ha quedado el retrato al carboncillo que se reproduce al principio del post (editado por primera vez en este blog el año pasado), y que realizó durante una espléndida tertulia el pintor francés -muy de moda en aquellos días- Joseph-Benoit Guichard. Aquel carboncillo, le sirvió a Guichard para pintar un óleo que fue titulado “Reunión de amigos” y que se mantuvo en el estudio del afamado pintor hasta su muerte (Después de 1880, lamentablemente, se le perdió la pista al cuadro ¡Quién sabe por dónde andará…!)
 
En el famoso carboncillo referenciado aparecen, de pie -de izquierda a derecha-, María del Carmen de Céspedes, Domingo Del Monte y Carlos Manuel de Céspedes; sentadas, Gertrudis Gómez de Avellaneda en primer término, y su lado Rosa Aldama; y a la derecha, interpretando al cello una canción de moda, Miguel Aldama.
 
Desgraciadamente no aparecen en el cuadro la condesa de Merlín (3) -presente también aquella tarde en la espléndida tertulia formada-, y Manuel Gómez de Avellaneda porque la condesa se “indispuso repentinamente” y tuvo que marcharse muy en su contra… El joven hermano de la Avellaneda, muy dado a las más sutiles gentilezas de la experimentada condesa, le acompañó hasta su cercano palacio. Días después se supo que ambos, a pesar de la tremenda diferencia de edad que existía entre ellos, iniciaron una historia de amor que perduró durante algunos años más…
 

 
En una de las más comentadas fiestas parisinas a la cual asistió la Avellaneda (la efectuada por el adinerado y político, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia en aquel momento, Sr. François Guizot (4) en uno de los salones del Palais de la Légion d'Honneur, hoy hotel de Salm), conoció ella a la famosísima novelista francesa, George Sand con la cual la prensa española se empeñaba en compararle "peyorativamente" -algo que para la escritora representaba un halago-. Entre George Sand y Gertrudis Gómez de Avellaneda nació una muy larga amistad y  respeto mutuo que se prolongó a lo largo de sus vidas.

Esa misma noche la Avellaneda conoció igualmente a una nutrida representación española de altos cargos políticos exiliados en Paris junto a María Cristina, madre de Isabel II. Entre aquel grupo de españoles, cabría destacar al general Narváez, proscripto igualmente en la capital francesa por culpa de la persecución de la que fue objeto por parte de Espartero, su rival político, y que había asumido el liderazgo de la rama progresista de los liberales. El general Narváez que se había inclinado hacia la rama conservadora, se convertiría más tarde en el máximo dirigente del partido moderado. Se cuenta (según información que hemos obtenido en Paris y que se guarda celosamente...) que la Avellaneda, tremendamente admirada por el experimentado general Narváez, fue informada del regreso de María Cristina a España posterior a la derrota que sufriría Espartero en julio de ese mismo año.
 
Durante aquella trepidante noche acontecida en el Palais de la Légion d'Honneur, nacería la vinculación de Gertrudis Gómez de Avellaneda con la política española (tema del que se ha tratado poquísimo, con extrema cautela) y al cual dedicaremos un capítulo “especial” en estas crónicas que ofrecemos como preludio a su iluminado bicentenario.

Antes del verano de 1843, Gertrudis Gómez de Avellaneda regresó a Madrid junto a Domingo del Monte y Rosa Aldama. Manuel, su hermano, se quedó a buen recaudo.
 
Continuará…
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
Citas y Notas:
 
(1)      Carlos Manuel de Céspedes:
(Bayamo, 18 de abril de 1819 – Sierra Maestra, 27 de febrero de 1874) fue un famoso abogado, líder independentista cubano.
Se crio en el campo y durante su niñez recibió clases de Gramática y Latín con los frailes del Convento de Nuestro Seráfico Padre en Bayamo, que lo acogieron como discípulo. Posteriormente, en el Convento de Santo Domingo, llevó cursos de Lógica y Ética. Pasó de allí a La Habana, donde es aceptado como alumno del Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Posteriormente en la Real y Pontificia Universidad de La Habana obtiene el grado de Bachiller en Derecho Civil, el 22 de marzo de 1838.
En 1839  contrae nupcias  con su doble prima hermana, María del Carmen Céspedes y del Castillo. Ese mismo año, parte rumbo a Europa y obtiene su licenciatura en Derecho en la Universidad de Barcelona y posteriormente el Doctorado.
En 1841 se instala en Francia y a finales de 1843 se ve obligado abandonar París porque fue, falsamente, acusado del asesinato de la viuda del embajador americano en Paris al término de una gran fiesta en el Palais de la Légion d'Honneur de París.
Después y a causa de aquello, recorrió Inglaterra, Suiza, Turquía, Grecia, Alemania e Italia antes de regresar a Cuba en 1844. Hablaba correctamente varios idiomas, como el inglés, francés y el italiano. Conocía y manejaba desde pequeño el latín y el griego.
A su regreso a Cuba monta un bufete de abogados en Manzanillo. Pasaos algunos años se levantó en armas contra el gobierno español el 10 de octubre de 1868, concediéndoles la libertad a sus esclavos e invitándoles a unirse a la lucha anticolonialista. Fue Mayor general del Ejército Libertador y Primer Presidente de la República de Cuba en Armas. Destituido como presidente en 1873 se instaló en San Lorenzo, la Sierra Maestra donde, en 1874, muere luchando contra las tropas españolas.
 
 
(2)      Domingo del monte:
(Maracaibo, actual Venezuela, 4 de agosto de 1804- Madrid, 4 de noviembre de 1853) fue un crítico y escritor.
Su padre, Leonardo del Monte y Medrano, fue Oidor de la Real Audiencia de Santiago de Cuba. En 1809, a la edad de cinco años, Domingo fue a Cuba con su familia y se trasladó años después a La Habana donde permaneció la mayor parte de su vida.
Comenzó los estudios en el Real Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, en el que tuvo por maestro al presbítero Félix Varela. Más tarde, en 1820, comenzó a estudiar derecho en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. Hablaba cinco idiomas: francés, inglés, italiano, portugués y latín. Entre los años 1826 y 1827 ejerció como abogado en el bufete de Nicolás Manuel de Escobedo.
Fue parte del grupo de creadores de la Academia de Literatura Cubana, y director de la Revista Bimestre de la Isla de Cuba (1831-1834), en donde publicó una pequeña parte de su amplia producción literaria. También fue editor de La Moda o Recreo semanal del bello sexo en 1829, y El puntero literario, en 1830, y miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, siendo Secretario de la Sección de Literatura en 1830.
Vivió muchos años en Madrid, ciudad donde conoció a Gertrudis Gómez de Avellaneda y donde falleció el día 4 de noviembre de 1853.
 
(3)      No entendemos por qué en el prólogo de Viaje a La Habana (La condesa de Marlín, 1844), escrito por la Avellaneda dice tácitamente que aun no conoce personalmente a la autora de la obra. Pensamos que el motivo fue para encubrir la relación amorosa que mantenía su hermano Manuel con la condesa, más de veinte años mayor que él. Cuando Gertrudis regresó a Madrid, su hermano se mantuvo, al menos, un año más en Paris, disfrutando de los beneficios de la condesa.
 
(4)      François Guizot:
Político francés (Nimes, 1787 - Val-Richer, Calvados, 1874). Procedía de una familia burguesa protestante y era historiador de profesión, dedicado a la enseñanza en la Universidad de la Sorbona. Dio sus primeros pasos en política al participar en la oposición contra Napoleón; durante el último periodo de éste en el poder -el «Imperio de los Cien Días»- Guizot estuvo al lado del pretendiente monárquico, Luis XVIII, a quien sirvió como consejero hasta su acceso al Trono (1814)
Durante el periodo de la Restauración ocupó puestos de responsabilidad, orientándose hacia el liberalismo doctrinario que defendía una política de «justo medio» entre el liberalismo de la Revolución y el absolutismo del Antiguo Régimen. Desde esa postura, defendió el espíritu de la Carta Constitucional de 1814, pero la orientación reaccionaria del reinado de Carlos X (1824-30) le inclinó hacia las filas de la oposición.
En esa época presidió una sociedad liberal llamada «Ayúdate y el Cielo te ayudará», y sufrió represalias por sus actividades (como la suspensión de su cátedra de Historia Moderna). Apoyó, por tanto, la Revolución de julio de 1830, que llevó al Trono a Luis Felipe de Orleans; fue uno de los políticos claves de la monarquía liberal moderada que se instauró entonces, cuyo sistema político consideraba perfecto.
Líder del grupo de centro-derecha de la cámara baja, desempeñó sucesivamente los cargos de ministro del Interior (1830-31), de Instrucción Pública (1832-37) y de Asuntos Exteriores (1840-47); de hecho, desde 1840 ejerció como jefe de gobierno bajo la presidencia nominal de Soult, aunque oficialmente no sería nombrado primer ministro hasta 1847-48.
En su gestión ministerial hay que destacar la reforma de la enseñanza primaria que llevó al Estado a asumir la instalación de una escuela en cada municipio de Francia (1833); también fue obra suya la aproximación diplomática a Gran Bretaña, que se produjo en 1841-44. Pero, como orientador general de la política del centro-derecha en la última fase de la Monarquía de Julio, cometió el error de orientar las decisiones del gobierno en beneficio exclusivo de los grandes capitalistas, ignorando las crecientes demandas de democratización del régimen y de reformas sociales.
Su liberalismo conservador (que respondía a las peticiones de extensión del derecho de voto recomendando a los excluidos por no tener ingresos suficientes: ¡Enriqueceos!), concitó una gran coalición de descontentos, que estalló en la Revolución de 1848. El cese de Guizot por el rey, respondiendo a la demanda de los insurrectos, no fue suficiente para salvar al régimen, que cayó también, dando paso a la Segunda República francesa. Guizot se exilió en Inglaterra, de donde volvió en 1849, para vivir retirado en sus posesiones de Normandía, concentrado en su trabajo de historiador.
 
 
Bibliografía consultada:
 
Esclarecer rumores, apaciguar las dudas antiguas y crear nuevas. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal en: revista de la Arquidiócesis de La Habana, Nº 168, noviembre de 2007.