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junio 19, 2015

UN ABISMO ENTRE NUESTROS CORAZONES

"Te doy gracias por todo, pero no acepto tu buen deseo: es inútil. A Dios"


“La sangre me hierve y el alma se me repliega...”
(Epílogo a la anterior carta)

Como en la otra, sin mayores comentarios (de momento). No son necesarios. El billete, escrito a la defensiva mujeril, lo dice absolutamente todo. La Avellaneda, ultrajada, expulsa multitud de reproches, ¡tormentosos!, colmados de angustias y sinsabores varios… Al final se deshace de su amante con férreas verdades, sin posibilidad de réplica:
       
        Nosotros no nos comprendemos; no es posible que nos comprendamos jamás. No sentimos del mismo modo; no vemos las cosas de igual manera: falta entre nuestras almas simpatía; no se adivinan, no se identifican ni un solo instante.

Después de esto, solo cabe recapitular y cerrar la historia. Una leyenda de amor, como en los cuentos de hadas, que pudo ser diferente y con un cierre mucho más acertado, al real deseo de los enamorados. Pero no, en la Avellaneda nunca cupo el amor verdadero ni la plena felicidad. Ese fue su karma, y el de su época.


Manuel Lorenzo Abdala






Carta número 33
[27 de mayo de 1853]

        Antonio: en el momento mismo en que salía mi criada con la adjunta, encontró al cartero que traía la tuya. La he leído, y añado estas líneas a lo que te digo en las otras.

        Mi madre debe estar admirada de que sólo cuando falta de casa vienes tú a ella. Yo te he dicho “no quiero que conozcan en mi casa mi amor por ti, y me privo por esa causa de recibirte en ella todos los días”: ¿pero es manera de ocultar el amor el prestarle un carácter indigno? Después de haberte hallado mamá dos veces en casa, junto a mí, ¿qué debe pensar que no hayas hecho una sola visita a presencia suya? ¿Qué debe pensar al ver que no cumples conmigo ni los deberes de simple urbanidad? ¿Qué debe pensar, sino piensa que eres un amante; pero un amante secreto; un amante meramente carnal; un amante de aquellos que no tienen las mujeres como yo, y a cuyo papel despreciable no se avienen jamás hombres que se estiman? Estoy mal a los ojos de mi familia; mal a los de Eloísa, que por poco que me importe, es una mujer y debe comprender lo que es un amor digno y decoroso: estoy mal a los míos, y tan mal que todo mi disimulo, que todos mis pasmosos esfuerzos por sepultar en mi alma la cólera y el disgusto que me siguen hace días a todas partes, no bastan ya a reprimir la expresión de profundo descontento que se viene a mis labios, a pesar mío. En fin, Antonio: acabemos. Nosotros no nos comprendemos; no es posible que nos comprendamos jamás. No sentimos del mismo modo; no vemos las cosas de igual manera: falta entre nuestras almas simpatía; no se adivinan, no se identifican ni un solo instante. Nada que puede serme grato aciertas tú a hacerlo: aciertas por el contrario, hasta en los momentos de mayor delirio, a hacer lo que me es más incomprensible, más antipático, más repugnante. Chocas con todas mis ideas sobre el sentimiento; y yo debo ser para ti, igualmente chocante. Lo repito: nuestras inteligencias se entienden sin duda, porque ambos tenemos talento; pero me convenzo más cada día de que hay un abismo entre nuestros corazones: Que solo se han atraído para repelerse.

        ¡Y bien! ¿Qué quieres…? Yo no lo sé. La sangre me hierve y el alma se me repliega con contracción dolorosa. Me harías mucho bien en poner un término a esta situación extraña.

        A Dios

Tula    

P.D.- No te tomes la molestia de hablar de La Aventurera. Me importa un bledo que la censuren o la aplaudan. Ha pasado en la escena felizmente que era lo que deseaba: ahora no me ocupo más de semejante cosa. Te doy gracias por todo, pero no acepto tu buen deseo: es inútil.

mayo 11, 2015

AMOR Y PASIÓN (Cartas Nº 24, 25, 26 y 27)



HIELO DE PRIMAVERA
(Cuando el amor languidece)

Mientras Tula deshojaba margaritas, estás debieron mutar o ella misma se engañó al quitar más (o menos) pétalos que los existentes para hacer coincidir sus deseos con un me quiere, falso. El domingo de Pentecostal, Antonio debió llenarse de tanto contratiempo y hasta de puerilidades varias. El caso es que la relación, a partir de entonces, tomó un rumbo totalmente diferente (lo comprobaremos más adelante).

         Hoy presentamos cuatro cartas (24, 25,  26 y 27), aunque en realidad son cuatro billetes debido su corta extensión. La víspera de Pentecostal la cita no pudo ser, la propia Tula explica las razones. Estos motivos no gustaron a Romero Ortiz y aunque acudió al día siguiente al encuentro diseñado por la Avellaneda, fue para puntualizar las condiciones de una relación futura y para quejarse del tratamiento que su amada le había otorgado sin su consentimiento. Pensamos que al respecto, ella debió retroceder, aunque muy discretamente. Pero esto -nos parece-, no fue lo suficiente para detener una decisión ya tomada. Si leemos con detenimiento los tres billetes nos daremos cuenta del impulso –en realidad freno- que Romero Ortiz otorgó a la relación a partir de aquel día.

         El futuro no existe, debió pensar la Avellaneda, sin embargo todo ya estaba decidido, al menos por la otra mitad de la relación amorosa. El desengaño interior fue tal que en el billete número 26 ya no aparece su firma (aunque el billete 27 está firmado), y todo muy a pesar de las palabras escritas "Adiós, vida mía, hasta la vista: estoy con los empapeladores a vuelta, por eso no me extiendo". La carta número 28 lo explicará todo. Pero hasta entonces los lectores deberán esperar siete, eternos, días o quizás más.


Manuel Lorenzo Abdala




Carta número 24
[Domingo 15 de mayo, día de Pentecostal]

        Antonio mío: anoche todo conspiró contra nosotros. Después de otros mil contratiempos, sobrevino el mayor poco antes de llegar tú, y fue que viniesen visitas, y que me hallasen en la puerta de mi cuarto saliendo para el de Eloísa, por manera que no pude evadirme. Es menester, vida mía, que nos veamos esta noche, ya que ayer tan desgraciados fuimos. No dejaré que me pillen visitas fastidiosas. Te digo lo mismo que en la mía anterior. Donde tú quieras nos reuniremos. En casa, en la de Eloísa, o bien nos iremos al teatro del drama, avisándome tu, como anoche, que esperas abajo. Confío que la suerte nos será más propicia.

        Hasta la noche, te quiere con toda su alma tu esposa

T.   

Hoy 15-

P.D.- Si la noche es buena podré verte en los jardines.




Carta número 25
[Lunes 16 de mayo de 1853]

        Querido mío: no estoy mala, aunque tampoco tan buena como me anunciabas.

        Te ruego vayas esta noche a casa de Eloísa: has un esfuerzo de voluntad si te es desagradable la visita, pues no es conveniente que hagas una retirada tan repentina. Luego, mañana o pasado mañana, puedes visitarla por la tarde, esto es, de dos a tres, y entonces me visitarás a mí también, para que puedas continuar viniendo de vez en cuando, según hemos convenido. Me parece lo mejor.

        Yo iré también al cuarto de mi vecina esta noche, si mi salud no empeora, y allá te veré.

        Adiós, te ama siempre sin la más leve alteración, tu amiga, tu amante.

Tula   

Hoy lunes 16 de Mayo.




Carta número 26
[Sin fechar]

        Antonio mío: si quieres venir a casa esta noche no saldré: te esperaré: me parece mejor que pasear por la plaza expuestos a las repentinas mutaciones atmosféricas, o asarnos en un teatro.

        Adiós, vida mía, hasta la vista: estoy con los empapeladores a vuelta, por eso no me extiendo.

        Tuya.



Carta número 27
[El billete parece haber sido escrito el mismo día del anterior; pero en otro folio]

        En vez de las seis a las cinco: me parece más fácil. Aunque tengas que esperar un poco no te impacientes: nos veremos.

T.    


mayo 04, 2015

AMOR Y PASIÓN (Carta Nº 23)


Me quiere, no me quiere… ¡Me quiere!
(Por poco tiempo)

         La epístola que hoy reproducimos es una de las que mayor información ofrece sobre la relación. Está repleta de anécdotas varias, algunas sorprendentemente pueriles. Es sumamente interesante la manera en que la Avellaneda reconduce su historia de amor. La poetisa, cual adolescente enamorada (en apariencia), no se limita a deshojar margaritas y a ejercer de romántica al uso. No. Esclarece datos algo nebulosos ofrecidos en anteriores mensajes. Gracias a esta carta sabemos que ella y Romero Ortiz se conocían desde La Coruña. Él tenía dieciséis años, ella veintidós (Todo un récord en diferencia de edad y en idilio amoroso) Otro dato de sumo interés es la confirmación del “escepticismo en punto a religión” por la parte de él y todo lo contrario en doña Francisca, madre de la protagonista. En la carta se reafirma en la Avellaneda su enorme capacidad para ordenar (sutilmente) y hasta para conducir una relación a su antojo, algo muy poco frecuente -o casi nulo-, para una mujer de su época.

También puedes verme hoy en casa de Eloísa y mañana en la mía. La pobre inglesa está extrañando tus visitas, y es una infeliz que no merece se le hagan desatenciones. Además, después de las niñadas de la otra noche es preciso volver allá y mostrarnos seres racionales o razonables… [Lo remarcado es nuestro]
        
Nos hace reír cuando ella misma define como “niñadas” lo que pocos días antes puntualiza como ridículos celos infundados (ver carta 19) Gracioso resulta, igualmente, el tema de los magnetizadores. El periódico La Ilustración desde el 16 de abril y hasta el 14 de mayo ofreció una serie de cinco artículos* que analizaba este arte en el cual se involucraba a la mismísima George Sand, fetiche de la Avellaneda. Todo parece indicar que los madrileños estaban atraídos por estas novedades, mágico-tecnológicas, y algunos intentaban demostrar sus habilidades en las tertulias. La poetisa, enamorada cual adolescente ¡de treinta y nueve años!, narra en la epístola cómo ella misma desarrolla su poder magnético sobre las cosas (También sobre las personas) ante el asombro de los presentes y hasta de los ausentes. Ella, experta en simbología, parece querer decir(nos): “Si George Sand tiene poderes (cual serpiente encantada sobre sus magnetizadores), yo no seré menos”. Así era, de grande, la Avellaneda.

La posdata -para nosotros, lo mejor y más sorprendente de la carta, casi pueril- merece un estudio aparte. Pero dejamos a los lectores sacar sus propias conclusiones.


Manuel Lorenzo Abdala


(*) Las serpientes y sus magnetizadores. La Ilustración, periódico Universal. (Madrid, 1853).





Carta número 23
[Sábado 14 de mayo de 1853]

        Antonio mío: deseo muchísimo verte esta noche, pero a la verdad, temo bajar a los jardines. Tengo tos, y este tiempo me destempla atrozmente. –La berlina es un recurso temible: encerrados los dos en aquel reducido espacio, la atmósfera se hace de fuego: me pone mala; no creas que exagero, no. Sería mejor ir al drama si hallases localidades poco visibles; pero aun sería mejor que quisieses verme en casa, o en la de Eloísa. Escucha: mamá ya te ha visto de visita en casa, y yo le dije que eras un redactor de la Nación con quien había hecho conocimiento en el Príncipe, sabiendo además por ti que me conocías desde La Coruña y que eras amigo de varios amigos míos de aquella ciudad, por cuyas razones te había ofrecido la casa. Después de esto creo que no solamente no es extraño que vengas algunas veces a visitarme, sino que hasta es necesario: además nos conviene para que cuando estemos en Carabanchel puedas ir, como uno de mis tantos amigos, cuando quieras. Así pues, si te parece bien puedes visitarme en casa esta noche, y repetir tus visitas de vez en cuando, cuidando mucho de ser amable con mamá, de no mostrar por mí ningún interés particular, y de dar alta idea de tu juicio y de tu religiosidad. En nombre del cielo, no dejes ni aun entrever tu escepticismo en punto a religión: mamá te reputaría de hecho un hombre detestable y perverso, y yo no quiero.

        También puedes verme hoy en casa de Eloísa y mañana en la mía. La pobre inglesa está extrañando la suspensión de tus visitas, y es una infeliz que no merece se le hagan desatenciones. Además, después de las niñadas de la otra noche es preciso volver allá y mostrarnos seres racionales o razonables, si te disgusta la primera palabra. En fin, tu elegirás: yo a las ocho, o poco más, iré a casa de Eloísa: si vienes a la mía me irán a llamar; si vas allá te veré allá; si escoges que vayamos al teatro, subes, llamas a mi puerta, y le dices a Mariana, mi doncella (que saldrá a abrirte), que me diga en voz baja que esperas abajo. Me pasará recado y bajaré.

        Hijo, no sé apenas lo que te escribo: hay en mi sala un ruido infernal: mis hermanos traen en movimiento todas las mesas de la casa. Aquí no se habla más que de magnetismo. Anoche se me vinieron a casa, de la de Eloísa, un ejército de magnetizadores, que me han hecho dar vueltas como una rehilandera, en castigo de mi incredulidad. Yo en venganza también, les he probado mi poder magnético haciendo bailar yo sola con el leve contacto de mis dedos meñiques, una tablilla de pino. Aún más: la hice girar de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha, sin cambiar la posición de mis manos, por solo el poder de mi voluntad. Este gran descubrimiento me ha traído hoy a dos amigos de mis hermanos, que han querido verme hacer nuevas pruebas; pero solo he conseguido otro descubrimiento, y es el de que no poseo siempre que quiero la facultad maravillosa que desplegué anoche. La pícara tabla, que ayer me obedecía como un perrillo faldero, hoy ha estado indócil hasta la insolencia, lo cual me ha puesto de mal humor.

        Si vas a casa de Eloísa esta noche llega preparado a que te hagan bailar a tu despecho, ni más ni menos que a una mesa. Yo será la primera en probar sobre ti mi poder. Allá no se piensa sino en el magnetismo.

        Adiós querido mío, hasta la vista, no olvides un momento a tu esposa

T.   


Hoy 14 sábado.
(La posdata a la vuelta).

P.D.- El pobre chico Bordas [protagonista del incidente narrado en la carta Nº 19] no ha vuelto desde la célebre noche, por consiguiente no es probable que lo halles en casa de Eloísa si vas esta noche ¿Ni qué importaría que fuese? Harto ha conocido ya que eres mi amante, y no tendrá humor de buscar mi lado. Lo que hemos ganado con estas cosas es que toda la tertulia de Eloísa sepa o sospeche ya nuestras relaciones. Hasta Ariza cuando vino anoche a casa, con los demás, me preguntó que tal marchaban mis negocios del corazón, y para más aclararlo dijo enseguida, oyéndolo mamá- “no esperaba hallarla a V. sola: la creía gratamente ocupada”. Eloísa es muy buena, pero algo parlanchina, como digna hija de Eva. Tenlo siempre presente. Adiós otra vez, feo.


abril 06, 2015

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 19)


Celos 

La carta 19, cuyo texto reproducimos hoy, es de vital importancia en la correspondencia amorosa entre la Avellaneda y Romero Ortiz. Marcará un antes y un después en la relación de los amantes. A pesar de que vendrán otras donde se pase por alto el grave incidente que en ella se esboza, el enfriamiento futuro será inevitable (previo acaloramiento). Alguien, con toda certeza un joven, muy joven, de los tantos que visitaban la casa de Eloísa Gattebled (amiga, vecina y antigua amanuense de la Avellaneda), tuvo algunas galanterías para con la afamada poetisa y esto no gustó, para nada, a Romero Ortiz. ¿A qué joven nos estamos refiriendo…? Tenemos fundadas sospechas para casi asegurar quién era el atrevido pollo que todo parece indicar, cometió indiscreciones (galanterías verbales), colmando de celos al pobre Antonio. Pero dejaremos este análisis para la siguiente carta que promete ser, inflexible, avasalladora y frenética.

         Nuestra siguiente entrada será un verdadero regalo para los seguidores del blog -fieles lectores incondicionales-, y para otros que se sumen a partir de ahora. Desvelaremos algo que muy pocos se han cuestionado –o no han querido cuestionarse- y que posiblemente lleve a historiadores reescribir acontecimientos sobre la vida de algunos escritores y poetas de aquel entonces.

         La intriga queda servida. Hasta entonces solo mediarán unos días, siete. No más.


Manuel Lorenzo Abdala





Carta número 19

Solo cuando se deja de amar no parece bella y sublime la forma que nos releva que somos amados, por tosca, por vulgar que aquella sea.
GGA.

         Antonio mío; deseaba mucho escribirte, pero ayer no tuve un momento libre, ni de día ni en la noche. Hoy al venir del teatro de Variedades, donde como sabes se ensaya mi nuevo drama, encuentro tu billete, y a pesar de que estoy comprometida a ir a comer con la de León, y que son ya las tres, tomo la pluma de prisa para contestarte ¿Por qué fueron para ti fatales las horas que pasaste a mi lado en casa de Eloísa…? ¿Será cierto, Antonio, que tomaste celos porque me hablaba aquel chico? ¿Que le diste importancia a sus citaciones de fechas, imaginando acaso que encerraban grandes recuerdos…? No lo puedo creer, aunque me dijiste palabras aquella noche, cuyo tono revelaban, al parecer, cierta intencioncilla, no muy grata ¡Ay vida mía! Mucho se empieza a desmentir tu despreocupación ponderada, tu capacidad filosófica en punto a amor abnegado ¿Eres tú quién podría ver sin disgusto en los brazos de un marido a la mujer que amases…? ¿Tú, el que ahora te enojas porque un casi-pollo me dice inoportunamente cuatro galanterías sin consecuencia? ¿No adivinaste que aquel ex pollo era el que yo había sospechado autor de la primera carta de Armando? ¿No comprendiste que todas aquellas fechas, citadas con tanto énfasis, significaban cosas semejantes a las que verás en los pedazos de papel adjuntos? ¡Loco! Yo debía a aquel chico alguna amabilidad que le compensase de no haberme hallado visible seis veces, de las siete en que me ha visitado; que le compensase de no haber tenido ni aun contestación sobre un encargo que me hizo, una súplica, respecto a un leve servicio que podía hacerle un amigo mío. Sin embargo, si hubiese sospechado que aquellos momentos te iban a parecer fatales, puedes estar seguro, vida mía, celoso mío, de que hubiera hecho poco caso de la cortesanía y de la urbanidad que me dictaban lo que hice.

        ¿Quieres verme a solas; pero dónde…? En eso está la dificultad. En mi casa es casi imposible: como no vivieras tan cerca que pudiese avisarte del momento en que acertasen a salir mamá y mi hermano a la vez, no alcanzo lo que pudiéramos hacer para aprovechar los raros instantes en que suelo hallarme sin testigos. El tiempo no hace posible el pasearnos de noche por la plaza. El tiempo también es causa de que mamá no vaya a la iglesia de tarde. No sé, lo repito, no sé cómo arreglar la entrevista que me pides, y que deseo como tú. Tampoco me hace gracia a mí que solo puedas hablarme en casa de Eloísa, siempre con una pollería alrededor de los dos: pero no veo otro recurso por ahora; absolutamente no lo veo. Vernos en el teatro del Príncipe aun es peor: en otro teatro, donde seamos menos conocidos, ya te lo propuse una vez; y no me pareció que te era más grato que los otros aquel recurso ¿Qué puedo hacer por lo tanto, sino fastidiarme, como tú, al encontrar tantos obstáculos a mis deseos? ¿Qué puedo hacer, querido mío, sino amarte cada día más y llenarme de enojo contra todo lo que nos separa?

        Tú hablas de ausencia; no; no merece ese nombre mi ida a Carabanchel; y sin embargo, no será ya hasta el 20, lo más pronto. Acaso allá nos sea más fácil vernos muchas veces sin testigos ¿Qué mares, que campos son los que van a mediar entre los dos…? ¿Un cuarto de legua le parece a tu amor intraspasable? ¡Antonio! Nosotros no estaremos jamás ausentes uno del otro: no: mi alma no se apartará de la tuya nunca, ni un momento; y si tú no quieres, tampoco se apartaran nuestros cuerpos sino por brevísimos días ¿Qué hablas de la posibilidad de no vernos más…? ¿Puedes concebir siquiera tan horrible idea…? ¿Es esa tu esperanza? ¿Es esa tu fe…?

        ¡Oh! ¡Sí! Quiero hablarte a solas para reñirte, para castigar tu blasfemia. Yo no veo sino la muerte que pueda separarnos: en la vida nada: nada, Antonio, como no sea tu propia voluntad. Adiós: si te resuelves a ir esta noche a casa de Eloísa, te veré allá, y te encargo que te despidas antes de las once y media, hora en que cierran la puerta de abajo. De ese modo podrás detenerte un momento en la escalera, y saldré yo para mi cuarto enseguida, y te daré un beso antes de entrar.

        Adiós, esposo mío, tu


G. de su A.  



P.D.- Estas líneas, trazadas con mucha prisa, irán llenas de ss en vez de cc y cc en vez de ss, y otras mil lindezas de estilo y corrección. No repases en eso: hállame muy elegante siempre, y sobre todo muy elocuente. El día en que eches de ver un solo defecto en mi persona o en mis cartas… ¡Ay Antonio…! Solo cuando se deja de amar no parece bella y sublime la forma que nos releva que somos amados, por tosca, por vulgar que aquella sea. Adiós otra vez.
        En casa de León se come a las cinco: a las 8 o poco más estaré de vuelta.

Hoy lunes 9. [Mayo de 1853]




        29 DE ABRIL DE 1852.- He ido a la Función celebrada en la iglesia de D.J. de Alarcón*- he dado a la Avellaneda el agua bendita ¿Qué he sentido, Dios mío, al tocar ella ligeramente su mano a la mía…?

        29 de octubre de 1849.- He visto Saúl –he ofrecido una flor a la Avellaneda y le he dado la mano para subir al cuarto de Bárbara… [Camerino de Bárbara Lamadrid] algún día quizás pueda yo recordárselo!


Notas:
(*) Se refiere a la Iglesia de las Religiosas Mercenarias, conocida también como Convento de Don Juan de Alarcón que se encuentra en la calle Valverde 15 de Madrid (próximo a la RAE de entonces).

marzo 30, 2015

AMOR Y PASIÓN (cartas Nº 17 y 18)


Después de una pausa de tres meses, regresa Amor y pasión, el conjunto de entradas referidas al casi desconocido, aunque célebre epistolario, celosamente guardado por el que fuera ministro de Gracia y Justicia de la Revolución de Septiembre. El lote de cincuenta cartas, descansó olvidado, durante más de cien años, en una carpeta tras la muerte de su destinatario, Antonio Romero Ortiz. En 1975, por casualidad, el coronel José Priego Fernández del Campo las encontró y las dio a conocer en una limitada edición gracias a la Fundación Universitaria Española. Cuarenta años después no han vuelto a publicarse, en papel.

         Hoy transcribimos las cartas 17 y 18. Y lo hacemos conjuntamente, en una misma entrada, por tratarse de dos epístolas sumamente cortas, casi un billete (mensaje) cada una.

         A partir de ahora, cada lunes, publicaremos una sola carta hasta hacer coincidir las fechas de escritura con la correspondiente al día de su publicación. Esto quiere decir que para junio habremos concluido de trascribir las primeras cuarenta y cinco ardientes epístolas. El resto de cinco cartas, de tono amistoso y fraternal, podrán ser disfrutadas en julio. Y a partir de agosto nos adentraremos en otros temas que ya estamos preparando.


Manuel Lorenzo Abdala




Carta Nº 17 [7 de mayo de 1853, sábado]

        Querido mío: me es imposible salir a la plaza, mi catarro se me ha renovado con haber escrito anoche. Tampoco puedo verte en el Príncipe [Teatro del Príncipe]; pero aunque sea un momento te quisiera encontrar en casa de Eloísa [Se refiere a su amiga y vecina, Eloísa Gatteblett, de la cual hemos hablado en una extensa nota, publicada en Amor y pasión (carta Nº 10)] ¿Por qué no subes un rato? Yo iré enseguida, de trapillo [“con vestido llano y casero”] y todo, como estoy ahora en casa. Ella, Eloísa, cree que irás esta noche, no le sorprenderá tu visita. Si vas me avisará y correré a saludarte.

Tula





Carta Nº 18 [sin fechar]

        No puede ser, vida mía. Te diré mañana el por qué [Podrá comprobarse en la carta Nº 19, ineludibles compromisos con los actores del teatro de Variedades imposibilitaron a la Avellaneda encontrarse con su amante de entonces. Y esto, ya se verá, encendió la llama de los celos].
        Adiós, te ama para siempre.

T








Continuará el lunes 6 de abril

septiembre 26, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 12)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1856.


¡Dime la verdad!

Tula era controladora y absorbente, demasiado posesiva. A través de su amplia correspondencia este carácter ha quedado demostrado, aunque no olvidamos que su naturaleza, romántica in extremis, condicionaba todas sus actuaciones, las amatorias principalmente. La carta que publicamos hoy es lo que se conocía entonces como billete, una especie de SMS decimonónico que se intercambiaban los amigos y amantes de la época. Y que como todo lo escrito por la Avellaneda, no tiene desperdicio… En la carta (billete) que presentamos a continuación -cuyo punto final no parece llegar nunca-, aparentemente no dice nada y sin embargo lo dice todo: se queja, controla, se rinde, ordena, decreta ¡y hasta lanza un ultimátum! “Antonio dime la verdad: dímela o no vuelvas a acordarte de que existo”. Así eran los románticos del siglo diecinueve, melodramáticos hasta la médula, Tula a la cabeza de todos.


Manuel Lorenzo Abdala




Carta Nº 12.
[29 de abril de 1853, viernes]

        Antonio, me decías ayer que te sentías enfermo y después de eso no me escribes hoy, ni vienes con la Sagra(1) a casa de Eloísa, sino que lo dejas venir solo ¡Cruel! ¿Si estás malo por qué no me lo dices? Correría a verte arrostrando por todo. Y estás malo sin duda; de otro modo no hubieras dejado de saludarme siquiera con una breve línea. Antonio, tu sí que puedes romper las cuerdas que supones rotas. Si tu cariño de hombre fuerte no se alarma por cualquier cosa, acuérdate que soy mujer, y que siempre mi imaginación enferma está presintiendo desgracias. Antonio, si estás malo quiero ir a tu casa; quiero verte a ti solo un momento. Si no lo estás, si no me has escrito porque no lo creíste necesario… entonces, Antonio, haz cuenta que no han sido escritas estas líneas y ten por seguro que no volveré a sufrir el sentimiento de dolorosa inquietud que me martiriza en este instante(2). Antonio dime la verdad: dímela o no vuelvas a acordarte de que existo. Espero una palabra tuya por mi doncella que lleva esta. Si estás malo basta con que se lo hagas decir verbalmente y poco después, querido mío, estaré yo cerca de ti.




Hoy 29 -al anochecer.



(1)           Se refiere a Ramón de la Sagra, famoso escritor y botánico gallego (amigo de ambos), que estaba al corriente de la relación amorosa que ellos mantenían. Antonio debió quedar abrumado con la carta anterior y al parecer, enfermó (no era para menos). Y no quiso -o no supo- qué decirle a su paisano para que informara a Tula sobre el motivo de su ausencia en el punto de encuentro que ambos habían acordado: la vecina casa de Eloísa Gattebled de Santa Coloma, que era algo así como la puerta del sol de Madrid (bajo techo). Cuentan las crónicas de la época que las tertulias y fiestas en aquel piso de la plaza de Oriente eran las más famosas y sonadas de toda la ciudad. Próximamente dedicaremos un post al respecto.

(2)          El subrayado, para marcar el sentimiento romántico y melodramático de la autora, es nuestro.

agosto 28, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 10)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1860

La libertad individual es una quimera
(En lengua de gente teatral y de imprenta)

Con la carta nº 10, detendremos, prudencialmente, la transcripción de esta histórica correspondencia. Septiembre lo dedicaremos a otros menesteres, a dar a conocer diferentes personalidades que merecen ocupar, igualmente, las páginas del blog "La divina Tula". Entrados ya en el otoño, continuaremos con el resto de cartas. Y para finales de año sabremos qué camino tomó, definitivamente, aquella curiosa relación entre la Avellaneda y Romero Ortiz. Pero aún habrá que esperar para ello.
         Centrémonos ahora en esta nuevamente curiosa carta que, como el resto de las transcritas hasta hoy, no tiene desperdicio y sí muchísimo valor. Desde nuestro punto de vista constituye un valioso documento autobiográfico, imprescindible para poder comprender, aún más, la personalidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Mi posición es indudablemente la más libre y desembarazada que puede tener un individuo de mi sexo en nuestra actual sociedad. Viuda, poeta, independiente por carácter, sin necesitar de nadie, ni nadie de mi, con hábitos varoniles en muchas cosas, y con edad bastante para que no pueda pensar el mundo que me hacen falta tutores, es evidente que estoy en la posición más propia para hacer cuanto me dé la gana, sin más responsabilidad que la de dar cuentas a Dios y a mi consciencia: pero a pesar de todo sucede que no hay en la tierra persona que se encuentre más comprimida que yo, y en un círculo más estrecho.

Y cuánta razón tenía. La poetisa se encontraba muy comprimida y en un círculo que cada vez más se estrechaba, ahogándole casi hasta la infelicidad.
Por muchas precauciones que tomaran los amantes para no ser vistos juntos, Madrid tenía (y tiene) ojos y muchas lenguas, siempre muy dispuestas a interesarse por lo ajeno y dar voces al vecino. Era de absoluto dominio público que la Avellaneda tenía un nuevo amante. El tema estaba en conocer quién era el afortunado amante sustituto del fallecido Sabater. La carta que por momentos parece escrita por una adolescente, es en realidad un compendio de cómo actuar sigilosamente para evitar esto sucediera ante la curiosidad ciudadana.

Te advierto que acabo de tener una visita de uno de esos títeres; que sé que el amable Estrella me siguió anoche y te ha visto acompañarme, y que me he visto yo forzada a decir un millón de mentiras a manera de semi-confidencia (sic). Tiemblo de caer en lenguas de las gentes de teatro y de imprenta. Te suplico que seas muy prudente y que no des el menor paso para saber, por ahora, quién es quién ha instruido a ese quídam nombrado arriba, de las cosas que han pasado entre nosotros dos.

         Tula sentía pavor porque la insana publicidad de su relación le sería dolorosa y le haría muy infeliz, a ella y a su entorno más cercano, especialmente a su madre. Por otra parte estaba el tema del nombre que llevaba y que deseaba respetar a toda costa. En uno de los párrafos le dice a Romero Ortiz  que la calumnia no le hiere, que esta avezada a despreciarla; pero que le lastimaría el confesarse a sí misma dando motivos a que se le impute el no respetar el nombre que lleva, el de D. Pedro Sabater, al que tanto estimó.

Resuelta a no renunciar nunca el nombre con que me enorgullezco, a no formar nunca otros lazos de esos que la sociedad llama solemnes y legítimos; y sabiendo que no se comprenden aquellos que pueden existir entre dos almas como las nuestras, necesito cubrir con el misterio hasta lo que sea culpable porque sé que aun no siéndolo lo parecería.

         Acertada o errada, no seremos nosotros quienes juzguemos los impulsos y apreciaciones de la poetisa, ¡qué bien conocía a sus contemporáneos!, a los que tanto se adelantó muy a pesar de los pesares... (Muy valiosa es la información que nos brinda acerca de Dª Eloísa Gattebled de la cual conocíamos poco, por no decir nada). Lo curioso de todo es que a día de hoy –salvando las distancias temporales- las cosas han cambiado bastante poco. A nuestra actual sociedad le molesta más la libertad, la felicidad y el éxito de los demás que sus propios fracasos (como en el siglo XIX, vaya).
A propósito de lo anterior, hace pocos días una amiga ha dicho en una red social, “Lo peor cuando tenemos miedo, es que suele molestarnos la espontaneidad ajena. Lo peor cuando estamos reprimidos, es que suele molestarnos la libertad ajena. Lo peor cuando estamos frustrados, es que suele molestarnos el éxito ajeno. Por favor, seamos felices (¡y dejemos de joder a los demás!)”. Ese es el quid de la paz social, el quid de la paz espiritual y el respeto, los buenos modales, el saber estar...
¡Paz, progreso e inteligencia!


Manuel Lorenzo Abdala





Carta Nº 10
[27 de abril de 1853, miércoles]

Amigo mío: por si se te ha olvidado el nombre de mi ex-amanuense, quiero ponértelo por escrito. Es Dª Eloísa Gattebled(1), viuda de Santa Coloma. Vive en el entresuelo dcha. de la casa que vivo. No dejes de hacerte presentar por Lasagra (sic)(2) lo más pronto: ya ella[Eloísa] está advertida por mí. A otra cosa ¡Cuidado que por averiguar quién es la persona que dice Estrella(3) haberle hablado de nuestra correspondencia, no vayas a comprometernos más a ambos…! Te advierto que acabo de tener una visita de uno de esos títeres; que sé que el amable Estrella me siguió anoche y te ha visto acompañarme, y que me he visto yo forzada a decir un millón de mentiras a manera de semi-confidencia (sic). Tiemblo de caer en lenguas de las gentes de teatro y de imprenta. Te suplico que seas muy prudente y que no des el menor paso para saber, por ahora, quién es quién ha instruido a ese quídam nombrado arriba, de las cosas que han pasado entre nosotros dos. Yo iré esta noche al cuarto de Pepa, sufriré bromas, las daré fingiendo sospechar de todos los que allá vea, y espero que después del giro que prestaré a sus chanzas este asunto cesará de ocuparlos. Deseo mucho, deseo ardientemente alejarme cuanto antes de esa canallería literaria; y sobre todo, amigo mío, deseo que no se profanen nuestros sentimientos en la atmósfera donde respiran esos pobres seres. Te creo caballero, te creo prudente y delicado, no te estimaría si pudiese tener duda respecto a eso, pero es bueno que te advierta que soy tremendamente enemiga hasta de aquellas leves indiscreciones tan comunes en los amantes. Los afectos son como aquellos perfumes exquisitos que se desvanecen evaporados en el momento en que se les destapa. Aún con Eloísa es menester obrar con gran catela. Ella conoce las cartas primeras de Armand; ella sabe lo que he contestado a mi misterioso corresponsal, y ahora es imposible que se le escape que el presentado por Lasagra (sic) y anunciado por mí, no es otro que el mismo Armand. Persuadida de ello yo le haré semi-confidencias que no la harán saber sino lo que sabe sin ellas, procurando con esa muestra de aparente confianza alejar de su mente la sospecha de que hay más de lo que le digo. Nada tiene de extraordinario el que un hombre de talento preste estimación al mío y desee tratarme: todo lo demás no hay para que dejarlo comprender. Escucha, ya que te hablo de estas cosas. Mi posición es indudablemente la más libre y desembarazada que puede tener un individuo de mi sexo en nuestra actual sociedad. Viuda, poeta, independiente por carácter, sin necesitar de nadie, ni nadie de mi, con hábitos varoniles en muchas cosas, y con edad bastante para que no pueda pensar el mundo que me hacen falta tutores, es evidente que estoy en la posición más propia para hacer cuanto me dé la gana, sin más responsabilidad que la de dar cuentas a Dios y a mi consciencia: pero a pesar de todo sucede que no hay en la tierra persona que se encuentre más comprimida que yo, y en un círculo más estrecho. Aquí ves lo que te decía ayer de que la libertad individual es una quimera. Tengo una madre a cuyo lado vivo, a la que he hecho sufrir mucho por mis excentricidades, y a la que ahora, en su vejez, procuro complacer tanto como antes la he contrariado. Mi santa madre, amigo mío, que llora y se desconsuela cuando la dejo entrever la posibilidad de que algún día me meta en un convento fastidiada del mundo, lloraría todavía más si sospechase que a pesar de mi aburrimiento de todo, podía tener un amante. Sabe que hace muchos años que vivo para ella únicamente y para la literatura, con la cual he logrado reconciliarla: me supone incapaz de nuevos afectos y estoy cierta de que se alteraría mucho nuestra paz domestica si llegase a ver que se ha engañado ¡Es tan feliz cuando ve que solo dejo la pluma para rezar con ella el rosario y las novenas de Santa Gertrudis…! Hay más aún. He tenido, tengo y tendré grandísimo respeto al nombre que llevo; al nombre que me ha dado el más noble de los hombres: no quisiera por cuanto hay en el mundo dar motivo a una justa censura: no quisiera que el alma hermosa del que fue mi esposo… ¿qué se yo lo que iba a decirte…? En fin, el caso es que aunque creo, aunque espero, aunque estoy persuadida de que nuestro afecto será siempre puro; aunque no quiero, ni creo que tú quieras, deshonrar nuestros vínculos llevándolos a un terreno de fango y de miseria, con todo, amigo mío, siento que la publicidad me sería muy dolorosa y me haría muy infeliz. Resuelta a no renunciar nunca el nombre con que me enorgullezco, a no formar nunca otros lazos de esos que la sociedad llama solemnes y legítimos; y sabiendo que no se comprenden aquellos que pueden existir entre dos almas como las nuestras, necesito cubrir con el misterio hasta lo que sea culpable porque sé que aun no siéndolo lo parecería. La calumnia no me hiere, estoy avezada a despreciarla; pero me lastimaría el confesarme a mi propia que he prestado motivos verdaderos a que se me impute no respetar el nombre de aquel que tanto estimé. El depósito de aquel honor me es más sagrado que mi propia reputación. Cuando era soltera jugaba sin escrúpulo esta última, por ostentación de libertad; ahora viuda no me creo autorizada a hacerlo.

        Todo lo dicho te hará comprender cual es en realidad mi posición y cuales los deberes que me impone. Hemos empezado, amigo mío, cometiendo algunas indiscreciones, pisamos en suelo resbaladizo, y necesito que seas el primero en servirme de apoyo, y en evitar las consecuencias de mis propias imprudencias.

        No sé si entenderás estos feos borrones. En mi vida he escrito carta más desaliñada y con letras tan raras. Es que estoy nerviosa y colérica, y disgustada de mí y de todo el mundo. Adiós Antonio, hasta mañana. Este mundo es horrible: las almas grandes no caben en él; se ahogan ¡Que no pudiera yo irme contigo a un desierto de América…! ¡Qué no pudiera romper por todo, y arrojar con desprecio a la faz del mundo esta corona de oropel y de espinas que llaman nombradía, y hacerme tan ignorada, tan desconocida que solo tú, tú solo, amigo mío, supieras mi existencia y la amases…! Que no pudiera… en fin, no estoy para raciocinar hoy: no estoy para nada. Antonio, en nombre del cielo no te parezcas en nada a los hombres: necesito creer que eres un ser único, porque aborrezco todo lo que conozco: porque me siento mal entre aquellos que osan llamarse mis semejantes. Oh ¡mira! Yo pudiera ser otro Nerón… pero, no, miento. Desprecio demasiado al hombre para poder hacerle mal. Adiós otra vez. Te quiero.

Tula   


Hoy 27.




Notas:

(1)          Eloísa Gattebled de Santa Coloma, distinguida poetisa romántica, extremadamente sentimental y muy poco favorecida por la naturaleza (Tenía la cara picada de Viruelas), aunque de ojos verdes claros, “magnéticos”, era una mujer muy dulce y educada en extremo. Hija de un inglés y una francesa, había nacido en Inglaterra, pero desde muy joven se trasladó a vivir a España por desgraciados asuntos famliares. Se casó con un alto funcionario español que fue enviado a Manila (Santa Coloma) y con el cual tuvo tres hijos. Enviudó muy joven y se regresó a Madrid, dedicándose, entre otros menesteres, a la industria del conocimiento, las relaciones públicas, el secretariado y la influencia… Igualmente escribió para algunas revistas y periódicos de señoritas y moda.
Amiga personal de la familia Gómez de Avellaneda y Arteaga-Escalada, fue secretaria personal de Tula desde que esta llegara a Madrid, siendo la responsable de transcribir la mayoría de sus obras hasta 1853. Durante el intento de entrada por parte de la Avellaneda a la RAE, fue su principal aliada. Igualmente era conocedora de todos los pormenores de la poetisa, vida privada incluida. La Avellaneda, por temor, prescindió de sus servicios como secretaria personal (Eloísa sabía demasiado y parece ser que cometió una indiscreción). Fue a partir del momento en que la correspondencia con Antonio Romero Ortiz se tornó más seria de lo que parecía en un principio.
De la Dª Eloísa Gattebled nos ha quedado una pequeña biografía gracias a Impresiones y recuerdos, conocida  obra de Julio Nombela publicada en 1911.

               (…) como en la capital de Filipinas había sostenido amistoso trato por la elevada posición de su esposo con las autoridades religiosas, militares y civiles, al venir á la Corte reanudó sus antiguas relaciones con los que habían sido capitanes generales, intendentes y altos funcionarios. Insinuante y entrometida, ensanchó su esfera de acción haciéndose recomendar á importantes hombres políticos, y según supe (…) se dedicó á proporcionar á los ricachones filipinos cruces y veneras, extendió más tarde esta lucrativa industria á la isla de Cuba, y no desdeñó á los provincianos que deseaban ser caballeros ó comendadores de las diversas Ordenes civiles con que se premian méritos alguna que otra vez y se halaga la vanidad de los que ni siquiera tienen el mérito de ser sencillos y modestos. Además daba lecciones de francés, de inglés y de literatura á algunas señoritas de las más altas clases de la sociedad madrileña.

No olvidemos que Julio Nombela fue el mejor amigo de Gustavo Adolfo Bécquer y que según nos cuenta él mismo en la obra citada, conoció personalmente a la Avellaneda –la mujer más famosa de todo Madrid en aquellos momentos- en la casa de Dª Eloísa Gattebled de Santa Coloma donde se reunían y tertuliaban todos los poetas, dramaturgos y artistas madrileños.
En la BNE se conservan algunas obras de la señora Gattebled: poemas, novelas y alguna que otra biografía de personalidades, etc.

(2)  Se refiere al también gallego Ramón de La Sagra, conocido sociólogo, economista, botánico, escritor y gran político español, amigo personal de Tula y de toda su familia. De La Sagra fue colaborador, años más tarde, de la Revista “Álbum de lo bueno y lo bello” cuya directora fue la propia Avellaneda. Se dice, según afirman varios especialistas, que este medió en la relación que mantuvieron el escritor y político Antonio Romero Ortiz con ella, cuyas cartas analizamos ahora. La propia Avellaneda lo menciona en sus cartas.

(3)          Parece referirse a D. Domingo de Cuellar y Luque-Repiso, hijo de D. Antolín Cuéllar y Beladiez (ambos Condes de Estrella). Domingo Cuéllar fue un quídam más de los tantos que pululaban por Madrid, estrechamente relacionado con rapsodas, artistas y literatos varios, muy asiduo a la tertulia de Dª Eloísa Gattebled.