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marzo 07, 2020

LA MUJER II


considerada
respecto a las grandes cualidades del carácter, de que se
derivan el valor y el patriotismo.

(marzo 8 de 2020, Día Internacional de la Mujer)

Gertrudis Gómez de Avellaneda.. Óleo sobre tela 125,4 x 94,6 cm.
Retrato de Antonio María Esquivel. Madrid, 1840.
Museo de Bellas Artes, La Habana, Cuba.


«Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias».
Gertrudis Gómez de Avellaneda



I

        En el artículo que precede sólo quisimos considerar a la compañera del hombre bajo el aspecto que particularmente la distingue; esto es, en los dominios del sentimiento, que constituyen en su más legítimo patrimonio. Vista de tal manera, y limitándonos, como lo hicimos, al rápido examen del papel que le ha tocado representar —por aquella incuestionable supremacía— en los sagrados fastos de la religión, sentíamos entonces cierta orgullosa complacencia en mostrar el desdén por toda gloria que no fuese aquella, dejando al que se llama sexo fuerte en tranquila posesión de cuantas exclusivas dotes se atribuye. Hoy, empero, se nos ocurre echar a la ligera otra ojeada sobre la historia de nuestro sexo débil, siquiera no sea más que por curiosidad de encontrar los fundamentos de esa calificación que hace tantos siglos venimos aceptando. Sí, lo confesamos: nos punza un poco el deseo de averiguar si la mayor delicadeza de nuestra organización física, es obstáculo insuperable opuesto por la naturaleza al vigor intelectual y moral; si enriquecida con los tesoros del corazón, nos desheredó, en cambio, el Padre universal de las grandes facultades de la inteligencia y el carácter.
        Parécenos a primera vista, apenas iniciamos esta cuestión, que lejos de excluir la superioridad afectiva otras cualidades preciosas, se derivan de ella estímulos poderosísimos para todos los resortes del alma, y —viniéndosenos a la memoria tantas maravillas ejecutadas por el entusiasmo— no sólo nos sentimos dispuestas a declarar, con Pascal, que los grandes pensamientos nacen del corazón, sino que nos asalta la idea de que los más gloriosos hechos, consignados en los anales de la humanidad, han sido siempre obra del sentimiento; que los más fuertes héroes han sido en todo tiempo los más ricos corazones.
        La vasta inteligencia asociada a mezquino poder afectivo es —si existe— una monstruosidad: solemos encontrar genios pervertidos o extraviados por violentas pasiones, pero es rarísimo, si no imposible, el hallar gran potencia intelectual en desgraciadas organizaciones desprovistas de sensibilidad apasionada. Del mismo modo los vigorosos caracteres, los que son capaces de emprender y realizar grandes cosas, los que se atreven a echar sobre sí responsabilidades inmensas, no son comúnmente propiedad de hombres áridos y fríos, en quienes la acción no tiene otro móvil que meras especulaciones.
        El poder del corazón es, por tanto, origen y centro de otras muchas facultades, y aunque a veces ese poder pueda dar al carácter y a la inteligencia una iniciativa errada; aunque mal educado y dirigido —como lo está por lo común en la mujer— suela emplearse indigna y lastimosamente, no por eso nos es permitido rebajar su incomparable importancia; antes bien, debemos decir con Lacordaire [Jean-Baptiste Henri Lacordaire]: Que el que quisiera despojar al hombre de la pasión por los males de que ha sido a veces instrumento, se asemejaría a un insensato que rompiera la lira de Homero, porque ha servido para cantar falsos dioses.


II

        Siendo la potencia afectiva fuente y motora de otras, resalta la consecuencia de que la mujer —que privilegiadamente la posee— en vez de hallarse incapacitada de ejercer otro influjo que el exclusivo del amor, debe a ella y tiene en ella una fuerza asombrosa, cuya esfera de acción sería muy aventurado determinar.
        ¿Buscaremos hechos que justifiquen esta teoría? La dificultad que se nos presenta consiste en tener que limitarnos a entresacar algunos, de entre los innumerables que nos ofrece la tradición y la historia.
        Nada parece tan ajeno del tierno corazón femenino, nada tan incompatible con el dictado de débil con que se nos distingue, como las acciones extraordinarias de valor arrojado y de constancia invencible. Sin embargo, mirad a Débora declarando guerra a los cananeos, bajo la palma que le sirve de solio cuando administra justicia a los hijos de Israel, y guiándolos por sí misma al combate en que derrotan al soberbio enemigo. Mirad a Jahel descargando con firme mano el martillo que traspasa las sienes de Sisara; a Judit penetrando en la tienda de Holoférnes para salir de ella con la sangrienta cabeza del invasor; a la madre de los Macabeos presenciando heroicamente el sacrifico de sus hijos, víctimas del amor patrio.
        Y si apartamos los ojos de ese sagrado libro —el más antiguo y auténtico del mundo— veremos a las espartanas, quienes, al aproximarse Pirro para consumar la ruina de su ciudad, se resisten a ser transportadas a la isla de Creta —donde para seguridad de sus vidas las mandaba el senado— y presentándose a este, blandiendo espadas en sus blancas manos, le declaran que no obedecerán nunca a decreto que las deshonra, pues todas están dispuestas a vencer o a morir con sus conciudadanos. Veremos a las hijas del tebano Antípedes, inmolándose sin vacilar cuando declara el oráculo que sólo triunfará Tebas si se derrama ilustre sangre en holocausto a los dioses. Veremos a Boadicea vengando la esclavitud de su pueblo con la muerte de 70.000 romanos; a las argivas defendiendo la ciudad que asalta el rey de los lacedemonios, y rechazándolo con pérdidas enormes; a una princesa sármata —colocada a la cabeza del gobierno en lo más florido de su edad— no sólo administrar recta justicia, sino sorprender y derribar del trono a un monarca ambicioso, que había osado amenazar sus estados burlándose de la debilidad de su sexo. Veremos a Artemisa combatiendo —como auxiliar de Xérjes— en Salamina, después de ilustrarle con tan sabios consejos que —a seguirlos en persa— contaría la Grecia un lauro menos en su corona de gloria. Veremos a la digna esposa de Germánico dejar el lecho, en que acaba de ser madre, para reanimar con su voz las huestes del campamento, y desempeñando, en ausencia de su marido, las veces de general. Veremos a la disoluta Antonina, siempre pronta a lavar las manchas del tálamo nupcial con la sangre enemiga que sabe verter su espada en los campos de batalla, al lado de su esposo Belisario. Veremos a las matronas de Alba Real —en Hungría— defender heroicamente aquella plaza sitiada por los turcos, cuando ya los hombres desalentados trataban de rendirla. Veremos a Juana de Arco, de cuya maravillosa historia no necesito recordaros hechos. Veremos a aquella ilustre griega, Bobolina, que desafiando el poder de Turquía —opresora de su patria— arma buques, los capitanea, y con la divisa de libertad o muerte, logra que su pabellón, triunfante en los mares, difunda espanto dentro de los muros de Constantinopla; y a aquella famosa polaca, Kazanoswska, que presentándose a su marido —gobernador de una plaza sitiada— con dos puñales en la mano, le dice resueltamente: El uno traspasará tu pecho y el otro el mío, si eres capaz de la flaqueza de rendirte; y a aquella notabilísima figura de la revolución francesa, que tiene por nombre madama de Roland; y a la no menos extraordinaria, Carlota Corday [Charlotte Corday], que tiñó su delicada diestra con la inmunda sangre de Marat [Jean-Paul Marat]. ¿Para qué, empero, recorrer los fastos del mundo entresacando de ellos heroínas?
        Nos basta abrir un momento las páginas nacionales. Ellas nos representan a la ilustre viuda de Padilla, rival de su esposo en gloria; a María Pita, esgrimiendo el acero que abandonan los desfallecidos defensores de la Coruña y lanzándose a la brecha, ocupada ya por los ingleses; a la infortunada Pineda, víctima de su amor a la libertad, marchando al suplicio con sereno continente; a la inolvidable Agustina de Aragón, que arranca la mecha de las moribundas manos del último artillero que defiende la Puerta del Portillo, atacada por los franceses en el primer sitio de Zaragoza y prende fuego al cañón difundiendo el espanto en las filas enemigas.
Estos ejemplos, y tanto otros que citar pudiéramos (aun prescindiendo completamente de las innumerables mártires de la fe), ¿pueden dejarnos duda sobre la resolución que debemos sentar respeto al problema examinado? ¿Se nos acusará de ligereza o de parcialidad, si declaramos que tocante al valor y a la energía, ningún título nos presenta al sexo fuerte que no pueda disputarle el débil, con derechos incuestionables?
¡Oh! Y no olvidéis que las mujeres en ningún país del mundo somos educadas para fatigas, afrontar peligros, defender intereses públicos y conquistar laureles cívicos.


III

        Pero todavía es posible —queremos concederlo— que el entusiasmo, tan propio de los corazones apasionados, preste a la mujer en determinadas circunstancias un valor momentáneo, tanto más exaltado y violento, cuanto sea menos propio de su naturaleza; y en tal concepto, los hechos más asombrosos de arrojo y de energía no son bastantes a dejar probado que el sexo dotado privilegiadamente con la hermosura y el sentimiento, lo esté también con grandes cualidades de carácter.
        Los extremos se tocan —pueden decirnos—; la debilidad suele tener arranques de temeraria audacia; y sin negaros, por tanto, que la mujer sea capaz de actos admirables en un impulso de pasión, no os concederemos que sea tan apta como el hombre para llevar a cabo empresas arduas y dilatadas. En una palabra, antes de aceptar la capacidad de la mujer como igual a la del hombre en todos los conceptos, necesitamos algo más que esos hechos extraordinarios, que sólo nos convencen de que teníais razón en proclamar al entusiasmo autor de grandes prodigios.
        Ahora bien, queridas lectoras, atendiendo, como es justo, a las anteriores indicaciones, vamos a echar otra mirada rápida sobre los antecedentes del sexo, relativamente a la inteligencia y al carácter, comenzando por lo que haya de más arduo, trascendental y sublime.
        Nada requiere mayores dotes de talento, firmeza y constancia; nada aparece revestido de tanta gravedad y grandeza como el gobierno de los pueblos. Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias.
¿Puede la mujer alcanzarla? Un solo ejemplo de ello sería bastante a demostrar que su organización física no es incompatible con las más poderosas facultades del alma; pero nosotras desdeñamos soberbiamente —¿por qué ocultarlo?— el acogernos a uno ni a dos ejemplos, por más decisivos que parezcan, y lanzando —sin elección, en tropel, según se nos vengan a la memoria— algunos de los infinitos recuerdos que atesora el mundo de mujeres famosas en la administración de los grandes intereses públicos, intentamos probar —no ya la igualdad de los dos sexos— sino la superioridad del nuestro en el desempeño de aquella misión augusta, la más ardua de cuantas plugo al cielo encargar a los humanos.








Circunstancias acerca de la crónica.


Este excepcional artículo —el segundo de cuatro sobre la mujer decimonónica— fue escrito y publicado hace ciento setenta y cinco años por el semanario La Ilustración, bajo la pluma y dirección de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ¡mujer única! Ocurrió el uno de octubre de 1845 y anterior a dos acontecimientos históricos que marcaron la vida y obra de la excelsa dramaturga, poetisa, escritora y periodista. El primero de aquellos sucesos, fue personal y tremendamente desgraciado; el segundo, gigante e histórico, porque de haber triunfado aquella loca encomienda —jamás llegó a materializarse—, hubiera cambiado por completo el curso histórico de la monarquía española. En ambos, Tula, como se le conoció familiarmente a la Avellaneda, fue protagonista absoluta.
        El 13 de junio de 1844, y con treinta años recién cumplidos, obtuvo la escritora un histórico triunfo dramático sin precedentes en el teatro español. Se estrenó Alfonso Munio, el héroe épico castellano que luchó incansablemente contra los musulmanes, además de ser el personaje, un ancestro directo de la dramaturga. Escrita en tan solo ocho días, la tragedia hizo historia. Con Alfonso Munio, Gertrudis Gómez de Avellaneda se consagró como dramaturga de primerísima línea en Madrid (ya lo había hecho con Leoncia en Sevilla, en Málaga, en Valencia y en Valladolid).
        Se sabe que la joven autora, gracias su talento y belleza, contaba con cientos de admiradores tanto dentro como fuera del parnaso de la época. Uno de ellos fue el apuesto y reconocido poeta sevillano, Gabriel García Tassara quien la noche del fausto estreno de la obra logró sus más que deseados objetivos primarios aprovechando el furor de Tula por el arrollador éxito de su obra. La relación, más que el noviazgo, que se llevó con cierta discreción y algo de silencio, duró hasta mediados de septiembre (tan sólo tres meses). Y concluyó cuando ella le informó a él que estaba embarazada de un hijo suyo. Entonces el poeta despareció, se esfumó de la faz de la tierra. Y Tula se vio en la decimonónica —y casi actual— necesidad de ocultar su gestación aprovechando la coraza-vestimenta de entonces. ¡¡¡Y apenas había comenzado el suplicio de aquella madre soltera!!! En abril de 1845 se presentó el parto. Difícil parto, pues hubo la necesidad de utilizar maquiavélicos fórceps debido a la mal posición del feto en la barriga de su madre. Pese a todo, nació una niña a la que Gertrudis llamó Brenilde como segundo nombre. Pero Brenilde nació enferma a causa de la eclampsia infantil sufrida, convulsiones del alma que concluyeron siete meses después con la inevitable muerte de la pequeña. El deceso ocurrió el 14 de noviembre, cuando la autora había concluido ya, la serie de cuatro artículos sobre «la mujer», considerada respecto a diferentes sentimientos: carácter, valor, patriotismo, lealtad, gobierno, y capacidad científica, artística y literaria, demostrando, no sólo la igualdad de ambos sexos, sino la superioridad, del mal llamado sexo débil, su sexo.
        Justamente por estos magníficos y extraordinarios artículos, lo que representaron en su momento para la sociedad decimonónica, y por la absoluta capacidad mujeril puesta al descubierto por ella misma, el duque de Valencia, Ramón María de Narváez, presidente del consejo de Ministros del reino de España, la escogió un 23 de diciembre, como la mujer ideal —única—, con capacidad suficiente para tratar temas de altísima complejidad que le competían al Estado para hacer valer sus doctrinas —y también para que ella cambiara de aires por la pérdida reciente de su hija—. El propio Narváez la mandó traer al Senado, utilizando el conducto de su enamorado de entonces, Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid, y le propuso a puerta cerrada un delicadísimo asunto de espionaje político.
El reino de España, a pesar de la estabilidad política lograda gracias al propio el duque de Valencia, tenía un capítulo pendiente por resolver. Se trataba a nivel europeo el controvertido matrimonio de la joven reina Isabel II. Entre los tres candidatos propuestos para el conveniente enlace, figuraba el napolitano conde de Trápani, ¡muy del gusto de Narváez y de un sector del gobierno! También de la realeza europea, incluido el reino de Las Dos Sicilias que finalmente había reconocido a la soberana de entonces. Narváez, le propuso a Tula, se convirtiera en intermediaria oficial entre el gobierno de Su Majestad y el editor estrella de aquel momento (Benito Hortelano), con el objetivo de poner en circulación, inmediata, un periódico que fuera capaz de competir con otro que además de haber ofendido en lo personal al propio duque de Valencia —a Tula igualmente—, desestimaba la candidatura Trapani para el real enlace con Isabel II ¡Costara aquello, lo que costara!, pagaba el gobierno.
Y Tula aceptó aquel histórico reto. Lo hizo por orgullo. También accedió a ello para aislarse de alguna manera de su reciente pérdida, la de su hija; e igualmente aceptó para complacer a su enamorado de entonces, Pedro Sabater, (Gobernador civil de Madrid y mediador entre Narváez y ella), y también para poner en práctica sus teorías feministas: Demostrando, no sólo la igualdad de ambos sexos, sino la superioridad del suyo para desempeñar admiradas misiones.
«Nada requiere mayores dotes de talento, firmeza y constancia; nada aparece revestido de tanta gravedad y grandeza como el gobierno de los pueblos. Regir a los hombres es la más difícil de las empresas; regirlos bien es, por consiguiente, la más excelsa de las glorias».



Epílogo:
Brenilde murió el 14 de noviembre de 1845, y fue enterrada al día siguiente en la iglesia de San Andrés de la ciudad de Madrid. Y según consta en el libro de defunción de párvulos, aparece como María Brenilde García Gómez de Avellaneda.
La encomienda de Tula como espía se fue al traste por culpa de unas funestas declaraciones del casamentero y joven conde Trápani, momento escogido por los enemigos de Narváez (tenía 40, sólo en el Senado), los cuales firmaron un manifiesto desestimando la candidatura del condesito italiano.
El conocido editor Benito Hortelano, a causa de la persecución política sufrida por la parte de Narváez, se refugió bien lejos, en Argentina. Poco después el duque de Valencia fue destituido de su presidencial cargo.
Tula se casó en mayo de 1846 con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid, y este falleció, tres meses después de su boda, en Burdeos, Francia.
 Narváez recuperó su cargo una vez más. Y la joven reina Isabel II se casó, ¡y contra todo pronóstico!, con otro primito, algo más contradictorio, Francisco de Asís de Borbón y Borbón.


Manuel Lorenzo Abdala

marzo 13, 2015

Gloria y condena de una vida azarosa (IV parte)

Penúltimo fragmento de la conferencia impartida el 30 de junio de 2014 en la sala María Zambrano del CCHS (Centro de Ciencias Humanas y Sociales) del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) durante el Simposio Internacional sobre la poetisa, escritora y dramaturga hispanoamericana, Gertrudis Gómez de Avellaneda :

La divina Tula: Gloria y condena de una vida azarosa (1843-1846)


Manuel Lorenzo Abdala


Caricatura de la Avellaneda. El Fandango, junio de 1845.

1845.
Durante el cuatrienio que nos ocupa[1] la corona necesitaba apoyo mediático para ganar prestigio y mantener la estabilidad política. El país llevaba años de desequilibrio y Europa la miraba con recelo y gran preocupación. Había llegado la hora de parar el progresivo deterioro. En la poesía, la política encontró un filón para sus propósitos. Los sectores políticos y financieros aprovecharon el talante y fuerza creadora de la poetisa con otros fines.

Comenzado el año de 1845 los periódicos de la corte daban a conocer la noticia de un controvertido certamen poético patrocinado por el famoso banquero, Vicente Bertrán de Lis. El objetivo, como ya se sabe, era premiar las tres composiciones métricas que más dignamente celebrasen el rasgo de clemencia con que la joven reina ofreció al indultar de la pena de muerte a varios sentenciados por un movimiento insurreccional el año anterior.

Bertrán de Lis[2], conocido por su “liberalidad y sentimientos generosos” costearía la impresión de las obras gratificadas por la que se otorgarían jugosas cantidades dinerarias[3]. Los requisitos mínimos exigidos y las severas reglas del certamen[4] provocaron que varios periódicos emitieran comentarios que dejaban entrever la posibilidad de cierto amaño en el concurso[5].

La Avellaneda inspirada y creyendo ciegamente en el magnánimo acto de la reina, compuso dos odas y las remitió al Liceo antes de finalizar el plazo establecido. Una bajo su propio nombre y la otra bajo el nombre de un medio hermano sin advertir que al presentar dos o más composiciones, aun dado el caso de recaer la censura favorable en más de una, solo se adjudicaría un premio.

Febrero y Marzo fueron dos meses terribles para la futura mamá: sudoraciones, nauseas, dolores de cabeza… Los médicos temían lo peor, pero finalmente nació una niña que, según se dice, “era el vivo retrato de su padre” por lo que no había dudas respecto a la paternidad.

Cuando Brenilde nació -así llamó la Avellaneda a su hija- los médicos detectaron una rara afección en el cerebro. A los pocos días tuvo varias convulsiones debido a la eclampsia sufrida por la madre durante el embarazo. Las convulsiones de la pequeña se repitieron con los días, con las semanas aumentaron y con los meses se hicieron insoportables. Muy pronto todos comprendieron que Brenilde tendría los días contados.

A duras penas, la Avellaneda se recuperó del parto y de su nueva situación personal. Pero su lucha la dirigió, principalmente, a conseguir que el padre conociese la pequeña antes del fatal desenlace.

En junio, al conocerse el nombre de los premiados, llegó la gran sorpresa: entre todas las odas presentadas la comisión juzgó digna del primero a la oda[6] autoría de un desconocido Felipe de Escalada, y del segundo a la  firmada por la propia Avellaneda[7]. Se declaró asimismo no haber lugar para un tercer premio por no considerar el resto de composiciones merecedoras y dignas del certamen.

Inmediatamente todos los periódicos se hicieron eco de la noticia y los comentarios sobre la verdadera autoría del primer premio pronto estuvieron en boca de todos.

La Avellaneda, desbordada por los sucesos que agravaban su situación personal, remitió al liceo un oficio reconociendo que la oda benefactora del primer premio era de su autoría y no de su hermano, y que siendo ella merecedora igualmente del segundo, renunciaba al mismo. El Sr. Bertrán de Lis, al ser informado de lo acontecido, ordenó a la junta se le adjudicaran ambos premios a la joven al no ver inconveniente en ello y por considerarlo estimables de la ilustre poetisa[8]. Y la llama no hizo más que avivarse en la prensa madrileña.

Los periódicos contrarios al gobierno de Narváez quizás no equivocaran del todo sus juicios respecto al concurso. Pero erraron al lanzar tantos dardos sobre la persona equivocada. La Avellaneda no fue la culpable de los posibles entresijos del certamen (Ella creía firmemente en las piadosas intenciones del mismo y en la supuesta magnanimidad de la reina). Sus dos composiciones, cargadas de gran patriotismo, enaltecían los rasgos misericordiosos de la joven reina y justamente eso es lo que se buscaba.

Amargos días hubo de sufrir la poetisa con burlas, epítetos e ignominias que se sucedieron. Penosas composiciones[9] vieron la luz impunemente por aquellos días aprovechando la libertad de prensa que se había instalado en el país no hacía mucho. Los desencantos, con toda seguridad, fueron mayores que las dichas. La Avellaneda tropezó con muchas bajezas en su camino, lo dijo ella misma en tres cartas[10], las más esclarecedoras y duras misivas de todas las escritas a Ignacio de Cepeda. En ellas describe cómo se siente, y lo que cree acerca de los acontecimientos que rondaron su vida por aquellas gloriosas e infernales jornadas[11].

El certamen le valió a la escritora, entre otras cosas, para hacerse meses más tarde con la dirección de La Gaceta de las mujeres, publicación que comenzó llamándose El defensor del bello sexo y que a partir del uno de noviembre se llamaría Álbum de las damas. Este último cambio de nombre pudo estar relacionado con una extraña polémica surgida entre ella y su amigo Nicomedes Pastor Díaz que era Secretario del Banco de Isabel II.

El desafortunado mal entendido (supuesta negativa de Nicomedes Pastor Díaz como colaborador en las publicaciones de la escritora) fue posteriormente aclarado gracias a la intermediación del escritor y diputado Pedro Sabater[12], idólatra de la poetisa en grado muy superior. El diputado valenciano era a su vez íntimo amigo de Ramón María de Narváez.

 El clamor público en su edición del 30 de octubre de 1845, insertó en sus páginas una curiosa carta de la Avellaneda aclarando los pormenores de la polémica. La maniobra fue orquestada desde la redacción del periódico El globo (enemigo de la poetisa y del gobierno), encargado de sacar a la luz el escándalo. En realidad el objetivo de ambos periódicos era el de hacer daño, en otro sentido: el político.

La poetisa, sin proponérselo, se comprometía cada vez más con la clase política. Y es sobradamente conocido que a través de los tiempos el poder (el gubernamental y el fáctico), ha utilizado a los intelectuales para hacer valer sus doctrinas.

Y en medio de todo aquello la salud de Brenilde, empeoraba. Noviembre se presentó terrible, la niña se moría. La Avellaneda, en su tremenda desesperación, absolutamente turbada la razón, gemía y aullaba a espaldas de la sociedad, la misma que le adulaba en parte y en parte la criticaba.

Pocos días antes del fatal desenlace –casi en la locura-, escribió a Tassara una desgarradora carta, especie de poema rogatorio y a la vez ultimátum dramático. Su lectura conmueve, sacude y hasta  desangra[13].

El nueve de noviembre falleció la pequeña. “Tan pronto expiró Brenhilde, Tula llevó un pintor para que hiciera un retrato de su hija a fin de perpetuar su memoria (…)”[14] Fue enterrada de nicho en el cementerio de la puerta de Fuencarral como hija de Gabriel García Tassara y de Gertrudis Gómez de Avellaneda[15].

Ramón María de Narváez fue protector y amigo íntimo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Sin dudas facilitó a la poetisa el camino para su rápido ascenso y muchas relaciones. A cambio pudo utilizar la fuerza y el poder intelectual de ella, para hacer valer sus doctrinas, las del gobierno. Nada más.

El reino de España, a pesar de la estabilidad política lograda con el gobierno de Narváez, tenía un capítulo pendiente por resolver: se trataba a nivel europeo el controvertido matrimonio de la joven Isabel II.

Entre los candidatos propuestos para el conveniente enlace, figuraba el conde de Trápani[16]. Esta candidatura, propuesta inicialmente por Juan Donoso Cortés, era la defendida por Narváez y por un amplio sector del gobierno.

El posible enlace entre Isabel II y el conde de Trápani lo creían muy beneficioso las grandes potencias europeas como: Inglaterra, Francia y hasta el mismísimo reino de Las Dos Sicilias que tardíamente reconoció la ascensión al trono de Isabel II. En contra estaban Austria (imperio que no tenía mucho peso frente las potencias antes mencionadas) y una fracción española que pensaba había demasiados borbones en el poder y que creían al conde napolitano bajo las garras de los jesuitas, orden religiosa expulsada de España diez años antes.

Narváez, oído el parecer y puesto de acuerdo con el duque de Frías y con el propio Juan Donoso Cortés, eligió a la Avellaneda como la intermediaria ideal entre el Estado y el editor estrella del momento (Benito Hortelano), para gestionar un periódico que defendiera la candidatura del conde napolitano. Al parecer la joven y premiada escritora, poseía la capacidad necesaria para tratar temas muy complejos que le competían al Estado[17]. El gobierno de Narváez debía resolver un asunto muy urgente: poner en circulación inmediata un periódico que fuera capaz de competir con otro que, además de haber ofendido al general, desestimaba la candidatura Trapani para el enlace con la Isabel II.

Esta mediación no llegó a fructificar por culpa de unas funestas declaraciones del conde Trápani. La historia fue conocida gracias al propio Benito Hortelano narrada en sus Memorias y corroborada de alguna manera por el historiador Antonio Pirala. Además, el tema fue tratado ampliamente hace sesenta años por una revista de la Diputación Provincial de Madrid[18] y vuelto a tratar posteriormente en un suplemento del periódico ABC[19].

(El último fragmento de la conferencia se publicará, como homenaje por el 201 aniversario del natalicio de la poetisa, el próximo 23 de marzo).



Notas:



[1] El artículo original analiza los años de 1843, 1844, 1845 y 1846.

[2] cfr. “Preludio para un iluminado bicentenario IX” en La divina Tula, 23-11-2013.

[3] Por la primera de las obras se entregarían 6,000 reales. y 3,000 por las otras dos, generosas cantidades si se tienen en cuenta que el salario anual de un diputado de provincias por aquella época era similar a la cantidad ofrecida por el primero de aquellos premios.

[4] cfr. El Heraldo, 10/01/1845, p 4 (La nota está firmada por Juan Nicasio Gallego)

[5] El Eco del comercio auguró “posibles batallas entre literatos” y vaticinó un polémico desenlace para el certamen al publicar que “más terribles serían las polémicas que se suscitasen después de la contienda”. Lo cierto es que nadie imaginó el verdadero resultado final.

[6] ODA EN LOOR DE LA MAGNÁNIMA PIEDAD DE S.M. LA REINA ISABEL SEGUNDA. Poesías, 1850, pp. 211-216.

[7] LA CLEMENCIA. Poesías, 1850, pp. 217-220.

[8] La entrega de los premios tuvo lugar en el magno salón de sesiones del Liceo madrileño el 19 de junio de 1845 y fue considerado uno de los más importante acontecimientos del año. El infante D. Francisco ciñó sobre la frente de la poetisa dos coronas, una de laurel y otra de oro. La Avellaneda contestó improvisando una octava que dejó al público sin respiración. A los pocos días la poetisa fue invitada por la Casa Real a pasar unos días en los Reales Sitios de La Granja y El Escorial donde compuso varios poemas.

[9] Cfr. El fandango 15/07/1845, “Sublevación mujeril”, uno de los mayores alegatos, misóginos por excelencia, compuestos en el siglo XIX, llenos de rencor y odio hacia las mujeres. Cfr. igualmente  “Preludio para un iluminado bicentenario X” en La divina Tula, 29-11-2013.

[10] Cfr. en Autobiografía y cartas de la ilustre poetisa (Cruz de Fuentes, 1914), las cartas 30, 31 y 32 de 24 de junio, 5 y 25 de julio de 1845.

[11] “Abrumada con el peso de una vida tan llena de todo, excepto de felicidad; resistiendo con trabajo a la necesidad de dejarla; buscando lo que desprecio, sin esperanzas de hallar lo que ansío; adulada por un lado, destrozada por otro; lastimada de continuo por esas punzadas de alfiler con que se venga la envidiosa turba de mujeres envilecidas por la esclavitud social; tropezando sin cesar en mi camino con las bajezas, con las miserias humanas; cansada, aburrida, incensada y mordida sin cesar..., he aquí un bosquejo de esta mi existencia, que tan fausta y brillante te finges”.

[12] Cfr. “Preludio para un iluminado bicentenario XIII” en La divina Tula, 20/11/2013.

[13] Cfr. Mario Méndez Bejarano en Tassara, nueva biografía crítica. Madrid, 1928, pp. 49-51.

[14] Cfr. Grades Fernández, Antonio. Constantina en la Historia (un relato a través de los siglos) Instituto de Gestión Gordios (Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico), Sevilla 2010. 414 páginas. Y se agrega: “A primera vista el rostro de la niña, quizás idealizado por el artista, da la sensación de estar lleno de vida”. No hemos tenido ocasión de ver el retrato.

[15] Transcripción de la partida de defunción de María García Gómez de Avellaneda (Brenilde) en Tassara, nueva biografía crítica. Mario Méndez Bejarano. Madrid, 1928. p 207 (nota 7)

[16] Hermano menor de Francisco II, rey de Nápoles, y tío de la reina casadera, pues era hermano de María Cristina, la reina madre.

[17] Cfr. “Preludio para un iluminado bicentenario XII”, La divina Tula, 12/11/2013.

[18] Cfr. Revista Cisneros, septiembre de 1954, p. 46.

[19] Cfr.  Blanco y Negro, 26/10/1957, pp. 109-110.

noviembre 05, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO (XI)

 



El nacimiento de una agente
La Avellaneda, el gobierno, la Casa Real y un periódico "navideño"
 
En el post anterior nos quedaron pendientes algunos sucesos de capital importancia acaecidos antes y posterior al fallecimiento de la pequeña María Brenilde. Hoy trataremos sobre los mismos para analizar después, con conocimiento de causa, el tema que vinculó a la escritora como posible agente del gobierno y la Casa Real.
 
Comenzaremos recordando que durante los años 1843 y 1844 la Avellaneda, además de los éxitos teatrales y fama internacional alcanzados, fue premiada durante los actos oficiales por la mayoría de edad de Isabel II al componer una histórica obra en la que enaltecía los valores de la joven reina (1). Ese fue el primer vínculo con la Casa Real, el punto de partida.
 
En agosto de 1844, por las especiales circunstancias que vive la poetisa (está embarazada), piensa en retirarse y compone Adiós a la lira, un bello canto de despedida, considerado como una de sus mejores composiciones líricas. Pero pasado un tiempo, al enterarse del concurso poético propuesto por Vicente Bertrán de Lis y animada por todos sus amigos, recupera el aliento y compone las famosas odas que posteriormente fueron premiadas.
 
Aquel controvertido certamen público del que tanto se habló durante el verano de 1845, le valió a la escritora, entre otras cosas, para hacerse meses más tarde con la dirección de La Gaceta de las mujeres, publicación que comenzó llamándose El defensor del bello sexo y que a partir del 1 de noviembre se llamaría Álbum de las damas. Este último cambio de nombre pudo estar relacionado con una rara polémica surgida entre ella y su amigo Nicomedes Pastor Díaz que era Secretario del Banco de Isabel II.
 
El desafortunado mal entendido fue posteriormente aclarado gracias a la intermediación del escritor y diputado en las Cortes Valencianas D. Pedro Sabater, idólatra de la poetisa en grado muy superior y el que se convertiría en su primer marido poco tiempo después. El diputado valenciano era a su vez íntimo amigo de Ramón María de Narváez, a través del cual obtuvo en 1846 el codiciado cargo de Jefe Político de Madrid.
 
El clamor público en su edición del 30 de octubre de 1845, publicó una curiosa carta escrita por la Avellaneda aclarando los pormenores de la polémica antes mencionada. Dicha polémica fue iniciada en la redacción del periódico El globo (enemigo de la poetisa y del gobierno), encargado de sacar a la luz el escándalo (supuesta negativa de Nicomedes Pastor Díaz como colaborador en las publicaciones de la escritora). En realidad el objetivo de ambos periódicos era el de hacer daño, en otro sentido: el político.
 
La poetisa, sin proponérselo directamente, se comprometía cada vez más, con la clase política que gobernaba y con la Casa Real. Y es sobradamente conocido que, a través de los tiempos, el poder (el gubernamental y el factico), ha utilizado a los intelectuales para hacer valer sus doctrinas.
 
El siete veces Presidente del Consejo de Ministros de España D. Ramón María de Narváez fue protector y amigo íntimo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Sin dudas facilitó a la poetisa el camino para su rápido ascenso y muchas relaciones. A cambio pudo utilizar la fuerza y el poder intelectual de ella, para hacer valer sus doctrinas, las del gobierno. Pero de ninguna manera utilizó unas supuestas relaciones sentimentales, sugeridas por algunos historiadores, porque jamás fueron amantes ni mucho menos.
 
El blog La divina Tula ha analizado varios documentos y cartas escritas por Narváez a la Avellaneda (y de ella hacía él), y en ningún caso se hace notar acercamiento amoroso alguno. Por lo que al no existir, de momento, documento que pruebe dicha teoría, desestimamos la posible relación sentimental que pudiera haber existido entre el general y la escritora. No olvidemos que Narváez le llevaba quince años a la Avellaneda, y es bien conocido que la poetisa “prefería pollos a gallos”, o sea: sentía predilección sentimental, únicamente, por los hombres mucho más jóvenes que ella.
 
El reino de España, a pesar de la estabilidad política lograda con el gobierno de Narváez, tenía un capítulo pendiente por resolver: se trataba a nivel europeo el controvertido matrimonio de la joven Isabel II.
 
Entre los candidatos propuestos para el conveniente enlace, figuraba el jovencísimo conde de Trápani, hermano menor de Francisco II, rey de Nápoles, y tío de la reina casadera, pues era hermano de María Cristina, la reina madre. Esta candidatura, propuesta inicialmente por D. Juan Donoso Cortés (2), era la defendida por Narváez y un amplio sector del gobierno.
 
El posible enlace entre Isabel II y el conde de Trápani lo creían muy beneficioso las grandes potencias europeas como: Inglaterra, Francia y hasta el mismísimo reino de Las Dos Sicilias que tardíamente reconoció la ascensión al trono de Isabel II. En contra estaban Austria (imperio que no tenía mucho peso frente las potencias antes mencionadas) y una fracción española que pensaba había demasiados borbones en el poder y que creían al conde napolitano bajo las garras de los jesuitas, orden religiosa expulsada de España diez años antes.
 
En el post anterior habíamos dicho que, gracias al certamen público del Sr. D. Bertrán de Lis, la Avellaneda fue invitada a los Reales sitios (El Escorial y La Granja). Hoy queremos añadir que en el primero de aquellos palacios compuso una famosa obra a petición de S.A.R. D. Francisco de Paula titulada, Al Escorial y que, según palabras suyas en carta a Ignacio de Cepeda, “Arrebató a Madrid”. Después, durante su paso por La Granja compuso un soneto dedicado a Bernardino Fernández de Velasco y Benavides, duque de Frías (3) (recién vuelto a la actividad política), respondiendo a otro que él le había dedicado. Y por si esto fuera poco, la poetisa compuso una oda dedicada a S.M. la Reina, homenajeándola por su quince cumpleaños. El general Narváez (elevado en aquellos días a la dignidad de duque de Valencia y grande de España por la propia reina) fue el que hizo la petición a la escritora. Esta composición fue publicada por El Heraldo el 19 de noviembre.
 
Demasiadas vinculaciones con la Casa Real en tan poco tiempo han hecho pensar a algunos investigadores actuales que el artículo “Sobre la capacidad de las mujeres en el gobierno” aparecido en La ilustración: Álbum de las damas donde la Avellaneda defiende la capacidad femenina para gobernar pueblos y administrar los intereses públicos, fuera encaminado únicamente a potenciar la estabilidad que España quería brindar a Europa con Isabel II en el trono. Es cierto que la escritora apoyaba al gobierno de la joven reina. Pero nosotros creemos que iba mucho más allá. Gertrudis Gómez de Avellaneda estaba convencida del menospreciado potencial femenino por parte de algunos hombres, y lo que hizo fue demostrar lo contrario en su artículo, aunque el asunto tratado le costase algo caro, históricamente hablando.
 
Todo parece indicar que Narváez, oído el parecer y puesto de acuerdo con el experimentado duque de Frías y con el propio Juan Donoso Cortés (artífice de la candidatura Trapani para el enlace con Isabel II), eligieran a la Avellaneda como la intermediaria ideal para gestionar un periódico que defendiera la candidatura del conde napolitano. La joven y premiada escritora, además del talento y la impresionante belleza, poseía la capacidad necesaria para tratar y resolver asuntos tan complejos como los que le competían al Estado. Y el gobierno debía resolver un asunto muy urgente: poner en circulación inmediata un periódico que fuera capaz de competir con otro que, además de haber ofendido al general, desestimaba la candidatura Trapani para el enlace con la Isabel II.
 
La Avellaneda, al ser preguntada al respecto durante una amistosa reunión, propuso al editor dandy del momento, D. Benito Hortelano (4) que, a pesar de ser enemigo acérrimo de Narváez, sería el único capaz de resolver tal asunto en escasas horas. Narváez no dudó un instante en aceptar la sugerencia y designó a la mismísima Avellaneda como mediadora directa en el asunto.
 
Y así fue como nació el agente Gertrudis Gómez de Avellaneda. Mediación que ha llegado a sorprender, curiosamente, a algunos historiadores contemporáneos cuando los acontecimientos eran harto conocidos desde principios del siglo XX. El propio Benito Hortelano los narró en sus Memorias (5) y lo corroboró de alguna manera (al menos su participación en los hechos) el historiador Antonio Pirala (6). Además el tema fue publicado en 1957 por la revista Blanco y Negro (7) y también apareció en otro artículo de una revista de la Diputación Provincial madrileña (8).
 
Todo comenzó en medio de la Nochebuena del 24 de diciembre de 1845. Serían pasadas las diez cuando se apareció la Avellaneda en casa de Benito Hortelano acompañada del entonces jovencísimo Antonio Pirala.
Menuda sorpresa se llevó el famoso Sr. Hortelano al ver en medio de semejante celebración a la mismísima Gertrudis Gómez de Avellaneda.
 
Continuará…
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
Avance:
En el siguiente post narraremos y analizaremos los acontecimientos tal y cómo sucedieron entonces, según nos han hecho saber los protagonistas en sus escritos.
 
 
Citas:
 
 
(2)   Juan Donoso Cortés (Badajoz, 1809 - París, 1853) Filósofo, literato, político y diplomático español. Se dio a conocer políticamente en 1832 con Memoria actual de la monarquía, en la cual propugnaba un institucionalismo moderado al estilo de la Carta Otorgada francesa, y que por su oportunidad le llevó al Ministerio de Gracia y Justicia.
Más ligado a la corona que al liberalismo, se opuso a las ideas progresistas, en especial después del motín de La Granja y de la promulgación de la Constitución de 1837. Parlamentario moderado del grupo de Narváez, los intentos revolucionarios de 1848 provocaron su renuncia pública al liberalismo.
Después de su primera estancia en Francia, en contacto con el ultramontanismo de Bonald y De Maistre, escribió Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851), en el que expone que la secularización de la sociedad y el liberalismo son obra del orgullo humano; el castigo de este pecado es la revolución, evitable mediante la sumisión al cristianismo y a la Iglesia católica.
 
(3)   Bernardino Fernández de Velasco y Benavides (Madrid, 1783-1851),  Fue un noble (XIV Duque de Frías, IX Duque de Uceda, XIV duque de Escalona, XVI conde de Oropesa, XIV marqués de Villena, XI Conde de Peñaranda y XII Marqués de Frechilla y Villarramiel), político, militar, diplomático y escritor español.
En 1823, con la restauración del absolutismo, se exilió en Montpellier hasta que en 1828 regresó nuevamente a España. En 1838 fue elegido senador por León y ese mismo año Presidente del Consejo de Ministros de España.
Después de un período de inactividad, en 1845 regresó a la actividad política como senador vitalicio, si bien dedicó su mayor tiempo a la literatura.
 
(4)   Benito Hortelano Balvo (Chinchón, 3 de abril de 1819 - Buenos Aires, 13 de marzo de 1871), periodista, editor y escritor español. Hijo de agricultores. Trabajó en el campo hasta los diecisiete años, momento en que se traslada a Madrid, pasando de ser un jornalero de Chinchón a convertirse en un típico dandy decimonónico. En Madrid se dedicó al periodismo, implicándose políticamente en el Partido Liberal, apoyando al general Baldomero Espartero y luchando contra el general Narváez.
Colaboró con el filósofo y teólogo Jaime Balmes en la publicación de varios de sus libros, y cuenta en sus Memorias que conoció a la poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. Participó en la revolución de Madrid del 7 de mayo de 1848 y, por motivos políticos y económicos, tuvo que exiliarse, primero a Francia y después a Buenos Aires, ciudad donde alcanzó cierta notoriedad en el campo del periodismo y la edición. Fue uno de los fundadores de la "Sociedad Tipográfica Bonaerense"
Publicó en Buenos Aires la Revista España y un Tratado de Tipografía y en el año 1860 escribió sus Memorias que publicó la Editorial Espasa Calpe en el año 1936. En estas memorias dejó sus recuerdos de niñez en su Chinchón natal y un resumen de su ajetreada vida que da cabida a excelentes noticias sobre las publicaciones de su tiempo.
 
(5)Hortelano, Benito. Memorias de Benito Hortelano. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1936.
 
(6)Antonio Pirala Criado (Madrid, 27 de marzo de 1824 - Madrid, 22 de junio de 1903), historiador y político español, conocido por sus obras sobre la historia de las Guerras Carlistas. Fue jefe superior de administración civil e individuo de número de la Real Academia de la Historia. Dirigió en Madrid El Profesorado (1857) y colaboró en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, Flor de la Infancia (1868), La Ilustración Española y Americana, La España Moderna, Gente Vieja (1902) y otros periódicos y revistas. Liberal progresista, fue individuo de honor y mérito de la Academia de Profesores de Primera Enseñanza de Madrid. Colaboró en la Enciclopedia moderna de Francisco de Paula Mellado.
En Anales de la guerra civil (1853) esboza su futura obra sobre las guerras carlistas y analiza las dos primeras. Historia de la guerra y de los partidos liberal y carlista aumentada con la regencia de Espartero (1868). En 1875 se editaría la continuación, Historia contemporánea: Anales desde 1843 hasta la conclusión de la actual guerra civil. Años más tarde la prolongó hasta el fallecimiento de Alfonso XII.
Antonio Pirala almacenó datos y documentos de todas las procedencias, ya que sostuvo una gran amistad con los principales protagonistas de las guerras carlistas y estos le cedieron sus documentos personales. Es citado y considerado como fuente indispensable para el conocimiento profundo de esa época.
 
(7)Bordes M. Hortelano, Alicia. Blanco y Negro (Suplemento del ABC) 26 de octubre de 1957. P 109-110
 
(8)Bordes M. Hortelano, Alicia. Hombres ilustres de la provincia de Madrid. Revista Cisneros. Diputación Provincial de Madrid, 1954. Página 46.
 
 
 
Bibliografía consultada (solo parte de ella):
 
Semanario pintoresco español, Revista literaria El español, La posdata, El eco de las provincias, La esperanza, El heraldo, El eco del comercio, El espectador, El fandango, El Universal (Hemeroteca, BNE)
 
 
 
 
Hortelano, Benito. Memorias de Benito Hortelano. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1936.
 
Donoso cortés, Juan., Obras Completas, tomo 2º, Madrid, 1946.
 
Simón Palmer, María del Carmen. Gertrudis Gómez de Avellaneda, agente político. Studi Ispanici. Instituti Editoriali e Poligrafici Internacionali. Pisa, Roma 2005. PP 341-348
 
Cabello Díaz, María Encarnación. El conde de Trápani, breves datos biográficos.