Mostrando entradas con la etiqueta Benito Hortelano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benito Hortelano. Mostrar todas las entradas

marzo 07, 2020

LA MUJER II


considerada
respecto a las grandes cualidades del carácter, de que se
derivan el valor y el patriotismo.

(marzo 8 de 2020, Día Internacional de la Mujer)

Gertrudis Gómez de Avellaneda.. Óleo sobre tela 125,4 x 94,6 cm.
Retrato de Antonio María Esquivel. Madrid, 1840.
Museo de Bellas Artes, La Habana, Cuba.


«Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias».
Gertrudis Gómez de Avellaneda



I

        En el artículo que precede sólo quisimos considerar a la compañera del hombre bajo el aspecto que particularmente la distingue; esto es, en los dominios del sentimiento, que constituyen en su más legítimo patrimonio. Vista de tal manera, y limitándonos, como lo hicimos, al rápido examen del papel que le ha tocado representar —por aquella incuestionable supremacía— en los sagrados fastos de la religión, sentíamos entonces cierta orgullosa complacencia en mostrar el desdén por toda gloria que no fuese aquella, dejando al que se llama sexo fuerte en tranquila posesión de cuantas exclusivas dotes se atribuye. Hoy, empero, se nos ocurre echar a la ligera otra ojeada sobre la historia de nuestro sexo débil, siquiera no sea más que por curiosidad de encontrar los fundamentos de esa calificación que hace tantos siglos venimos aceptando. Sí, lo confesamos: nos punza un poco el deseo de averiguar si la mayor delicadeza de nuestra organización física, es obstáculo insuperable opuesto por la naturaleza al vigor intelectual y moral; si enriquecida con los tesoros del corazón, nos desheredó, en cambio, el Padre universal de las grandes facultades de la inteligencia y el carácter.
        Parécenos a primera vista, apenas iniciamos esta cuestión, que lejos de excluir la superioridad afectiva otras cualidades preciosas, se derivan de ella estímulos poderosísimos para todos los resortes del alma, y —viniéndosenos a la memoria tantas maravillas ejecutadas por el entusiasmo— no sólo nos sentimos dispuestas a declarar, con Pascal, que los grandes pensamientos nacen del corazón, sino que nos asalta la idea de que los más gloriosos hechos, consignados en los anales de la humanidad, han sido siempre obra del sentimiento; que los más fuertes héroes han sido en todo tiempo los más ricos corazones.
        La vasta inteligencia asociada a mezquino poder afectivo es —si existe— una monstruosidad: solemos encontrar genios pervertidos o extraviados por violentas pasiones, pero es rarísimo, si no imposible, el hallar gran potencia intelectual en desgraciadas organizaciones desprovistas de sensibilidad apasionada. Del mismo modo los vigorosos caracteres, los que son capaces de emprender y realizar grandes cosas, los que se atreven a echar sobre sí responsabilidades inmensas, no son comúnmente propiedad de hombres áridos y fríos, en quienes la acción no tiene otro móvil que meras especulaciones.
        El poder del corazón es, por tanto, origen y centro de otras muchas facultades, y aunque a veces ese poder pueda dar al carácter y a la inteligencia una iniciativa errada; aunque mal educado y dirigido —como lo está por lo común en la mujer— suela emplearse indigna y lastimosamente, no por eso nos es permitido rebajar su incomparable importancia; antes bien, debemos decir con Lacordaire [Jean-Baptiste Henri Lacordaire]: Que el que quisiera despojar al hombre de la pasión por los males de que ha sido a veces instrumento, se asemejaría a un insensato que rompiera la lira de Homero, porque ha servido para cantar falsos dioses.


II

        Siendo la potencia afectiva fuente y motora de otras, resalta la consecuencia de que la mujer —que privilegiadamente la posee— en vez de hallarse incapacitada de ejercer otro influjo que el exclusivo del amor, debe a ella y tiene en ella una fuerza asombrosa, cuya esfera de acción sería muy aventurado determinar.
        ¿Buscaremos hechos que justifiquen esta teoría? La dificultad que se nos presenta consiste en tener que limitarnos a entresacar algunos, de entre los innumerables que nos ofrece la tradición y la historia.
        Nada parece tan ajeno del tierno corazón femenino, nada tan incompatible con el dictado de débil con que se nos distingue, como las acciones extraordinarias de valor arrojado y de constancia invencible. Sin embargo, mirad a Débora declarando guerra a los cananeos, bajo la palma que le sirve de solio cuando administra justicia a los hijos de Israel, y guiándolos por sí misma al combate en que derrotan al soberbio enemigo. Mirad a Jahel descargando con firme mano el martillo que traspasa las sienes de Sisara; a Judit penetrando en la tienda de Holoférnes para salir de ella con la sangrienta cabeza del invasor; a la madre de los Macabeos presenciando heroicamente el sacrifico de sus hijos, víctimas del amor patrio.
        Y si apartamos los ojos de ese sagrado libro —el más antiguo y auténtico del mundo— veremos a las espartanas, quienes, al aproximarse Pirro para consumar la ruina de su ciudad, se resisten a ser transportadas a la isla de Creta —donde para seguridad de sus vidas las mandaba el senado— y presentándose a este, blandiendo espadas en sus blancas manos, le declaran que no obedecerán nunca a decreto que las deshonra, pues todas están dispuestas a vencer o a morir con sus conciudadanos. Veremos a las hijas del tebano Antípedes, inmolándose sin vacilar cuando declara el oráculo que sólo triunfará Tebas si se derrama ilustre sangre en holocausto a los dioses. Veremos a Boadicea vengando la esclavitud de su pueblo con la muerte de 70.000 romanos; a las argivas defendiendo la ciudad que asalta el rey de los lacedemonios, y rechazándolo con pérdidas enormes; a una princesa sármata —colocada a la cabeza del gobierno en lo más florido de su edad— no sólo administrar recta justicia, sino sorprender y derribar del trono a un monarca ambicioso, que había osado amenazar sus estados burlándose de la debilidad de su sexo. Veremos a Artemisa combatiendo —como auxiliar de Xérjes— en Salamina, después de ilustrarle con tan sabios consejos que —a seguirlos en persa— contaría la Grecia un lauro menos en su corona de gloria. Veremos a la digna esposa de Germánico dejar el lecho, en que acaba de ser madre, para reanimar con su voz las huestes del campamento, y desempeñando, en ausencia de su marido, las veces de general. Veremos a la disoluta Antonina, siempre pronta a lavar las manchas del tálamo nupcial con la sangre enemiga que sabe verter su espada en los campos de batalla, al lado de su esposo Belisario. Veremos a las matronas de Alba Real —en Hungría— defender heroicamente aquella plaza sitiada por los turcos, cuando ya los hombres desalentados trataban de rendirla. Veremos a Juana de Arco, de cuya maravillosa historia no necesito recordaros hechos. Veremos a aquella ilustre griega, Bobolina, que desafiando el poder de Turquía —opresora de su patria— arma buques, los capitanea, y con la divisa de libertad o muerte, logra que su pabellón, triunfante en los mares, difunda espanto dentro de los muros de Constantinopla; y a aquella famosa polaca, Kazanoswska, que presentándose a su marido —gobernador de una plaza sitiada— con dos puñales en la mano, le dice resueltamente: El uno traspasará tu pecho y el otro el mío, si eres capaz de la flaqueza de rendirte; y a aquella notabilísima figura de la revolución francesa, que tiene por nombre madama de Roland; y a la no menos extraordinaria, Carlota Corday [Charlotte Corday], que tiñó su delicada diestra con la inmunda sangre de Marat [Jean-Paul Marat]. ¿Para qué, empero, recorrer los fastos del mundo entresacando de ellos heroínas?
        Nos basta abrir un momento las páginas nacionales. Ellas nos representan a la ilustre viuda de Padilla, rival de su esposo en gloria; a María Pita, esgrimiendo el acero que abandonan los desfallecidos defensores de la Coruña y lanzándose a la brecha, ocupada ya por los ingleses; a la infortunada Pineda, víctima de su amor a la libertad, marchando al suplicio con sereno continente; a la inolvidable Agustina de Aragón, que arranca la mecha de las moribundas manos del último artillero que defiende la Puerta del Portillo, atacada por los franceses en el primer sitio de Zaragoza y prende fuego al cañón difundiendo el espanto en las filas enemigas.
Estos ejemplos, y tanto otros que citar pudiéramos (aun prescindiendo completamente de las innumerables mártires de la fe), ¿pueden dejarnos duda sobre la resolución que debemos sentar respeto al problema examinado? ¿Se nos acusará de ligereza o de parcialidad, si declaramos que tocante al valor y a la energía, ningún título nos presenta al sexo fuerte que no pueda disputarle el débil, con derechos incuestionables?
¡Oh! Y no olvidéis que las mujeres en ningún país del mundo somos educadas para fatigas, afrontar peligros, defender intereses públicos y conquistar laureles cívicos.


III

        Pero todavía es posible —queremos concederlo— que el entusiasmo, tan propio de los corazones apasionados, preste a la mujer en determinadas circunstancias un valor momentáneo, tanto más exaltado y violento, cuanto sea menos propio de su naturaleza; y en tal concepto, los hechos más asombrosos de arrojo y de energía no son bastantes a dejar probado que el sexo dotado privilegiadamente con la hermosura y el sentimiento, lo esté también con grandes cualidades de carácter.
        Los extremos se tocan —pueden decirnos—; la debilidad suele tener arranques de temeraria audacia; y sin negaros, por tanto, que la mujer sea capaz de actos admirables en un impulso de pasión, no os concederemos que sea tan apta como el hombre para llevar a cabo empresas arduas y dilatadas. En una palabra, antes de aceptar la capacidad de la mujer como igual a la del hombre en todos los conceptos, necesitamos algo más que esos hechos extraordinarios, que sólo nos convencen de que teníais razón en proclamar al entusiasmo autor de grandes prodigios.
        Ahora bien, queridas lectoras, atendiendo, como es justo, a las anteriores indicaciones, vamos a echar otra mirada rápida sobre los antecedentes del sexo, relativamente a la inteligencia y al carácter, comenzando por lo que haya de más arduo, trascendental y sublime.
        Nada requiere mayores dotes de talento, firmeza y constancia; nada aparece revestido de tanta gravedad y grandeza como el gobierno de los pueblos. Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias.
¿Puede la mujer alcanzarla? Un solo ejemplo de ello sería bastante a demostrar que su organización física no es incompatible con las más poderosas facultades del alma; pero nosotras desdeñamos soberbiamente —¿por qué ocultarlo?— el acogernos a uno ni a dos ejemplos, por más decisivos que parezcan, y lanzando —sin elección, en tropel, según se nos vengan a la memoria— algunos de los infinitos recuerdos que atesora el mundo de mujeres famosas en la administración de los grandes intereses públicos, intentamos probar —no ya la igualdad de los dos sexos— sino la superioridad del nuestro en el desempeño de aquella misión augusta, la más ardua de cuantas plugo al cielo encargar a los humanos.








Circunstancias acerca de la crónica.


Este excepcional artículo —el segundo de cuatro sobre la mujer decimonónica— fue escrito y publicado hace ciento setenta y cinco años por el semanario La Ilustración, bajo la pluma y dirección de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ¡mujer única! Ocurrió el uno de octubre de 1845 y anterior a dos acontecimientos históricos que marcaron la vida y obra de la excelsa dramaturga, poetisa, escritora y periodista. El primero de aquellos sucesos, fue personal y tremendamente desgraciado; el segundo, gigante e histórico, porque de haber triunfado aquella loca encomienda —jamás llegó a materializarse—, hubiera cambiado por completo el curso histórico de la monarquía española. En ambos, Tula, como se le conoció familiarmente a la Avellaneda, fue protagonista absoluta.
        El 13 de junio de 1844, y con treinta años recién cumplidos, obtuvo la escritora un histórico triunfo dramático sin precedentes en el teatro español. Se estrenó Alfonso Munio, el héroe épico castellano que luchó incansablemente contra los musulmanes, además de ser el personaje, un ancestro directo de la dramaturga. Escrita en tan solo ocho días, la tragedia hizo historia. Con Alfonso Munio, Gertrudis Gómez de Avellaneda se consagró como dramaturga de primerísima línea en Madrid (ya lo había hecho con Leoncia en Sevilla, en Málaga, en Valencia y en Valladolid).
        Se sabe que la joven autora, gracias su talento y belleza, contaba con cientos de admiradores tanto dentro como fuera del parnaso de la época. Uno de ellos fue el apuesto y reconocido poeta sevillano, Gabriel García Tassara quien la noche del fausto estreno de la obra logró sus más que deseados objetivos primarios aprovechando el furor de Tula por el arrollador éxito de su obra. La relación, más que el noviazgo, que se llevó con cierta discreción y algo de silencio, duró hasta mediados de septiembre (tan sólo tres meses). Y concluyó cuando ella le informó a él que estaba embarazada de un hijo suyo. Entonces el poeta despareció, se esfumó de la faz de la tierra. Y Tula se vio en la decimonónica —y casi actual— necesidad de ocultar su gestación aprovechando la coraza-vestimenta de entonces. ¡¡¡Y apenas había comenzado el suplicio de aquella madre soltera!!! En abril de 1845 se presentó el parto. Difícil parto, pues hubo la necesidad de utilizar maquiavélicos fórceps debido a la mal posición del feto en la barriga de su madre. Pese a todo, nació una niña a la que Gertrudis llamó Brenilde como segundo nombre. Pero Brenilde nació enferma a causa de la eclampsia infantil sufrida, convulsiones del alma que concluyeron siete meses después con la inevitable muerte de la pequeña. El deceso ocurrió el 14 de noviembre, cuando la autora había concluido ya, la serie de cuatro artículos sobre «la mujer», considerada respecto a diferentes sentimientos: carácter, valor, patriotismo, lealtad, gobierno, y capacidad científica, artística y literaria, demostrando, no sólo la igualdad de ambos sexos, sino la superioridad, del mal llamado sexo débil, su sexo.
        Justamente por estos magníficos y extraordinarios artículos, lo que representaron en su momento para la sociedad decimonónica, y por la absoluta capacidad mujeril puesta al descubierto por ella misma, el duque de Valencia, Ramón María de Narváez, presidente del consejo de Ministros del reino de España, la escogió un 23 de diciembre, como la mujer ideal —única—, con capacidad suficiente para tratar temas de altísima complejidad que le competían al Estado para hacer valer sus doctrinas —y también para que ella cambiara de aires por la pérdida reciente de su hija—. El propio Narváez la mandó traer al Senado, utilizando el conducto de su enamorado de entonces, Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid, y le propuso a puerta cerrada un delicadísimo asunto de espionaje político.
El reino de España, a pesar de la estabilidad política lograda gracias al propio el duque de Valencia, tenía un capítulo pendiente por resolver. Se trataba a nivel europeo el controvertido matrimonio de la joven reina Isabel II. Entre los tres candidatos propuestos para el conveniente enlace, figuraba el napolitano conde de Trápani, ¡muy del gusto de Narváez y de un sector del gobierno! También de la realeza europea, incluido el reino de Las Dos Sicilias que finalmente había reconocido a la soberana de entonces. Narváez, le propuso a Tula, se convirtiera en intermediaria oficial entre el gobierno de Su Majestad y el editor estrella de aquel momento (Benito Hortelano), con el objetivo de poner en circulación, inmediata, un periódico que fuera capaz de competir con otro que además de haber ofendido en lo personal al propio duque de Valencia —a Tula igualmente—, desestimaba la candidatura Trapani para el real enlace con Isabel II ¡Costara aquello, lo que costara!, pagaba el gobierno.
Y Tula aceptó aquel histórico reto. Lo hizo por orgullo. También accedió a ello para aislarse de alguna manera de su reciente pérdida, la de su hija; e igualmente aceptó para complacer a su enamorado de entonces, Pedro Sabater, (Gobernador civil de Madrid y mediador entre Narváez y ella), y también para poner en práctica sus teorías feministas: Demostrando, no sólo la igualdad de ambos sexos, sino la superioridad del suyo para desempeñar admiradas misiones.
«Nada requiere mayores dotes de talento, firmeza y constancia; nada aparece revestido de tanta gravedad y grandeza como el gobierno de los pueblos. Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias».



Epílogo:
Brenilde murió el 14 de noviembre de 1845, y fue enterrada al día siguiente en la iglesia de San Andrés de la ciudad de Madrid. Y según consta en el libro de defunción de párvulos, aparece como María Brenilde García Gómez de Avellaneda.
La encomienda de Tula como espía se fue al traste por culpa de unas funestas declaraciones del casamentero y joven conde Trápani, momento escogido por los enemigos de Narváez (tenía 40, sólo en el Senado), los cuales firmaron un manifiesto desestimando la candidatura del condesito italiano.
El conocido editor Benito Hortelano, a causa de la persecución política sufrida por la parte de Narváez, se refugió bien lejos, en Argentina. Poco después el duque de Valencia fue destituido de su presidencial cargo.
Tula se casó en mayo de 1846 con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid, y este falleció, tres meses después de su boda, en Burdeos, Francia.
 Narváez recuperó su cargo una vez más. Y la joven reina Isabel II se casó, ¡y contra todo pronóstico!, con otro primito, algo más contradictorio, Francisco de Asís de Borbón y Borbón.


Manuel Lorenzo Abdala

marzo 23, 2015

Gloria y condena de una vida azarosa (V parte)

Placa conmemorativa en homenaje por el bicentenario del nacimiento de la escritora, inaugurada el 23 de marzo de 2014 en la fachada de la que fuera su casa de la calle Gravina Nº 9 de Sevilla.

Un día como hoy, hace exactamente un año, celebrábamos en la majestuosa ciudad del Betis o del Guadalquivir, el bicentenario del nacimiento de la insigne poetisa, escritora, dramaturga y periodista hispanoamericana (de Cuba y de España),  Gertrudis Gómez de Avellaneda. Entre los innumerables actos y homenajes ofrecidos entonces, cabría destacar aquellos que fueron organizados por la Asociación Cultural y Literaria “La Avellaneda” de Sevilla, institución que dirige la acreditada periodista Edith Checa: Ruta literaria de la UNED, placa conmemorativa en la que fuera su casa sevillana de la calle Gravina (cuya foto encabeza esta entrada), recital poético en el cementerio de San Fernando, conferencias y  coloquios varios, etc.

Tres meses después, exactamente el 30 de junio en el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) de Madrid, bajo la dirección de la Doctora Brígida M. Pastor, se celebró un Simposio Internacional sobre la figura de la Avellaneda. Importantes estudiosos se reunieron entonces para debatir sobre su romántica vida y extensa obra.

Hoy, un año después de todo aquello y en homenaje por el aniversario 201 del natalicio de la poetisa -que celebramos hoy-, el blog ofrece el quinto y último fragmento de aquella conferencia, la impartida por quien escribe estas líneas en la sala María Zambrano del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid y  que hemos venido publicando en el blog desde el 23 de febrero pasado.

A partir de ahora, y en frecuencia semanal, el blog continuará publicando las famosas cartas escritas por la Avellaneda a Romero Ortiz (carta 17 y siguientes), labor que interrumpimos en diciembre del pasado años para dar paso a otros contenidos, entre ellos la significativa conferencia impartida en el CSIC.

Manuel Lorenzo Abdala




Gertrudis Gómez de Avellaneda: Gloria y condena de una vida azarosa (1843-1846)


1846. (Quinta y última parte de la conferencia)

En las memorias del polígrafo español Benito Hortelano[1] escritas varios años después de haber salido de España perseguido por Narváez[2], plasmó que la Avellaneda "a la sazón era la favorita del general y la que, cual otra madame de Maintenon, disponía a su antojo de las cosas y de los hombres de alta política…” Esta opinión, emitida desde el más absoluto rencor, ha confundido a más de un investigador al mezclar sentimientos íntimos con relaciones de amistad y/o negocios. Todos sabemos que Madame de Maintenon fue amante del rey Luís XIV y la Avellaneda estaba muy lejos de ser la amante del general Narváez, especialmente en aquellos momentos, trágicos y personales por los que atravesaba. Es cierto que fue su favorita, sí, pero favorita entre las poetisas y mujeres de carácter firme. Las relaciones entre ellos fueron de tipo amistoso exclusivamente. Y fue más bien fue Narváez quién "disponía -y dispuso- a su antojo de las cosas y de las personas de la alta política", y de la literatura también, para sus negocios. Además la Avellaneda prefería pollos a gallos[3], y Narváez era un gallo demasiado viejo para ella.

En realidad eran otros los que revoleteaban alrededor de la poetisa. Muchos, casi un ejército de románticos, le hacían la corte entonces. Entre ellos destacaba un joven escritor y político valenciano de cierto talento, D. Pedro Sabater Noverges, diputado a Cortes  y casualmente, muy amigo del general Narváez.

D. Pedro Sabater estaba realmente enamorado de la escritora, de la artista, pero también de la mujer. El valenciano, a diferencia de los demás que le hacían la corte, se portó como un verdadero caballero. Aun conociendo las desgracias personales por las que atravesaba la poetisa[4], le escribió unos versos en los que le pedía directamente su mano en casamiento. Y lo hacía en cuatro redondillas que formaban 16 versos octosílabos de arte menor y rima consonante. Por cierto, el manuscrito original de estos versos -una verdadera joya-, estaba a la venta, al menos en marzo de 2014, por el módico precio de 1.800,00 € en la librería Miguel Miranda, AILA ILAB, en la calle Lope de Vega de Madrid.

La Avellaneda, conocedora del mal que ya padecía el pretendiente[5], y después de este mucho pedir y hasta de hacerse rogar, aceptó el ofrecimiento (todo muy a pesar de no estar ella enamorada de él) Finalmente, en un acto de indudable generosidad, sinceridad absoluta y amor al prójimo, algo que siempre le caracterizó, contestó el 14 de febrero, día de San Valentín, a los ruegos de su enamorado con los siguientes versos:

Yo no puedo sembrar de eternas flores
La senda que corréis de frágil vida;
Pero si en ella recogéis dolores,
Un alma encontraréis que los divida.

Yo pasaré con vos por entre abrojos;
El uno al otro apoyo nos daremos;
Y ambos, alzando al cielo nuestros ojos,
Allá la dicha y el amor busquemos.

Dos días antes de haber sido compuestos los anteriores versos, el 12 de febrero de 1846, el general Narváez dimitió de su cargo al verse imposibilitado de formar el gabinete que deseaba. El Ministerio de Gracia y Justicia que estaba predestinado para Pedro Sabater, no pudo ser. La política se movía entonces con pasmosa facilidad entre las diferentes corrientes que reñían por gobernar. En marzo (solo un mes después), e instalado nuevamente el general Narváez en el poder (1846 fue un año convulso), D. Pedro Sabater fue nombrado Jefe político de Madrid, capital de Reino[6].

El noviazgo entre el controvertido político y la famosa escritora se intentó mantener en secreto, pero todo esfuerzo resultó infructuoso, desde el principio fue del dominio público. Aquellos que se vieron rechazados en la intentona por conseguir el favor de la poetisa se encargaron de expandir la noticia.

El 24 de abril la Avellaneda efectuó una tertulia en la suntuosa casa madrileña que poseía en la calle Fuencarral número 2, finca que además ocupaba el número 1 de la calle Hortaleza, conocida como “Casa de Astrarena”[7]. A esta famosa tertulia asistieron grandes personalidades de la política, de las letras y de la sociedad española (Narváez, Gallego, Quintana, Zorrilla, etc.). La famosa tertulia se anunció en honor al gran poeta e improvisador italiano, Pasquale Cataldi, amigo íntimo de la anfitriona, que deleitó con su arte a todos los invitados[8]. Aquella noche durante la comentada velada, los prometidos -presionados por la opinión pública-, se vieron obligados a anunciar, oficialmente, el compromiso que les unía. La confirmación de la noticia se expandió inmediatamente por todo Madrid, ratificando la veracidad de los rumores que ya circulaban por los cafés, paseos y teatros madrileños. A partir de entonces comenzaron nuevos problemas para la Avellaneda. Ya no se trataba solamente de la poetisa, de la escritora, de la diva de Madrid. Era la prometida de D. Pedro Sabater que fue demasiado “restrictivo” en cuanto a ordenanzas y leyes se refiere.

La boda se celebró el 10 de mayo en la más estricta intimidad. Los padrinos fueron el duque de Frías y su esposa, y el párroco que efectuó el enlace, nada menos que D. Juan Nicasio Gallego[9]. El mismo periódico que divulgó la notica del enlace, anunciaba el viaje de novios que los recién casados harían a París, desconociendo el verdadero motivo. D. Pedro Sabater se sometería al análisis, consideración y tratamiento de médicos franceses en el intento por curar el terrible mal que padecía: un cáncer terminal de laringe, que se supo una vez practicada la traqueotomía por el afamado doctor Trousseau en una clínica parisina.

El viaje[10] tuvo una amplia repercusión en la prensa española y también en la francesa, principalmente en la enemiga del Jefe político de Madrid. El Eco del comercio, El Español y El Clamor público, se encargaron de divulgar continuamente noticias (casi todas falsas o medias verdades disfrazadas). D. Pedro Sabater, como Jefe Político de Madrid, con sus orientaciones, normas y políticas demasiado restrictivas -acertadas o erróneas- mantuvo a la prensa enemiga demasiado inquieta, algo que jamás le perdonaron.

Egilona, la famosa obra de teatro escrita meses antes por la Avellaneda en la cual retrató su estado de ánimo durante el año de 1845, se estrenó por aquellos días y como era de esperar la prensa se cebó con las críticas, todas injustas. La Avellaneda pasó de ser una poetisa de avanzada, una gran escritora, querida e idolatrada,  a ser la mujer de un político de mano dura.

En París, como ya hemos dicho, se le practicó la traqueotomía al señor Sabater Noverges, pero ya era demasiado tarde. De regreso a España, en Burdeos, el uno de agosto de 1846 fallecía en brazos de la esposa, Gertrudis Gómez de Avellaneda[11].

Inmediatamente después de certificar la muerte, el propio cónsul español en Burdeos, Excmo. Señor conde de Montemolín (pretendiente al trono de España como Carlos VI de Borbón) se hizo cargo y responsable de todo el funeral. Ocho días después del entierro el periódico La Esperanza[12] publicaba una carta anónima de la cual nadie ha hablado hasta la fecha y cuya autoría pudo recaer en Juan Nicasio Gallego o en alguien del entorno más próximo a Narváez... No olvidemos que el general acompañó a los desposados en el viaje de novios y se quedó en Paris. Ramón María de Narváez, duque de Valencia, a través de sus múltiples contactos intercedió a favor de la Avellaneda, se lo debía por múltiples razones.

Relacionado con lo anterior y por el alto valor histórico que posee, reproducimos una famosa carta publicada por el periódico La Esperanza: (respetamos la ortografía original impresa).

Señores redactores de la ESPERANZA.
Muy señores mios: En este instante acabo de Llegar á mi casa de acompañar, hasta el Campo Santo, los restos del señor Sabater, cuya temprana muerte le ha ocurrido en esta población.
¡Que de consideraciones se han atropellado á mi angustiada imaginación, al observar que tanto en sus postrimeros instantes, como en el séquito fúnebre, y en las sagradas honras celebradas en la parroquia de San Pedro, lo componía todo el partido del conde de Montemolín!... Bien complacido debe haber quedado este señor cónsul, que con la joven viuda, es el que ha convidado y hacía el duelo por haberse visto rodeado de un número no pequeño de notabilidades qué algunos tal vez creerán sus enemigos. No: todos estos dignos españoles desean llegue el dia de la reconciliación general.
La ilustrada viuda del señor Sabater, podrá decir de quienes ha recibido mayores consuelos en el trance en que más se manifiesta la caridad cristiana.
Esta es una lección que todos debemos aprender para desnudarnos de las pasiones, y hacer la felicidad de esa patria tan destrozada por bastardas ambiciones.
Si Vds. creen estas líneas dignas de ocupar un lugar en su apreciable periódico para llamar mas y mas la atención del público sobre este triste acontecimiento que la sabia Providencia ha dispuesto; se lo agradecerá
S.S.S. = Q.L.B.S.M.= Un AMANTE DE LA PAZ.
Burdeos 3 de agosto de 1846.

Fueron precisamente Nicasio Gallego y Mme. Duffur, la condesa de Suscher (prima del general Narváez) quienes posterior al funeral, instaron a la joven viuda, a través del afamado padre Pierre Bienvenu Noailles, retirarse unos días a La Solitude, centro espiritual de la congregación de la Sagrada familia de Burdeos[13]. Una famosa carta, publicada por nuestro blog el 10 de julio de 2014, podría ayudar a esclarecer lo acontecido durante aquellos tristes días de infortunio. El contenido exacto de dicha carta es el siguiente:

París, 12 de agosto de 1846.

Señora doña Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Mi apreciable amiga: Consecuente a lo que ofrecí a usted en mi carta de anteayer, incluyo a usted la carta que le ofrecí a usted para el señor Maire, de esa ciudad, y también otra para Mme. Duffur, sobrina de mi madre política, la condesa de Suscher; cuya señora es la que en ambas cartas me recomienda a usted. Repito a usted el grande interés que me causa la suerte de usted, la mucha parte que tomo en sus desgracias y el deseo que tengo de contribuir a aliviarlas. Puede usted disponer como guste de s. s. s. y amigo, q. s. p. b., Ramón María Narváez.

Se ha dicho reiteradamente que la Avellaneda entró en un convento de Burdeos como monja, pero esto no es ni remotamente cierto. La culpa de tan errónea afirmación la tuvo El Espectador, periódico que en su afán sensacionalista el 25 de agosto de 1846, publicó la siguiente nota sin comprobar su veracidad:

Se dice como positivo que ha entrado monja!!! en Burdeos en la orden de San Vicente de Paul, nuestra celebre poetisa la Sra. Gómez de Avellaneda, debido sin duda al profundo sentimiento que ha causado en la misma la prematura muerte de su esposo el Sr. Sabater, jefe político que era de Madrid.

Y esto, evidentemente, ha confundido a historiadores e investigadores durante mucho tiempo. Es cierto, y comprobado está, que la Avellaneda se retiró un tiempo (solo durante mes y medio) a La Solitude, sede de la Congregación de la Sagrada Familia de Burdeos, pero solo para descansar. Durante su estancia en aquella villa bordelesa, remanso de paz y tranquilidad absoluta, compuso dos bellas elegías dedicadas a su difunto marido[14].

En La Solitude, gracias a los cuidados de las hermanas, del propio padre Pierre-Bienvenu Noailles y de la tremenda espiritualidad del lugar, pudo reponer fuerzas y regresar a España en septiembre.

Ha llegado á esta corte la célebre poetisa doña Gertrudis Gómez de Avellaneda de Sabater, que después de la desgraciada muerte de su esposo ha permanecido en Burdeos, hasta que algún tanto repuesta del abatimiento y mal estado á que la redujo el dolor de tan terrible golpe, ha podido, emprender su viaje para Madrid, Ha traído como regalo para las señoras del colegio de Loreto en esta corte algunos objetos de culto que las remiten las religiosas Ursulinas de Burdeos [he aquí un grave error que se repite. No eran las Ursulinas, se trataba de La Sagrada Familia de Burdeos], en cuya compañía ha buscado el consuelo la poetisa española en los amargos días de su infortunio[15].

Cuando la Avellaneda regresó a Madrid se vio sin los medios necesarios para continuar con su ostentoso tren vida. Tuvo que cambiar su domicilio, el de la calle Fuencarral por otro en la calle de San Marcos, mucho más modesto. Los enormes gastos que ocasionaron el viaje a París, incluyendo los expendios médicos derivados de la intervención quirúrgica practicada a su fallecido esposo, menguaron sus arcas significativamente. Y esto fue lo que motivó su tentativa de entrar a Palacio como camarera de la reina. Intento que, a pesar del supuesto poder y enorme influencia que poseía, no consiguió (a Dios gracias).

     Después de un tiempo de recogimiento, luto y silencio, Gertrudis Gómez de Avellaneda, viuda de Sabater retomó su vida pública dedicándose a lo que mejor sabía hacer: escribir novelas dramas y componer poesía. En 1853 intentó, por derecho propio, entrar como miembro a la RAE, algo que no se le permitió por el solo hecho de ser mujer. Aquel mismo año mantuvo un sonado romance, de corta duración pero intensísimo, con el también político y escritor, Antonio Romero Ortiz. Para entonces ya se había convertido en la gran dama del teatro español, en la gran dramaturga española. En 1855 se casó en segundas nupcias con el Coronel Domingo Verdugo, ayudante de S.M el rey consorte. En 1858 estrenó su gran drama y obra cumbre del teatro avellanediano, Baltasar, durante cuyo estreno su marido sufrió un atentado en el que fue herido mortalmente, aunque salvó la vida.

Después de veintidós años de ausencia, regresó a su tierra junto a su ya recuperado marido, pero en 1863, enviudó nuevamente. Regresó a España aquel mismo año y se compró una casa en Sevilla, la ciudad de la que se enamoró y donde amó realmente por primera vez en su vida.  En 1868, después de la trágica muerte de su hermano Manuel, regresó a Madrid.

     A partir de 1869, enferma de diabetes, se dedicó a recopilar y corregir su extensa obra en varios volúmenes. El 1 de febrero de 1873, a los 58 años, falleció en su casa de la calle Ferraz de Madrid. Sus restos mortales descansan en la sacramental de San Fernando de Sevilla por expreso deseo según hizo constar en su testamento.

Manuel Lorenzo Abdala


Notas:



[1] Hortelano, Benito. Memorias de Benito Hortelano. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1936.
[2] La célebre imprenta que disponía Benito Hortelano en Madrid fue calificada por el general Narváez de “Volcán revolucionario”, y amenazó con ir en persona a pegarle fuego, si no hubiera sido por la sabia intervención de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La escritora, contra todo pronóstico, lo seleccionó como el único tipógrafo capaz de acometer una tarea de grandes dimensiones que el gobierno pretendía llevar a cabo. Dos meses después Hortelano tuvo que marcharse a Buenos Aires, vía París porque Narváez se la tenía prometida. Y pese a todo, el recuerdo que dejó escrito de la Avellaneda, no le hace justicia.
[3] Esta expresión, típica del siglo XIX, quiere decir: Prefería a los jóvenes (pollos) ante los viejos (gallos).
[4] Hace escasos dos meses había fallecido Brenilde, su hija.
[5] Padecía un cáncer de garganta, se confirmó posteriormente.
[6] El Eco del comercio, 28/03/1846, p 1.
[7] Años más tarde (1880), transformada ya la casa, viviría en ella Miguel de Unamuno. El inmueble, conocido con “Casa de Astrarena” fue derribado en 1913.
[8] El Heraldo, 25/04/1846, p 4 “El famoso poeta Cataldi, improvisador italiano, ha asistido anoche [24 de abril] á una reunión de amigos que tuvo en su casa nuestra distinguida poetisa la señorita Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda”
[9] El Español, 12/05/1846. P.4
[10] Los recién casados fueron acompañados por D. Juan Nicasio Gallego y por el mismísimo general Ramón María de Narváez.
[11] El Imparcial, 7/08/1846; El Heraldo, 8/08/1846, p 2; El Católico 8/08/1846, p 6.
[12] La Esperanza, 11/08/1846, p 3.
[13] cfr. “Preludio para un iluminado bicentenario XVI”, La divina Tula, 13/12/2014
[14] “Elegía I” y “Elegía II”, Poesías. Madrid 1850, pp. 260-262
[15] El Heraldo, 26/09/1846, p 4.

noviembre 12, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO (XII)

 

La Avellaneda en las memorias de Benito Hortelano.
 
En 1936, cuando la editorial Espasa-Calpe publicó Memorias de Benito Hortelano (setenta y seis años después de haber sido escritas), casi nadie recordaba al autor en su país, España. Benito Hortelano nació en 1819 en una localidad cercana a Madrid donde transcurrió la primera parte de su vida. Muy pronto se trasladó a la capital y se convirtió en un tipógrafo muy famoso, tomando parte activa en la vida política española e interviniendo en ella desde el baluarte más decisivo, la imprenta.
 
Al leer sus memorias, lo de menos son las galas literarias, que apenas existen en su libro. Lo enormemente interesante está en la manera viva, peculiar y anecdótica con que refiere los acontecimientos de aquella etapa crucial del siglo XIX.
 
Benito Hortelano, de simple jornalero en una aldea de su Chinchón natal, llegó a editar periódicos de gran prestigio en la capital española, convirtiéndose además en un famoso dandi. Su célebre imprenta fue calificada por el general Narváez de “Volcán revolucionario”, y amenazó con ir en persona a pegarle fuego, si no hubiera sido por la sabia intervención de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La escritora que, como ya hemos referido, era la favorita de Narváez lo seleccionó como el único tipógrafo capaz de acometer una tarea de grandes dimensiones que el gobierno pretendía llevar a cabo.
 
El tremendo esfuerzo, que si bien fue pagado espléndidamente, no fue tenido en consideración cuando poco tiempo después, el propio Narváez lo persiguió hasta hacerle la vida imposible, lo que le obligó huir a Francia para finalmente establecerse en Buenos Aires, ciudad en la que se le recuerda más dignamente como lo que fue: uno de los más grandes tipógrafos decimonónicos.
 
A continuación reproducimos una de aquellas anécdotas que tan maravillosamente refiere Hortelano en la primera parte de su obra, y en la cual narra los sucesos acontecidos la Nochebuena de 1845 cuando Narváez lo necesitó, utilizando para ello la intermediación de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
 
 
  (…) A pesar del odio que Narváez me tenía, llegó un momento en que me eligió para una gran empresa, con preferencia a los demás impresores de Madrid, diciendo que tan sólo yo era capaz de servir al proyecto con la prontitud e intrepidez que él requería.
 
Se había dividido el partido moderado en puritanos y conservadores; los puritanos se propusieron derrocar a Narváez, y, al efecto entre otros medios que pusieron en juego, fue uno el de publicar un diario con título de El Universal, de tamaño colosal y sólo a ocho reales mensuales de suscripción, dando además una novela cada mes que valía más de ocho reales. El objeto era hacerlo popular para desacreditar a Narváez. Este lo comprendió, y puso por obra un proyecto del mismo género para contrarrestar al de Salamanca.
 
Las diez de la noche serían del día 24 de diciembre de 1846(1), y estábamos reunidos en mi casa varios de la familia celebrando la Nochebuena, como es costumbre en España, en cuya noche las familias se reúnen para cenar opíparamente en celebración del nacimiento del Hijo de Dios, y es cosa admitida que en tal noche y los dos días de Pascua que le siguen se olvidan las rencillas de familia, se estrechan los lazos desunidos y todo queda concluido en tres días de reunión comensal.
 
Estando en tan grata reunión, llaman fuertemente a la puerta de la calle; ponemos atención para oír los golpes que daban y saber a qué habitación pertenecían (porque en Madrid, donde cada casa contiene un número crecido de vecinos, cada cual adopta un sistema o contraseña para saber a qué habitación llaman por medio del aldabón, que generalmente la seña se distingue por el número de golpes y repiques que con el mismo aldabón se dan). Observando que era a mi casa donde llamaban, bajé yo mismo a abrir, encontrándome sorprendido a la vista de una elegante y hermosa señorita que, acompañada de un caballero, se apearon de un magnífico coche.
 
Visita tan inesperada, en tal noche y a semejante hora, no dejó de sorprenderme, y más al reconocer en la dama a la eminente e interesante literata doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, la célebre poetisa cubana, que a la sazón era la favorita del general Narváez y la que, cual otra madame de Maintenon(2), disponía a su antojo de las cosas y de los hombres de alta política. El caballero que la acompañaba era un joven, mi amigo, literato en ciernes, hoy personaje político, D. Antonio Pirala.
 
Sin más que el saludo de cumplimiento, la heroína literaria tomó la escalera con resolución, como si subiese a su propia casa. Introducidos en mi despacho, la señorita Avellaneda tomó la palabra y dijo:
 
-Señor Hortelano, usted está sorprendido de mi visita a tales horas y en tal noche en que las familias están entregadas al festín fraternal; pero para negocios de Estado no hay días, ni horas, ni momentos; todos se aprovechan, como se aprovechan las personas capaces de ayudar al Gobierno, aunque sean enemigos políticos. Usted lo es del gobierno y, a pesar de eso, el Gobierno deposita en usted su confianza por creer ser la única persona que puede servirle con la prontitud, eficacia e inteligencia que son necesarias.
 
A esta arenga de una mujer por tantos títulos digna de atención, a tanta elocuencia y diplomacia, no pude menos que rendirla mis más humildes y atentas gracias pues me acabada de echar un lazo del que no me sería fácil deshacerme, a pesar de que aún no sabía donde iría a parar su pretensión; en fin, me puse a sus órdenes, diciéndola que dispusiese de mí como gustase.
 
-No esperaba menos, señor Hortelano, y por eso es por lo que he sido yo la autora de haber elegido a usted. Se trata de duplicar un diario, si es posible, doble que El Universal; pero no es esto sólo lo que se exige de usted. Aquí traigo el prospecto, y este prospecto ha de repartirse mañana con profusión, y pasado mañana ha de salir el primer número; ahora pida usted cuanto dinero necesite; no hay tasa, aquí traigo treinta mil reales para los primeros gastos: usted pida sin consideración; todo le será entregado; pero el prospecto mañana, el primer número pasado.
 
En vano le expuse las dificultades que había para en tan corto tiempo y en noche como aquella poder realizar sus pretensiones; nada oyó; se había aprovechado de la sorpresa para arrancarme el compromiso. Se despidió precipitadamente, ofreciendo venir a la mañana siguiente a leer las pruebas del prospecto.
 
Aquí de mis apuros, de mis compromisos ¿Cómo cumplía con aquella exigencia? ¿Adónde encontrar 60 operarios en tal noche, en que cada cual estaría con sus familias y amigos? Y caso de encontrar algunos, ¿estarían en disposición de trabajar después de tener los estómagos repletos y las cabezas calientes?
 
Subí a mis habitaciones, donde me esperaba la familia con la cena interrumpida. Al verme entrar mustio y caviloso, creyeron que alguna desgracia me sucedía; la cena quedó en tal estado, y una noche tan alegre se convirtió en una noche de apuros y compromisos.

 
Por fortuna había convidado a cenar al regente, Galindo, y otros operarios, y con ellos empecé las operaciones. A unos mandé a buscar operarios en una taberna en que sabía se habían reunido para cenar varios de los empleados en mi casa; a otros en busca del regente de las prensas y otros operarios, que calculaba estarían ofreciéndoles una onza de oro por trabajar aquella noche. Yo me fui a comprar fundiciones, cajas y una máquina de vapor que sabía que estaba en venta. Otra dificultad a las muchas que se presentaban había que vencer, cual era buscar casa para la nueva imprenta, porque la mía estaba ocupada con los trabajos que dejo dichos. La fortuna me deparó una enfrente de la mía, la cual se había desalquilado la víspera.
 
Salí de mi casa, busqué las fundiciones necesarias, encontré cajas hechas, ajusté el precio de la máquina en 60,000 reales. Galindo y los demás me trajeron 24 operarios, que más estaban para dormir que para trabajar. En fin, al siguiente día todo estaba listo; la Avellaneda vino no creyendo hubiese podido operar aquel milagro, y quedó sorprendida al ver en ejecución todo lo que había pedido.
 
Como los puritanos no se dormían, se habían apercibido del golpe que Narváez les preparaba, y aprovechándose en el mismo día de las influencias secretas que en Palacio tenían, dieron el golpe de gracia al Gabinete Narváez, siendo este depuesto y nombrando un gabinete puritano(3). Con este golpe quedó frustrado el proyecto del diario colosal, teniendo que arreglarme con los que había comprado los efectos devolviéndoselos con un pequeño quebranto que convinimos.
 
Entró en el Ministerio Salamanca-Pacheco, y con él se empezó a disfrutar de más libertad.
 
 
Hasta aquí la curiosa anécdota descrita por Benito Hortelano en la cual hemos advertido algunas inexactitudes históricas y determinados puntos de vista que, evidentemente, no compartimos. No olvidamos, además, que el tipógrafo escribe sus memorias en 1860, quince años después de los acontecimientos narrados.
 
 
Continuará…
 
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
 
Notas:
 
(1)La fecha es errónea. El año en que sucedieron los hechos fue el de 1845.
(2)Benito Hortelano compara a la Avellaneda con la famosa Madame de Maintenon (amante del rey Luís XIV de Francia). Interesante y curiosa observación que analizaremos, junto a otras, en el próximo post.
(3)El golpe de gracia al que se refiere Hortelano lo dieron finalmente el día 11 de febrero de 1846 por lo que el diario competidor tuvo que salir a la luz durante, al menos, un mes. Hemos intentado buscar algún ejemplar pero no lo hemos encontrado, como tampoco están disponibles ejemplares de El Universal.
 
 
 
Bibliografía:
 
Revista literaria El español, La posdata, La esperanza, El heraldo, El eco del comercio, El espectador, El fandango, El Universal (Hemeroteca, BNE)
 
Hortelano, Benito. Memorias de Benito Hortelano. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1936.
 
Salaverría, José María. Viejos artesanos. ABC (Sevilla) 5 de mayo de 1936. P-3


Bordes M. Hortelano, Alicia. Hombres ilustres de la provincia de Madrid. Diputación Provincial de Madrid, 1957. Página 46.