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septiembre 03, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO (III)

 


París, primavera de 1843
 
En 1839, mientras la Avellaneda publicaba en Cádiz y Sevilla bajo el seudónimo de La Peregrina, arribaron al puerto gaditano, procedentes de La Habana, Carlos Manuel de Céspedes (1) y su prima y esposa María del Carmen de Céspedes. Pero solo estuvieron escasamente tres días continuando viaje a Barcelona, ciudad donde el Señor de Céspedes pretendía obtener los títulos jurídicos que necesitaba para ejercer como abogado.


Ya en Barcelona, durante el estreno de la ópera Benvenutto Cellini de Hector Berlioz, el matrimonio entabla amistad profunda con el compositor Frédéric Chopin y con la escritora George Sand, que experimentaban un sonado romance en aquel momento y estaban de paso por la ciudad condal en viaje de placer.
 
Una vez logrado el ansiado título y al no sentirse muy seguros por el clima político imperante en España (especialmente el que se vivía en Barcelona), deciden trasladarse a Francia con la ayuda del propio Chopin.
 
Después de un periplo que les llevó de Marsella, pasando por Avignon, Saint Etienne, Nevers, Orleáns y Fontainebleau, llegaron finalmente a París el 1 de diciembre de 1841. Al principio se alquilaron una pequeña casa en el Quai Voltaire, barrio donde conocieron a Charles Baudelaire y a Richard Wagner –Carmelita, como ya se sabe, era una muy aficionada a la música y a las artes de las “altas tertulias”-. El matrimonio entabló amistad, a su vez, con Honoré Balzac que acababa de publicar su maravillosa novela, Le Père Goriot. A principios de 1842, los de Céspedes -socialmente bien situados ya en París gracias a los mencionados anteriormente, así como a Chopin y a George Sand- se trasladaron, por gestiones hechas directamente por Wagner, a una encantadora vivienda de la famosa Rue Jacob parisina, residencia en la que permanecieron mientras vivieron en la capital francesa.
 
Por aquella época la prensa publicaba continuamente noticias de la joven Avellaneda, de la cual ya se hablaba tímidamente en Paris. Pero fue por referencias directas del matrimonio de Domingo del Monte (2) y Rosa Aldama, intelectuales muy amigos de la Avellaneda -que como ella residían en Madrid- y paralelamente amigos de los de Céspedes, que conocieron estos últimos de los éxitos literarios que alcanzaba la novel escritora. También contribuyó a ello, las referencias obtenidas por María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la archiconocida condesa de Merlín que ya intercambiaba correspondencia con la Avellaneda.
 
Paris era entonces la “capital del mundo occidental” y todo a pesar de las turbulencias en el trono de Francia. Carlos Manuel y Carmelita se movían por los ambientes más variopintos de la cultura, la política y la economía francesa. El amplio salón que disfrutaban en el número doce de la Rue Jacob era muy frecuentado hasta por el mismísimo barón de Humboldt, entre otros.
 
Como famoso abogado que era ya, Carlos Manuel de Céspedes intervino en el pleito de Chopin con la publicación The Musical World, de Londres, que había acusado falsamente al prestigioso músico de plagio. Chopin, jurídicamente asistido por Carlos Manuel, ganó el pleito y la publicación fue obligada a divulgar una apología del compositor y a pagar una Gala con su obras en la ciudad de Manchester…
 
En aquellas tremendas circunstancias parisinas, los De Céspedes invitaron a sus amigos cubanos, Domingo Del Monte y a su esposa Rosa Aldama, al hermano de ésta -el talentoso chelista Miguel Aldama que vivía en Londres-, y a Gertrudis Gómez de Avellaneda, junto a su hermano Manuel, a visitar París. Todos se hospedaron en aquella maravillosa casa de la Rue Jacob. Las fiestas se tornaron interminables… (Sobre esto ya hablamos el año pasado en un post alusivo al tema con vídeo incluído, cuyas fotos nos facilitó un amigo de Paris)
 
La Avellaneda se mantuvo en la capital francesa durante toda la primavera de 1843, y casi a diario asistía, invitada, y embellecida, a las innumerables soirées. En aquellas fiestas y tertulias tuvo el honor de conocer a casi todo ser viviente parisino, ¡y París también le conoció a ella…! Sin imaginarlo, la prensa hablaba de su visita a la "capital del mundo occidental" y se comentaban sus éxitos en variadas tertulias. Los cuatro tomos de Dos mujeres ya habían sido editados por el gabinete literario en Madrid. La prensa española se cebaba, de alguna manera, con ella durante su ausencia.
 
De aquella fabulosa y desmesurada visita a París, ha quedado el retrato al carboncillo que se reproduce al principio del post (editado por primera vez en este blog el año pasado), y que realizó durante una espléndida tertulia el pintor francés -muy de moda en aquellos días- Joseph-Benoit Guichard. Aquel carboncillo, le sirvió a Guichard para pintar un óleo que fue titulado “Reunión de amigos” y que se mantuvo en el estudio del afamado pintor hasta su muerte (Después de 1880, lamentablemente, se le perdió la pista al cuadro ¡Quién sabe por dónde andará…!)
 
En el famoso carboncillo referenciado aparecen, de pie -de izquierda a derecha-, María del Carmen de Céspedes, Domingo Del Monte y Carlos Manuel de Céspedes; sentadas, Gertrudis Gómez de Avellaneda en primer término, y su lado Rosa Aldama; y a la derecha, interpretando al cello una canción de moda, Miguel Aldama.
 
Desgraciadamente no aparecen en el cuadro la condesa de Merlín (3) -presente también aquella tarde en la espléndida tertulia formada-, y Manuel Gómez de Avellaneda porque la condesa se “indispuso repentinamente” y tuvo que marcharse muy en su contra… El joven hermano de la Avellaneda, muy dado a las más sutiles gentilezas de la experimentada condesa, le acompañó hasta su cercano palacio. Días después se supo que ambos, a pesar de la tremenda diferencia de edad que existía entre ellos, iniciaron una historia de amor que perduró durante algunos años más…
 

 
En una de las más comentadas fiestas parisinas a la cual asistió la Avellaneda (la efectuada por el adinerado y político, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia en aquel momento, Sr. François Guizot (4) en uno de los salones del Palais de la Légion d'Honneur, hoy hotel de Salm), conoció ella a la famosísima novelista francesa, George Sand con la cual la prensa española se empeñaba en compararle "peyorativamente" -algo que para la escritora representaba un halago-. Entre George Sand y Gertrudis Gómez de Avellaneda nació una muy larga amistad y  respeto mutuo que se prolongó a lo largo de sus vidas.

Esa misma noche la Avellaneda conoció igualmente a una nutrida representación española de altos cargos políticos exiliados en Paris junto a María Cristina, madre de Isabel II. Entre aquel grupo de españoles, cabría destacar al general Narváez, proscripto igualmente en la capital francesa por culpa de la persecución de la que fue objeto por parte de Espartero, su rival político, y que había asumido el liderazgo de la rama progresista de los liberales. El general Narváez que se había inclinado hacia la rama conservadora, se convertiría más tarde en el máximo dirigente del partido moderado. Se cuenta (según información que hemos obtenido en Paris y que se guarda celosamente...) que la Avellaneda, tremendamente admirada por el experimentado general Narváez, fue informada del regreso de María Cristina a España posterior a la derrota que sufriría Espartero en julio de ese mismo año.
 
Durante aquella trepidante noche acontecida en el Palais de la Légion d'Honneur, nacería la vinculación de Gertrudis Gómez de Avellaneda con la política española (tema del que se ha tratado poquísimo, con extrema cautela) y al cual dedicaremos un capítulo “especial” en estas crónicas que ofrecemos como preludio a su iluminado bicentenario.

Antes del verano de 1843, Gertrudis Gómez de Avellaneda regresó a Madrid junto a Domingo del Monte y Rosa Aldama. Manuel, su hermano, se quedó a buen recaudo.
 
Continuará…
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
Citas y Notas:
 
(1)      Carlos Manuel de Céspedes:
(Bayamo, 18 de abril de 1819 – Sierra Maestra, 27 de febrero de 1874) fue un famoso abogado, líder independentista cubano.
Se crio en el campo y durante su niñez recibió clases de Gramática y Latín con los frailes del Convento de Nuestro Seráfico Padre en Bayamo, que lo acogieron como discípulo. Posteriormente, en el Convento de Santo Domingo, llevó cursos de Lógica y Ética. Pasó de allí a La Habana, donde es aceptado como alumno del Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Posteriormente en la Real y Pontificia Universidad de La Habana obtiene el grado de Bachiller en Derecho Civil, el 22 de marzo de 1838.
En 1839  contrae nupcias  con su doble prima hermana, María del Carmen Céspedes y del Castillo. Ese mismo año, parte rumbo a Europa y obtiene su licenciatura en Derecho en la Universidad de Barcelona y posteriormente el Doctorado.
En 1841 se instala en Francia y a finales de 1843 se ve obligado abandonar París porque fue, falsamente, acusado del asesinato de la viuda del embajador americano en Paris al término de una gran fiesta en el Palais de la Légion d'Honneur de París.
Después y a causa de aquello, recorrió Inglaterra, Suiza, Turquía, Grecia, Alemania e Italia antes de regresar a Cuba en 1844. Hablaba correctamente varios idiomas, como el inglés, francés y el italiano. Conocía y manejaba desde pequeño el latín y el griego.
A su regreso a Cuba monta un bufete de abogados en Manzanillo. Pasaos algunos años se levantó en armas contra el gobierno español el 10 de octubre de 1868, concediéndoles la libertad a sus esclavos e invitándoles a unirse a la lucha anticolonialista. Fue Mayor general del Ejército Libertador y Primer Presidente de la República de Cuba en Armas. Destituido como presidente en 1873 se instaló en San Lorenzo, la Sierra Maestra donde, en 1874, muere luchando contra las tropas españolas.
 
 
(2)      Domingo del monte:
(Maracaibo, actual Venezuela, 4 de agosto de 1804- Madrid, 4 de noviembre de 1853) fue un crítico y escritor.
Su padre, Leonardo del Monte y Medrano, fue Oidor de la Real Audiencia de Santiago de Cuba. En 1809, a la edad de cinco años, Domingo fue a Cuba con su familia y se trasladó años después a La Habana donde permaneció la mayor parte de su vida.
Comenzó los estudios en el Real Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, en el que tuvo por maestro al presbítero Félix Varela. Más tarde, en 1820, comenzó a estudiar derecho en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. Hablaba cinco idiomas: francés, inglés, italiano, portugués y latín. Entre los años 1826 y 1827 ejerció como abogado en el bufete de Nicolás Manuel de Escobedo.
Fue parte del grupo de creadores de la Academia de Literatura Cubana, y director de la Revista Bimestre de la Isla de Cuba (1831-1834), en donde publicó una pequeña parte de su amplia producción literaria. También fue editor de La Moda o Recreo semanal del bello sexo en 1829, y El puntero literario, en 1830, y miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, siendo Secretario de la Sección de Literatura en 1830.
Vivió muchos años en Madrid, ciudad donde conoció a Gertrudis Gómez de Avellaneda y donde falleció el día 4 de noviembre de 1853.
 
(3)      No entendemos por qué en el prólogo de Viaje a La Habana (La condesa de Marlín, 1844), escrito por la Avellaneda dice tácitamente que aun no conoce personalmente a la autora de la obra. Pensamos que el motivo fue para encubrir la relación amorosa que mantenía su hermano Manuel con la condesa, más de veinte años mayor que él. Cuando Gertrudis regresó a Madrid, su hermano se mantuvo, al menos, un año más en Paris, disfrutando de los beneficios de la condesa.
 
(4)      François Guizot:
Político francés (Nimes, 1787 - Val-Richer, Calvados, 1874). Procedía de una familia burguesa protestante y era historiador de profesión, dedicado a la enseñanza en la Universidad de la Sorbona. Dio sus primeros pasos en política al participar en la oposición contra Napoleón; durante el último periodo de éste en el poder -el «Imperio de los Cien Días»- Guizot estuvo al lado del pretendiente monárquico, Luis XVIII, a quien sirvió como consejero hasta su acceso al Trono (1814)
Durante el periodo de la Restauración ocupó puestos de responsabilidad, orientándose hacia el liberalismo doctrinario que defendía una política de «justo medio» entre el liberalismo de la Revolución y el absolutismo del Antiguo Régimen. Desde esa postura, defendió el espíritu de la Carta Constitucional de 1814, pero la orientación reaccionaria del reinado de Carlos X (1824-30) le inclinó hacia las filas de la oposición.
En esa época presidió una sociedad liberal llamada «Ayúdate y el Cielo te ayudará», y sufrió represalias por sus actividades (como la suspensión de su cátedra de Historia Moderna). Apoyó, por tanto, la Revolución de julio de 1830, que llevó al Trono a Luis Felipe de Orleans; fue uno de los políticos claves de la monarquía liberal moderada que se instauró entonces, cuyo sistema político consideraba perfecto.
Líder del grupo de centro-derecha de la cámara baja, desempeñó sucesivamente los cargos de ministro del Interior (1830-31), de Instrucción Pública (1832-37) y de Asuntos Exteriores (1840-47); de hecho, desde 1840 ejerció como jefe de gobierno bajo la presidencia nominal de Soult, aunque oficialmente no sería nombrado primer ministro hasta 1847-48.
En su gestión ministerial hay que destacar la reforma de la enseñanza primaria que llevó al Estado a asumir la instalación de una escuela en cada municipio de Francia (1833); también fue obra suya la aproximación diplomática a Gran Bretaña, que se produjo en 1841-44. Pero, como orientador general de la política del centro-derecha en la última fase de la Monarquía de Julio, cometió el error de orientar las decisiones del gobierno en beneficio exclusivo de los grandes capitalistas, ignorando las crecientes demandas de democratización del régimen y de reformas sociales.
Su liberalismo conservador (que respondía a las peticiones de extensión del derecho de voto recomendando a los excluidos por no tener ingresos suficientes: ¡Enriqueceos!), concitó una gran coalición de descontentos, que estalló en la Revolución de 1848. El cese de Guizot por el rey, respondiendo a la demanda de los insurrectos, no fue suficiente para salvar al régimen, que cayó también, dando paso a la Segunda República francesa. Guizot se exilió en Inglaterra, de donde volvió en 1849, para vivir retirado en sus posesiones de Normandía, concentrado en su trabajo de historiador.
 
 
Bibliografía consultada:
 
Esclarecer rumores, apaciguar las dudas antiguas y crear nuevas. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal en: revista de la Arquidiócesis de La Habana, Nº 168, noviembre de 2007.


 

agosto 21, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO

 
Una introducción necesaria:
En breve se sucederán los actos por el bicentenario del nacimiento de Gertrudis Gómez de Avellaneda. En Cuba, la isla donde nació la poetisa1, afortunadamente, se ha creado una comisión con tal motivo. En España mientras, las cosas van a menos, y no solo por la crisis económica, sino por el desinterés que hacia la escritora se ha mostrado en las últimas dos décadas. Eso sí, sabemos que determinadas Instituciones de altísimo prestigio aprovecharán el impulso para hacerse valer (aún más) y enmendar, de alguna manera, deudas nunca resueltas de tiempos pasados.
 
El blog La divina Tula, así como también la “Asociación Cultural y Literaria La Avellaneda” (ACLA), fundada en 2009 por la también poetisa y periodista Edith Checa en la ciudad de Sevilla, por el contrario, no se acuerdan de Santa Bárbara únicamente cuando truena.
Desde dos mil once, año de la aparición en la Internet del blog sobre la Avellaneda, se le dedicó especial atención al rescate de la figura y de su obra, reclamando mayor atención y mejor trato por parte de las Instituciones que habían dejado de lado a tan prestigioso personaje, las mismas que se apresuran a recordarle en breve de manera tan ‘aprovechada’.
Exactamente igual que el blog, ha hecho desde el mismo día de su fundación la ACLA, cuyos miembros, todos, han custodiado los restos mortales de la poetisa que descansan en el cementerio de San Fernando, y que cada año, entre otras actividades, le brindan un merecido homenaje a su figura.
 
Para nosotros los actos por el bicentenario se convierten en momento de obligado recuerdo con el objetivo de perpetuar su memoria en el tiempo. Así lo hemos creído siempre y lo llevaremos a cabo de manera encomiable con nuestros modestísimos recursos.
Una ilustre mujer inexplicablemente relegada a planos muy inferiores a su verdadera categoría como poetisa, dramaturga y como escritora de primerísima línea, “la más grande de los tiempos modernos”, según palabras de Marcelino Menéndez y Pelayo2 no pasará inadvertida en el año de su bicentenario. No lo vamos a permitir.
 
 
I parte:
Rescatar de la prolongada distracción a tan admirable y sorprendente personaje de la historia y la literatura no es tarea tan factible como pudiera pensarse en un principio. A Gertrudis Gómez de Avellaneda se le ha interpretado y especialmente cuestionado hasta la saciedad como a pocos en la última centuria. En algunos casos, desgraciadamente, se le ha tratado como a cualquier peón del ajedrez literario, cuando en realidad ella fue la reina y el rey (juntos) de ese tablero decimonónico.
 
En este trabajo, que daré por entregas a partir de hoy, no pretendo rehacer la biografía de la esclarecida poetisa porque otras manos (mucho más doctas que las mías) lo hicieron con una encomiable maestría hace bastante tiempo: Juan Varela, Emilio Cotarelo Mori, Marcelino Menéndez y Pelayo y José Zorrilla por citar algunos de los más brillantes ejemplos. Pero eso sí, voy a centrar mi atención y observación personal en un momento crucial en la vida de la escritora, aquel que según mi opinión, marcó definitivamente su existencia futura. Se trata de una etapa que no está suficiente y profundamente estudiada por algunos de sus biógrafos y estudiosos, incluyendo a sus contemporáneos.
 
Durante los últimos tres o cuatro años he dedicado mis mayores esfuerzos al minucioso estudio del personaje y su obra, hurgando en bibliotecas y otros prestigiosos archivos alrededor del mundo. El resultado de mis investigaciones ha sido bastante sorprendente pues al comparar lo publicado hasta ahora (aquello que ha estado a mi alcance, que no es poco) y lo que he investigado, existen lagunas e imprecisiones varias que necesitan ser corregidas de inmediato. Determinados sucesos que nos han presentado los investigadores a lo largo de la ultima centuria están colmados de inexactitudes y equívocos porque en primer término es posible que la propia Gertrudis Gómez de Avellaneda y algunos de sus más fieles ‘adoradores’ contemporáneos lo creyeran oportuno por motivos dispares que pudieran beneficiarle en el plano personal y privado, y hasta en el político y gubernamental. Y en segundo lugar porque la biografía del personaje ha sido bastante distorsionada a lo largo de los años.
 
La autobiografía de la escritora (…) ha sido sometida a diversas manipulaciones. En primer lugar, no es el texto escrito en 1839, y dado a conocer por Lorenzo Cruz de Fuentes en 1907, el único autobiográfico (…), aunque sí el más difundido y aquel sobre el que se han basado buena parte de las interpretaciones tanto de la biografía como de la obra de Avellaneda. La edición del citado texto afianza una interesada imagen de la escritora que ha pesado irremisiblemente sobre la interpretación en torno a ella; versiones posteriores de dicho escrito han tendido a prolongar esta manipulación primera3
 
La autoría de la cita antepuesta corresponde a Ángeles Ezama Gil, profesora de la Universidad de Zaragoza, palabras que dejó plasmadas en su interesante ensayo Un siglo de manipulación e invención en torno a su autobiografía (1907-2007) Y yo, no solamente estoy de acuerdo con la profesora, sino que me he apoyado en su tesis como punto de partida para mis investigaciones iniciales.
 
El periodo que me propongo analizar durante las siguientes entregas es el comprendido entre los años 1840 y 1846, ciclo lleno de glorias y alabanzas, pero también colmado de habladurías, disgustos, dolores y hasta de infernales sufrimientos que progresivamente iré analizando entrega a entrega.
 
Como es sobradamente conocido, en noviembre de 1840 llega la novel escritora a Madrid en compañía de su hermano Manuel (su sombra y bastón necesarios) el cual le acompañará a casi todo los lugares hasta el fin de sus días. Tres meses antes los hermanos habían recibido parte de la herencia que les correspondía por la venta de unos aquilatados olivares en Constantina de la Sierra. Igualmente estaban en posesión ¡por fin! de una importante fortuna dineraria que hasta ese momento les había sido vetada y que controlaba, por infame ley impuesta, D. Isidoro Escalada, el execrable e ignominioso padrastro de ambos.
 
Lo primero que hace Tula nada más llegar a la capital del reino, imponiéndose al posible criterio de su hermano Manuel, es alquilar una costosísima vivienda en la calle Clavel, exactamente en el número tres. Y no por casualidad escogió aquella casa para iniciar su andadura madrileña. En 1840 se ubicaba allí un antiguo y suntuoso palacete que había sido propiedad del mismísimo José Bonaparte (el francés rey intruso, hermano de Napoleón Bonaparte). José I de España, como el mismo hizo llamarse, había sido amante de la bellísima condesa de Jaruco, Teresa Montalvo, cubana de nacimiento como la Avellaneda. La Montalvo, viuda del adinerado conde de Jaruco y sobrina de Gonzalo O’Farril (Ministro de Guerra de José I de España) era la madre de la que sería su gran amiga tan solo dos años después: la famosa condesa de Merlín (autora de Viaje a La Habana, obra que Gertrudis Gómez de Avellaneda prologara de manera exquisita en el período que se analiza). Tula sabía, por comentarios y habladurías escuchadas en los salones de su casa en Puerto Príncipe (hoy Camagüey) que en aquel palacete madrileño se habían realizado suntuosas soirees, así como multiformes y abigarradas tertulias. Pero lo que más llamaba la atención de la joven escritora era el conocer que los restos mortales de la afamada condesa, fallecida treinta años antes de la fecha que nos ocupa, reposaran bajo el gigantesco olmo que se imponía en el jardín de aquella señorial mansión4. Puede ser que Tula, en su exacerbado y extremo romanticismo, necesitara respirar, y quién sabe si revivir, aquellos extravagantes ambientes y sucesos de épocas pasadas que iluminasen, aún más, su inspirado numen…
Así de romántica, la recibió aquel Madrid, la ciudad que muy pronto se rendiría a sus pies por su belleza, portento y agudeza extrema.
 
Continuará…
 
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
 
(1) Me referiré siempre a Gertrudis Gómez de Avellaneda como poetisa, porque además de ser poeta (persona que compone obras poéticas y que está facultada para ello), la Avellaneda era mujer poeta, o sea: poetisa.
(2) Menéndez y Pelayo, Marcelino. Historia de la poesía Hispano-Americana, tomo I. Madrid, 1911
(3) Gertrudis Gómez de Avellaneda: Un siglo de manipulación e invención en torno a su autobiografía (1907-2007) Ángeles Ezama Gil. VOL. 6, NUM. 2, verano 2009
(4) Los tristes amores del rey intruso, (La sepultura de la condesa de Jaruco). Juan Fuertes Montalbán. ABC, 22 de marzo de 1962. Página 39