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octubre 07, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 13)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London, 1855.

¿Reproches amatorios?

"La libertad verdadera es no esclavizarse a nadie en nada"
Gertrudis Gómez de Avellaneda




Carta Nº 13.
29 [de abril de 1853] = Viernes a las 12 de la noche

No estás malo y no me has escrito; no estás malo, ni me has escrito, y no has ido un momento al teatro para verme siquiera ¿Tan incesantes eran esas ocupaciones que no te permitieron enviarme durante el día una línea para decirme estoy bueno, ni te dejaron un momento de que disponer por la noche? Yo, más libre, he estado en el Príncipe a ver la comedia nueva1, después que supe que no había sido por falta de salud tu silencio, y he vuelto a mi casa llena de satisfacción por haber tenido ocasión de observar que tus noches como tus días están igualmente bien empleadas2. De ese modo, Antonio, no se te hará larga la vida; no tendrás tiempo para fastidiarte, lo que es una gran ventaja. Yo, pobre ociosa, he perdido el día esperando noticias tuyas, y la noche buscando tus miradas por el teatro. Dios mediante, procuraré corregirme desde mañana: me ocuparé también de cosas de provecho, y como esa causa es probable que no pueda escribirte, he querido hacerlo, aunque brevemente, antes de acostarme; y lo hago, Antonio, deseándote descanso de tus largos trabajos, y un sueño más tranquilo del que yo espero alcanzar. Adiós, amigo mío, buenas noches. -¡Ah! Se me olvidaba decirte que Lasagra (sic)3 estuvo esta tarde en casa de Eloísa y le hizo larga visita. Por lo visto no es su indisposición la que impide que te presente, sino tus ocupaciones. Buenas noches, Antonio. El criado que traiga tu carta prometida te llevará estas líneas: y a propósito de carta prometida, te diré antes de cerrar esta que, para evitar promesas, que no me agradan porque parece que indican obligaciones; para evitar que nos alarmemos inútilmente y sin causa justa a la menor falta, creo conveniente en alto grado que no se continúe el naciente hábito de escribirnos todos los días. Lo harás buenamente cuando tus ocupaciones te lo permitan; lo haré yo también cuando los trabajos que voy a emprender mañana me dejen algunos ratos libres. Queda por tanto sentado que no tendrás motivo de inquietarte si pasan uno, dos o tres días sin saber de mi, y que yo no debo tampoco llenarme de aprensiones porque guardes un silencio más o menos largo. Esto nos ahorrará disgustos y quejas recíprocas. Todo lo que tiene apariencias de compromiso forzoso, de deber imprescindible, es enojoso para gentes como nosotros, tan amantes de la independencia y de la santa y divina libertad. Rousseau era un mentecato en decir (si fue él quien lo dijo, que no estoy segura), que la libertad es el derecho de elegirse un dueño. Yo siento, lo mismo que tú, que la libertad verdadera es no esclavizarse a nadie en nada ¿No es verdad? Buenas noches por tercera vez. Tú amiga

Tula



Hoy sábado 30.
        Abro mi carta porque el que trajo la tuya se ha marchado sin aguardar respuesta. Yo tenía dispuesta esta para que te la llevara, pero toda vez que tiene que ir mi doncella, añadiré algunas líneas a las anteriores. He leído tu carta… escribes muy bien, Antonio: cada día conozco mejor que posees mucho talento: desgraciadamente hay cosas que yo aprecio más que el talento aunque las cuerdas de mi corazón estén rotas, tal parece que vibran todavía dolorosamente cuando pienso, cuando me digo que el talento, que sabe decirlo todo, posee la triste facultad de engañarse a sí mismo; que toma y da por color verdadero el que produce su prisma. Cuando reflexiono en eso me pesa también mucho el no ser tonta: le tomo miedo a mi propia imaginación; a esa falaz encantadora que sabe hacer pesada una arista como si fuese una montaña, y ligera a una montaña como si fuera una arista ¡Feliz Ochoa! Tienes razón.
        Te hablaré verbalmente de tu carta. Estoy demasiado triste y displicente para poder escribir cosa que merezca leerse. Si quieres nos veremos esta noche. Esto es, si tus ocupaciones te lo permiten buenamente que si no, no; yo las respeto mucho. En el caso que nada te sirva de obstáculo quiero verte esta noche porque hace ocho días que en tal noche como esta creía imposible que pudieran existir vínculos de ninguna clase entre nosotros: porque hace ocho días que me arrepentía colérica de haber respondido a las cartas de Armando y necesito oírte para convencerme de que no tengo hoy motivo de arrepentirme de nada. Necesito Antonio, que así como supiste borrar de mi mente la impresión atroz que dejó en ella aquella célebre carta de ominoso recuerdo, así borres ahora otras impresiones penosas.
        Si hace buena noche, si no se siente el frío que hubo en la de ayer, bajaré a los jardines a las 9 en punto. Nos pasearemos por ellos. Si el tiempo no es bueno prefiero que nos veamos en el teatro de la Cruz: en el del Príncipe todo el mundo nos conoce y nos observa. Si quieres que estemos más cerca uno de otro, puedes tomar dos localidades, cualquiera que sean, las menos notables, y en ese caso vienes a las ocho y media a esperarme al jardín. Yo bajaré sola, diciendo que voy a salir con Eloísa, me reuniré a ti y nos iremos juntos a la Cruz.
        Entonces, Antonio, te hablaré de tu carta: de esta carta que vale menos que tu silencio de ayer; que es peor que él; aunque tan bien escrita. Adiós.

Tula


P.D. Acabo de ver en el diario que no hay función en la Cruz esta noche. Iremos a cualquier otro teatro; al Circo, a los Basilios4: donde nos hallemos con menos gentes conocidas. Eso si la noche es destemplada; sino prefiero los jardines. De todos modos que nos veamos esta noche ¿Quién sabe si será por última vez, Antonio? –Te quiero. Adiós.



(1)          Tula fue al teatro del Príncipe a ver la nueva comedia en tres actos La tierra de promisión, obra traducida del francés y cuya función se realizó a beneficio de la primera actriz doña Manuela Ramos ("El heraldo", 30 de abril de 1853).
(2)          Antonio Romero no asistió al teatro, al parecer estaba muy ocupado con el tema de sus múltiples actividades políticas, incluida la recogida de fondos para ayudar a las víctimas de la hambruna que sufría Galicia por aquellos días.
(3)          Se refiere a Ramón de la Sagra, escritor y botánico gallego, mencionado y analizado ya en esta curiosa correspondencia.
(4)          “Los Basilios” fue el nombre popular que se le dio al teatro Variedades por estar situado en el solar que otrora ocupó el convento de los Basilios, ubicado en la calle del Desengaño entre las de Valverde y del Barco (Cincuenta años de teatro, ABC (Madrid), 18 de mayo de 1833, página 15).

septiembre 26, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 12)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1856.


¡Dime la verdad!

Tula era controladora y absorbente, demasiado posesiva. A través de su amplia correspondencia este carácter ha quedado demostrado, aunque no olvidamos que su naturaleza, romántica in extremis, condicionaba todas sus actuaciones, las amatorias principalmente. La carta que publicamos hoy es lo que se conocía entonces como billete, una especie de SMS decimonónico que se intercambiaban los amigos y amantes de la época. Y que como todo lo escrito por la Avellaneda, no tiene desperdicio… En la carta (billete) que presentamos a continuación -cuyo punto final no parece llegar nunca-, aparentemente no dice nada y sin embargo lo dice todo: se queja, controla, se rinde, ordena, decreta ¡y hasta lanza un ultimátum! “Antonio dime la verdad: dímela o no vuelvas a acordarte de que existo”. Así eran los románticos del siglo diecinueve, melodramáticos hasta la médula, Tula a la cabeza de todos.


Manuel Lorenzo Abdala




Carta Nº 12.
[29 de abril de 1853, viernes]

        Antonio, me decías ayer que te sentías enfermo y después de eso no me escribes hoy, ni vienes con la Sagra(1) a casa de Eloísa, sino que lo dejas venir solo ¡Cruel! ¿Si estás malo por qué no me lo dices? Correría a verte arrostrando por todo. Y estás malo sin duda; de otro modo no hubieras dejado de saludarme siquiera con una breve línea. Antonio, tu sí que puedes romper las cuerdas que supones rotas. Si tu cariño de hombre fuerte no se alarma por cualquier cosa, acuérdate que soy mujer, y que siempre mi imaginación enferma está presintiendo desgracias. Antonio, si estás malo quiero ir a tu casa; quiero verte a ti solo un momento. Si no lo estás, si no me has escrito porque no lo creíste necesario… entonces, Antonio, haz cuenta que no han sido escritas estas líneas y ten por seguro que no volveré a sufrir el sentimiento de dolorosa inquietud que me martiriza en este instante(2). Antonio dime la verdad: dímela o no vuelvas a acordarte de que existo. Espero una palabra tuya por mi doncella que lleva esta. Si estás malo basta con que se lo hagas decir verbalmente y poco después, querido mío, estaré yo cerca de ti.




Hoy 29 -al anochecer.



(1)           Se refiere a Ramón de la Sagra, famoso escritor y botánico gallego (amigo de ambos), que estaba al corriente de la relación amorosa que ellos mantenían. Antonio debió quedar abrumado con la carta anterior y al parecer, enfermó (no era para menos). Y no quiso -o no supo- qué decirle a su paisano para que informara a Tula sobre el motivo de su ausencia en el punto de encuentro que ambos habían acordado: la vecina casa de Eloísa Gattebled de Santa Coloma, que era algo así como la puerta del sol de Madrid (bajo techo). Cuentan las crónicas de la época que las tertulias y fiestas en aquel piso de la plaza de Oriente eran las más famosas y sonadas de toda la ciudad. Próximamente dedicaremos un post al respecto.

(2)          El subrayado, para marcar el sentimiento romántico y melodramático de la autora, es nuestro.

agosto 28, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 10)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1860

La libertad individual es una quimera
(En lengua de gente teatral y de imprenta)

Con la carta nº 10, detendremos, prudencialmente, la transcripción de esta histórica correspondencia. Septiembre lo dedicaremos a otros menesteres, a dar a conocer diferentes personalidades que merecen ocupar, igualmente, las páginas del blog "La divina Tula". Entrados ya en el otoño, continuaremos con el resto de cartas. Y para finales de año sabremos qué camino tomó, definitivamente, aquella curiosa relación entre la Avellaneda y Romero Ortiz. Pero aún habrá que esperar para ello.
         Centrémonos ahora en esta nuevamente curiosa carta que, como el resto de las transcritas hasta hoy, no tiene desperdicio y sí muchísimo valor. Desde nuestro punto de vista constituye un valioso documento autobiográfico, imprescindible para poder comprender, aún más, la personalidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Mi posición es indudablemente la más libre y desembarazada que puede tener un individuo de mi sexo en nuestra actual sociedad. Viuda, poeta, independiente por carácter, sin necesitar de nadie, ni nadie de mi, con hábitos varoniles en muchas cosas, y con edad bastante para que no pueda pensar el mundo que me hacen falta tutores, es evidente que estoy en la posición más propia para hacer cuanto me dé la gana, sin más responsabilidad que la de dar cuentas a Dios y a mi consciencia: pero a pesar de todo sucede que no hay en la tierra persona que se encuentre más comprimida que yo, y en un círculo más estrecho.

Y cuánta razón tenía. La poetisa se encontraba muy comprimida y en un círculo que cada vez más se estrechaba, ahogándole casi hasta la infelicidad.
Por muchas precauciones que tomaran los amantes para no ser vistos juntos, Madrid tenía (y tiene) ojos y muchas lenguas, siempre muy dispuestas a interesarse por lo ajeno y dar voces al vecino. Era de absoluto dominio público que la Avellaneda tenía un nuevo amante. El tema estaba en conocer quién era el afortunado amante sustituto del fallecido Sabater. La carta que por momentos parece escrita por una adolescente, es en realidad un compendio de cómo actuar sigilosamente para evitar esto sucediera ante la curiosidad ciudadana.

Te advierto que acabo de tener una visita de uno de esos títeres; que sé que el amable Estrella me siguió anoche y te ha visto acompañarme, y que me he visto yo forzada a decir un millón de mentiras a manera de semi-confidencia (sic). Tiemblo de caer en lenguas de las gentes de teatro y de imprenta. Te suplico que seas muy prudente y que no des el menor paso para saber, por ahora, quién es quién ha instruido a ese quídam nombrado arriba, de las cosas que han pasado entre nosotros dos.

         Tula sentía pavor porque la insana publicidad de su relación le sería dolorosa y le haría muy infeliz, a ella y a su entorno más cercano, especialmente a su madre. Por otra parte estaba el tema del nombre que llevaba y que deseaba respetar a toda costa. En uno de los párrafos le dice a Romero Ortiz  que la calumnia no le hiere, que esta avezada a despreciarla; pero que le lastimaría el confesarse a sí misma dando motivos a que se le impute el no respetar el nombre que lleva, el de D. Pedro Sabater, al que tanto estimó.

Resuelta a no renunciar nunca el nombre con que me enorgullezco, a no formar nunca otros lazos de esos que la sociedad llama solemnes y legítimos; y sabiendo que no se comprenden aquellos que pueden existir entre dos almas como las nuestras, necesito cubrir con el misterio hasta lo que sea culpable porque sé que aun no siéndolo lo parecería.

         Acertada o errada, no seremos nosotros quienes juzguemos los impulsos y apreciaciones de la poetisa, ¡qué bien conocía a sus contemporáneos!, a los que tanto se adelantó muy a pesar de los pesares... (Muy valiosa es la información que nos brinda acerca de Dª Eloísa Gattebled de la cual conocíamos poco, por no decir nada). Lo curioso de todo es que a día de hoy –salvando las distancias temporales- las cosas han cambiado bastante poco. A nuestra actual sociedad le molesta más la libertad, la felicidad y el éxito de los demás que sus propios fracasos (como en el siglo XIX, vaya).
A propósito de lo anterior, hace pocos días una amiga ha dicho en una red social, “Lo peor cuando tenemos miedo, es que suele molestarnos la espontaneidad ajena. Lo peor cuando estamos reprimidos, es que suele molestarnos la libertad ajena. Lo peor cuando estamos frustrados, es que suele molestarnos el éxito ajeno. Por favor, seamos felices (¡y dejemos de joder a los demás!)”. Ese es el quid de la paz social, el quid de la paz espiritual y el respeto, los buenos modales, el saber estar...
¡Paz, progreso e inteligencia!


Manuel Lorenzo Abdala





Carta Nº 10
[27 de abril de 1853, miércoles]

Amigo mío: por si se te ha olvidado el nombre de mi ex-amanuense, quiero ponértelo por escrito. Es Dª Eloísa Gattebled(1), viuda de Santa Coloma. Vive en el entresuelo dcha. de la casa que vivo. No dejes de hacerte presentar por Lasagra (sic)(2) lo más pronto: ya ella[Eloísa] está advertida por mí. A otra cosa ¡Cuidado que por averiguar quién es la persona que dice Estrella(3) haberle hablado de nuestra correspondencia, no vayas a comprometernos más a ambos…! Te advierto que acabo de tener una visita de uno de esos títeres; que sé que el amable Estrella me siguió anoche y te ha visto acompañarme, y que me he visto yo forzada a decir un millón de mentiras a manera de semi-confidencia (sic). Tiemblo de caer en lenguas de las gentes de teatro y de imprenta. Te suplico que seas muy prudente y que no des el menor paso para saber, por ahora, quién es quién ha instruido a ese quídam nombrado arriba, de las cosas que han pasado entre nosotros dos. Yo iré esta noche al cuarto de Pepa, sufriré bromas, las daré fingiendo sospechar de todos los que allá vea, y espero que después del giro que prestaré a sus chanzas este asunto cesará de ocuparlos. Deseo mucho, deseo ardientemente alejarme cuanto antes de esa canallería literaria; y sobre todo, amigo mío, deseo que no se profanen nuestros sentimientos en la atmósfera donde respiran esos pobres seres. Te creo caballero, te creo prudente y delicado, no te estimaría si pudiese tener duda respecto a eso, pero es bueno que te advierta que soy tremendamente enemiga hasta de aquellas leves indiscreciones tan comunes en los amantes. Los afectos son como aquellos perfumes exquisitos que se desvanecen evaporados en el momento en que se les destapa. Aún con Eloísa es menester obrar con gran catela. Ella conoce las cartas primeras de Armand; ella sabe lo que he contestado a mi misterioso corresponsal, y ahora es imposible que se le escape que el presentado por Lasagra (sic) y anunciado por mí, no es otro que el mismo Armand. Persuadida de ello yo le haré semi-confidencias que no la harán saber sino lo que sabe sin ellas, procurando con esa muestra de aparente confianza alejar de su mente la sospecha de que hay más de lo que le digo. Nada tiene de extraordinario el que un hombre de talento preste estimación al mío y desee tratarme: todo lo demás no hay para que dejarlo comprender. Escucha, ya que te hablo de estas cosas. Mi posición es indudablemente la más libre y desembarazada que puede tener un individuo de mi sexo en nuestra actual sociedad. Viuda, poeta, independiente por carácter, sin necesitar de nadie, ni nadie de mi, con hábitos varoniles en muchas cosas, y con edad bastante para que no pueda pensar el mundo que me hacen falta tutores, es evidente que estoy en la posición más propia para hacer cuanto me dé la gana, sin más responsabilidad que la de dar cuentas a Dios y a mi consciencia: pero a pesar de todo sucede que no hay en la tierra persona que se encuentre más comprimida que yo, y en un círculo más estrecho. Aquí ves lo que te decía ayer de que la libertad individual es una quimera. Tengo una madre a cuyo lado vivo, a la que he hecho sufrir mucho por mis excentricidades, y a la que ahora, en su vejez, procuro complacer tanto como antes la he contrariado. Mi santa madre, amigo mío, que llora y se desconsuela cuando la dejo entrever la posibilidad de que algún día me meta en un convento fastidiada del mundo, lloraría todavía más si sospechase que a pesar de mi aburrimiento de todo, podía tener un amante. Sabe que hace muchos años que vivo para ella únicamente y para la literatura, con la cual he logrado reconciliarla: me supone incapaz de nuevos afectos y estoy cierta de que se alteraría mucho nuestra paz domestica si llegase a ver que se ha engañado ¡Es tan feliz cuando ve que solo dejo la pluma para rezar con ella el rosario y las novenas de Santa Gertrudis…! Hay más aún. He tenido, tengo y tendré grandísimo respeto al nombre que llevo; al nombre que me ha dado el más noble de los hombres: no quisiera por cuanto hay en el mundo dar motivo a una justa censura: no quisiera que el alma hermosa del que fue mi esposo… ¿qué se yo lo que iba a decirte…? En fin, el caso es que aunque creo, aunque espero, aunque estoy persuadida de que nuestro afecto será siempre puro; aunque no quiero, ni creo que tú quieras, deshonrar nuestros vínculos llevándolos a un terreno de fango y de miseria, con todo, amigo mío, siento que la publicidad me sería muy dolorosa y me haría muy infeliz. Resuelta a no renunciar nunca el nombre con que me enorgullezco, a no formar nunca otros lazos de esos que la sociedad llama solemnes y legítimos; y sabiendo que no se comprenden aquellos que pueden existir entre dos almas como las nuestras, necesito cubrir con el misterio hasta lo que sea culpable porque sé que aun no siéndolo lo parecería. La calumnia no me hiere, estoy avezada a despreciarla; pero me lastimaría el confesarme a mi propia que he prestado motivos verdaderos a que se me impute no respetar el nombre de aquel que tanto estimé. El depósito de aquel honor me es más sagrado que mi propia reputación. Cuando era soltera jugaba sin escrúpulo esta última, por ostentación de libertad; ahora viuda no me creo autorizada a hacerlo.

        Todo lo dicho te hará comprender cual es en realidad mi posición y cuales los deberes que me impone. Hemos empezado, amigo mío, cometiendo algunas indiscreciones, pisamos en suelo resbaladizo, y necesito que seas el primero en servirme de apoyo, y en evitar las consecuencias de mis propias imprudencias.

        No sé si entenderás estos feos borrones. En mi vida he escrito carta más desaliñada y con letras tan raras. Es que estoy nerviosa y colérica, y disgustada de mí y de todo el mundo. Adiós Antonio, hasta mañana. Este mundo es horrible: las almas grandes no caben en él; se ahogan ¡Que no pudiera yo irme contigo a un desierto de América…! ¡Qué no pudiera romper por todo, y arrojar con desprecio a la faz del mundo esta corona de oropel y de espinas que llaman nombradía, y hacerme tan ignorada, tan desconocida que solo tú, tú solo, amigo mío, supieras mi existencia y la amases…! Que no pudiera… en fin, no estoy para raciocinar hoy: no estoy para nada. Antonio, en nombre del cielo no te parezcas en nada a los hombres: necesito creer que eres un ser único, porque aborrezco todo lo que conozco: porque me siento mal entre aquellos que osan llamarse mis semejantes. Oh ¡mira! Yo pudiera ser otro Nerón… pero, no, miento. Desprecio demasiado al hombre para poder hacerle mal. Adiós otra vez. Te quiero.

Tula   


Hoy 27.




Notas:

(1)          Eloísa Gattebled de Santa Coloma, distinguida poetisa romántica, extremadamente sentimental y muy poco favorecida por la naturaleza (Tenía la cara picada de Viruelas), aunque de ojos verdes claros, “magnéticos”, era una mujer muy dulce y educada en extremo. Hija de un inglés y una francesa, había nacido en Inglaterra, pero desde muy joven se trasladó a vivir a España por desgraciados asuntos famliares. Se casó con un alto funcionario español que fue enviado a Manila (Santa Coloma) y con el cual tuvo tres hijos. Enviudó muy joven y se regresó a Madrid, dedicándose, entre otros menesteres, a la industria del conocimiento, las relaciones públicas, el secretariado y la influencia… Igualmente escribió para algunas revistas y periódicos de señoritas y moda.
Amiga personal de la familia Gómez de Avellaneda y Arteaga-Escalada, fue secretaria personal de Tula desde que esta llegara a Madrid, siendo la responsable de transcribir la mayoría de sus obras hasta 1853. Durante el intento de entrada por parte de la Avellaneda a la RAE, fue su principal aliada. Igualmente era conocedora de todos los pormenores de la poetisa, vida privada incluida. La Avellaneda, por temor, prescindió de sus servicios como secretaria personal (Eloísa sabía demasiado y parece ser que cometió una indiscreción). Fue a partir del momento en que la correspondencia con Antonio Romero Ortiz se tornó más seria de lo que parecía en un principio.
De la Dª Eloísa Gattebled nos ha quedado una pequeña biografía gracias a Impresiones y recuerdos, conocida  obra de Julio Nombela publicada en 1911.

               (…) como en la capital de Filipinas había sostenido amistoso trato por la elevada posición de su esposo con las autoridades religiosas, militares y civiles, al venir á la Corte reanudó sus antiguas relaciones con los que habían sido capitanes generales, intendentes y altos funcionarios. Insinuante y entrometida, ensanchó su esfera de acción haciéndose recomendar á importantes hombres políticos, y según supe (…) se dedicó á proporcionar á los ricachones filipinos cruces y veneras, extendió más tarde esta lucrativa industria á la isla de Cuba, y no desdeñó á los provincianos que deseaban ser caballeros ó comendadores de las diversas Ordenes civiles con que se premian méritos alguna que otra vez y se halaga la vanidad de los que ni siquiera tienen el mérito de ser sencillos y modestos. Además daba lecciones de francés, de inglés y de literatura á algunas señoritas de las más altas clases de la sociedad madrileña.

No olvidemos que Julio Nombela fue el mejor amigo de Gustavo Adolfo Bécquer y que según nos cuenta él mismo en la obra citada, conoció personalmente a la Avellaneda –la mujer más famosa de todo Madrid en aquellos momentos- en la casa de Dª Eloísa Gattebled de Santa Coloma donde se reunían y tertuliaban todos los poetas, dramaturgos y artistas madrileños.
En la BNE se conservan algunas obras de la señora Gattebled: poemas, novelas y alguna que otra biografía de personalidades, etc.

(2)  Se refiere al también gallego Ramón de La Sagra, conocido sociólogo, economista, botánico, escritor y gran político español, amigo personal de Tula y de toda su familia. De La Sagra fue colaborador, años más tarde, de la Revista “Álbum de lo bueno y lo bello” cuya directora fue la propia Avellaneda. Se dice, según afirman varios especialistas, que este medió en la relación que mantuvieron el escritor y político Antonio Romero Ortiz con ella, cuyas cartas analizamos ahora. La propia Avellaneda lo menciona en sus cartas.

(3)          Parece referirse a D. Domingo de Cuellar y Luque-Repiso, hijo de D. Antolín Cuéllar y Beladiez (ambos Condes de Estrella). Domingo Cuéllar fue un quídam más de los tantos que pululaban por Madrid, estrechamente relacionado con rapsodas, artistas y literatos varios, muy asiduo a la tertulia de Dª Eloísa Gattebled.