Mostrando entradas con la etiqueta Isabel II. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isabel II. Mostrar todas las entradas

marzo 15, 2020

LA MUJER III

Tomiris (Tahm-Rayiš), reina de los masagetas,
pueblo escita formado por una confederación de tribus de Asia Central.


La mujer considerada
respecto a su capacidad para el gobierno de los pueblos y la administración de los intereses públicos.


Por Gertrudis Gómez de Avellaneda


I

        Aunque somos deudoras al Cristianismo de la proclamación solemne de la dignidad de la mujer, cuyos derechos de compañera del hombre y su cohabitante del cielo quedaron para siempre consignados; y aunque sea cierto también que a pesar de ello —y en deplorable muestra de la resistencia que opusieron las tinieblas de la razón humana al luminoso espíritu del Evangelio— todavía fue objeto de risibles debates la singular cuestión de si debía ser considerado nuestro sexo como parte integrante de la especia racional (1), es hecho no menos evidente que desde muy antiguo —y a despecho de todas las egoístas teorías del sexo dominador— cedía éste en la práctica la influencia poderosa del avasallado, y hasta reconocía en él, como por instinto, cierta grandeza, que no acertaba a explicar sino atribuyéndole inspiraciones divinas. La historia de los francos, los celtas y los germanos, nos muestra a cada paso la veneración que alcanzaban entre aquellos pueblos las mujeres, en cuyas manos depositaban muchas veces —al ocurrir circunstancias graves— toda la autoridad civil y política. Los francos podían censurar libremente la conducta de sus magistrados, pero no les era permitido poner en duda la sabiduría de los consejos femeniles, porque eran reputados oráculos del cielo.
        En las Galias se instituyó un tribunal de damas, que fue por largo tiempo el más ilustre y respetable de la nación: el alto concepto de que gozaba, aún entre los extranjeros, resplandece en el hecho de que al concluir Aníbal un tratado de paz con los galos, estipuló solemnemente que, si alguno de estos cometía ofensa contra un cartaginés, sería sometido al fallo del senado de damas, y no a ningún otro.
        ¡Cosa notable! Cuando decayó la influencia de la mujer en las Galias, y la administración del país quedó exclusivamente en manos de los Druidas, aquel pueblo —independiente y vencedor hasta entonces— no tardó mucho en verse tributario de Roma (2).
  


II

        En ningún tiempo la mujer —no obstante, su pasada degradación— ha dejado de empuñar algunas veces el cetro del poder, y ¡cosa también notable! Casi siempre lo ha empuñado con gloria.
        Tomiris, a la vez que reina, fue legisladora de los escitas. Dido [o Elisa de Tiro] fundó la nación que llegó a ser con el tiempo rival temible de la dominadora del mundo [Roma]. Semíramis [fundadora del reino babilónico, identificada también como reina asiria] brilla entre los monarcas caldeos con un resplandor que —traspasando sombra de los tiempos— ha llegado a nuestros días. Débora —a quién ya citamos como belicosa heroína— no se hizo notar menos por su acierto en la administración de justicia. Las dos Artemisas merecieron que aún vivan sus nombres. Zenobia [reina del imperio de Palmira] no les probó a los romanos que era un gran capitán, sino después de ser venerada por sus súbditos como una grande reina, y así alcanzó de sus mismos enemigos el glorioso título de Augusta.
        Si cesando de remontarnos a tan lejanas edades, nos fijamos un momento en las del Cristianismo, preséntansenos en tropel una Amalasunta [reina de los ostrogodos], que se conquista el nombre de Salomón de su sexo; una Alix de Champaña [Alice o Adela de Champaña], regenteando con singular acierto la turbulenta Francia durante la minoría de su hijo Felipe Augusto; una Margarita de Valdemar, que une en sus sienes las coronas de Noruega, Dinamarca y Suecia, oyéndose aclamar la Semíramis  del Norte; una Sancha de León, mereciéndose el dictado de heroína leonesa; una Berenguela de Castilla, a quien da la historia el sobrenombre de Grande; una madre de san Luis, digna de este título y del de hermana de la gran Berenguela; una María Teresa, cuya figura histórica no tiene rival entre los monarcas austriacos; una Isabel de Inglaterra, maestra en la ciencia política; una María de Molina, que empuñando el timón del Estado en circunstancias difíciles, hace proverbial su prudencia… Volved la vista, en fin, hacia esas ilustres princesas de la Rusia, continuadoras de la asombrosa revolución iniciada por Pedro el Grande, y durante su gobierno femenil mirad abolir suplicios, promover reformas, cultivas las ciencias y las artes, llevar a cabo colosales empresas que ensanchan los límites y la preponderancia del Estado, poblándose el Mediterráneo  como el océano de buques construidos a las orillas del Báltico y del Mar Negro.
        Después, por conclusión (pues de seguro no nos pediréis más), deteneos algunos minutos contemplando con legítimo orgullo nacional la magnífica figura de Isabel la Católica. Miradla —recibiendo de un rey impotente una nación arrastrada a los bordes de su ruina— empuñar con mano vigorosa el cetro por tanto tiempo juguete de facciones, y —acallando exigencias de un marido que se juzga desairado dejando a su exclusivo cargo las riendas del gobierno— plantear sin descanso larga serie de sabias disposiciones, por medio de las cuales pone freno a ciegas parcialidades; ahoga ambiciones locas de una oligarquía turbulenta; anula el anárquico poder de las órdenes militares, cuya grandes maestranzas reasume el trono; echa por tierra los privilegios rodados; reforma el clero; instituye hermandades que purguen la tierra de malhechores; restablece y asegura las tranquilidad de los pueblos, y —fomentando el comercio, la navegación, la industria, la agricultura y las ciencias— abre los caminos de los honores y de la riqueza, al talento creador y a la virtud laboriosa… Miradla sacar al Erario —con auxilio de las Cortes —de la profunda extenuación a que lo redujeron pésimas administraciones; ordenar la forma y los atributos de superiores tribunales; tirar las primeras líneas para la magna obra de una legislación armónica, común a todos sus dominios; asentar, en fin, la monarquía sobre sólidas bases, y —cuando logra alzarla vivificada por el nuevo espíritu que la infunde— llamarla a las armas, ceñirse el casco guerrero, blandir la espada de Pelayo, y conducirla —bajo la enseña de la cruz— a arrojar a los ismaelitas, que aún mancillan el hermoso suelo de Granada, a los desiertos arenales del África.
        La Europa entonces saluda con asombro tan excelsa gloria femenil —que hace ya presentir los próximos laureles de España en el Rosellón y en Italia— y la Providencia le abre un nuevo mundo donde se extienda triunfante, para constituir aquel imperio grandioso, del que pudo decirse que nunca el sol cesaba de alumbrarlo.
        Después de esto, ¡quién se atreverá a poner en duda la capacidad privilegiada de la mujer para los arduos deberes del gobierno? Privilegiada he dicho —¡notadlo bien!— porque los individuos de nuestro sexo que han regido naciones están en exigua minoría comparativamente a los del otro, y atendida esa diferencia, son más los nombres regios femeninos que consagra la historia, que los nombres regios varoniles.
        Podemos tirar el guante al sexo fuerte, provocándole a esta decisiva prueba. Nosotras sentamos sin vacilar que, de cada diez reinas por derecho propio, señalaremos cinco, cuando menos, dignas del respeto de la posteridad; ¿se atreverá él a presentarnos, de cada cien reyes, cincuenta que merezcan igual honra?


(1)        Dicha discusión fue seriamente discutida en un concilio (no ecuménico), que sólo después de muchas dificultades pronunció la afirmativa. Véase la Historia de Gregorio de Tours, libro VIII, y los Ensayos de Saint Foix.

(2)        Historia de las Galias, por el benedictino D. Martín, tomo I.

septiembre 09, 2013

PRELUDIO PARA UN ILUMINADO BICENTENARIO (IV)

Teatro del Circo en la Plaza del Rey, Madrid. La noche del lunes 6 de noviembre de 1843 se puso en escena por sexta vez consecutiva el ballet Giselle.
 
 

Otra vez Madrid


Iniciando el verano del cuarenta y tres (1843) regresó Gertrudis Gómez de Avellaneda a Madrid, ciudad que vivía intensos acontecimientos políticos, aunque la escritora intentaba mantenerse al margen (aparente) de la situación creada.
 

Renovada y pletórica reanudó la Avellaneda sus actividades literarias, labores que incluían el leer las nuevas críticas que algunos literatos de gaceta se habían empecinado en atacar durante su ausencia. Pero no prestó demasiado interés por ninguna de aquellas detracciones porque las consideró nimiedades y bagatelas de redacciones frívolas y mundanas... Más importante fue conocer a través de los grandes poetas y amigos José Manuel Quintana y Nicasio Gallego que, tanto la joven reina Isabel II como su hermana Luisa Fernanda se habían leído (en solo dos días) los cuatro tomos de su novela Dos mujeres. El gabinete literario se mostraba muy orgulloso con la publicación de los citados tomos, y eso era más que suficiente para la escritora.
 

Durante su estancia en París (de la cual no dio cuenta a nadie en especial), sus amigos y admiradores se habían multiplicado exponencialmente. Y tanto fue así, que hubo de pasarse toda una semana leyendo y respondiendo correspondencia de personas de ambos sexos que no conocía para nada, pero que se mostraban tremendamente agradecidos y agradecidas por su quehacer literario. Entre tanta epístola recibida y acumulada, apareció una cuyo destinatario parecía haberla olvidado por completo: Ignacio de Cepeda. Sentimientos encontrados se apoderaron de la escritora en aquel momento. Por una parte su corazón palpitó como el de un ave canora en pleno cortejo (no podía evitarlo), por la otra su renovado orgullo -aderezado por cierta vanidad de escritora de reciente éxito- la detuvo firmemente. Recordó los consejos amatorios recibidos en París por boca de la más que experimentada George Sand y actuó en consecuencia.
 

Ignacio de Cepeda, el cual se veía retratado -con justísima razón- en el personaje de Carlos de la novela Dos mujeres, le pedía un retrato suyo y un ejemplar firmado de la obra. La Avellaneda, después de hacer volar su imaginación por los feudos de Afrodita, Venus, Eros y Cupido juntos, le respondió que si quería todo aquello que él reclamaba (y más…), se viniera directamente a buscarlo en Madrid. Eso sí, a renglón seguido añadió con profunda intuición de lo estético -y lo sublime-, así como con delicada y armoniosa finura melódica que siempre le caracterizó (pero con un acusado propósito de sinceridad para con el sevillano), una sutil estrofa de lo que más tarde sería considerado como uno de sus más afamados poemas:
 

“Se vuelve con rostro encendido;
quiere gritar...
Mas yo murmuraba a su oído:
¡Ley es amar!”


Al recibir y leer de vuelta aquella misiva, Ignacio de Cepeda ensilló uno de sus caballos en su finca de Almonte y galopó durante cinco leguas seguidas dirección a la sureña aldea del Rocío. Allí, junto a su exhausto corcel, bebió y se refrescó en el charco de la boca y no hubo de regresar a Almonte hasta bien entrada la noche. Solo su hermano Curro1 supo el verdadero motivo de aquella iracunda escapada. Ignacio de Cepeda se encontraba en una difícil encrucijada de amor: Sus familiares le habían planificado desde hacía muchos años un futuro enlace matrimonial con la Govantes, una agraciada joven de acomodada familia. Pero él no podía olvidar de ninguna manera a la bella y talentosa Peregrina que tanto le había amado (y le amaba). Luchaba internamente contra él mismo, dudaba martirizándose.
 

Dos meses más tarde la Avellaneda cambió de domicilio sin motivo aparente. El espíritu de la condesa de Jaruco que, según ella, deambulaba por su jardín de la calle Clavel ya no le reportaba beneficios creativos. Se buscó una nueva vivienda en la calle del Desengaño. No sabemos si la "sabia" elección del nuevo sitio para habitar, pudo estar causado por el hecho de conocer, a través de Concha2, su amiga y madre de sus dos sobrinos, que el mencionado noviazgo entre Ignacio de Cepeda y María de Córdova y Govantes3 iba en serio pues era motivo de comentario entre la sociedad almonteña y hasta entre la sevillana. Pero conociendo los impulsos y el extremado romanticismo de la Avellaneda, todo podía ser posible.
 

Instalada ya en la "contrariada" calle madrileña del Desengaño, la Avellaneda se dedicó a proyectar la publicación de una gaceta que se traía entre manos. A la par comenzó a escribir un drama para el teatro y dos nuevas novelas, ambas totalmente diferentes a las dos primeras. En una de ellas, el protagonista, sería un hombre, pero no un hombre cualquiera. Se trataba de un bandido italiano llamado Espatolino. El título de la futura novela llamó la atención de Antonio Flores, redactor principal de un futuro periódico madrileño próximo a salir, El Laberinto4 que, sin conocer los detalles de la obra (apenas esbozada por su autora en los círculos literarios y políticos de todo Madrid), cedió las páginas que fueran necesarias para su publicación futura5 (como así sucedió en 1844). No sabemos si en esto tuvo también algo que ver la posible influencia ejercida por general Narváez, importante político y militar español al que la escritora había conocido tres meses antes en París y el cual sentía por ella una profunda admiración. El Espadón de Loja -como era conocido el capitán general de Madrid-, acababa de ser ascendido a teniente general por su gran acción bélica en la que derrotó a las tropas de Baldomero Espartero, general este último al que obligó marchar al exilio en Londres. En aquellos días estaba en boca de todo Madrid.
 

El general Ramón María de Narváez, en cuanto le fue posible, anunció su visita a la Avellaneda a través de un billete que le envió con su ayudante, el coronel Basseti. Ella, que recibía exclusivamente los lunes en la tarde, aceptó cediendo cualquier otro día de su calendario, si fuera menester. Ni la Avellaneda, ni su familia se lo podían creer (Francisca, su madre, ya se había venido desde Sevilla con los tres hermanos menores de la Avellaneda para residir en la capital) El famosísimo capitán general de Madrid les visitaría. La noticia se esparció inmediatamente calle del desengaño abajo, llegando a comentarse hasta en la mismísima puerta del sol gracias a le lengua de los criados. "La Avellaneda comienza a mezclarse ya con la peligrosa y alta política..." llegó a decir un literato detractor de la escritora en el café de El Parnasillo. Los propios criados de lengua suelta, trajeron de vuelta a casa las murmuraciones.
 

Acontecieron por aquellos días en Madrid y en toda España sucesos tremendamente importantes que afectaron de una manera, u otra, la vida y obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Desde el punto de vista literario, uno de ellos fue la salida inminente de Álbum del bello sexo o las mujeres pintadas por sí mismas, la gaceta que estaba proyectando la escritora desde su regreso y que ella misma propuso a la imprenta de El Panorama Español -con cierto apremio- ya que justamente pretendía competir con Los españoles pintados por sí mismos, obra que editaba el “portentoso” señor Boix6, al frente de la competencia.
 

Es meritorio señalar que Álbum del bello sexo… se adelantó catorce años a su homónima francesa Les Femmes peintées par elles mêmes. Sobre esta publicación me atrevería decir que se ha escrito poco y en algunos casos hasta se han mal interpretado los motivos que llevaron al cese de la empresa cuando solo se habían editado las tres primeras entregas. Baste leer la prensa española de la época para comprender la importancia que pudo tener la mencionada publicación, enmarcada dentro del panorama literario (y también) político español.
 

En una época tan temprana como el año de 1843, escribir para las mujeres y por una mujer, parecería una empresa imposible. Pues no. Gertrudis Gómez de Avellaneda lo hizo con gran profesionalidad y absoluta brillantez. Así nació la citada publicación en cuyo primer número aparecía el artículo La dama de gran tono7, obra de su autoría y joya de la literatura universal (y de la que muy pronto el blog La divina Tula dará noticias que tienen que ver con la actualidad y el bicentenario a celebrarse en 2014). Pero días antes de salir este primer número (del cual nos ocuparemos especialmente en el próximo post), visitó el general Ramón María de Narváez en compañía de Salvador Bermúdez de Castro8, una vez más, a la Avellaneda con el objetivo de felicitarle por la inminente publicación de la citada obra que se anunciaba discretamente en la prensa madrileña, pero que él sabía era un trabajo de gran lujo.
 

La visita se produjo la tarde del lunes 6 de noviembre de 1843, a escasos días de la proclamación de la mayoría de edad de la reina. La Avellaneda aprovechó aquel segundo encuentro para informar al general de sus futuras creaciones en las cuales trabajaba arduamente. Se trababa de dos novelas, una sobre la vida de un bandido italiano (Espatolino), y la otra sobre la conquista de Méjico (Guatimozín). También informó al general sobre un drama que reciente acababa de escribir (Munio Alfonso) y que pretendía dar a la empresa del Teatro de la Cruz, cuya respuesta por parte de los actores esperaba ansiosamente. Complacido el general por la cantidad de gratas nuevas (noticias que ya conocía, pues Salvador Bermúdez de Castro le mantenía informado de todo), se despidió de la Avellaneda y de sus familiares que le recibieron esa tarde. Pero al poco de salir, sucedió lo impensable. El general, se hubo de desviar un poco de su trayectoria para recoger a su ayudante, el comandante Basseti que le esperaba en la calle de San Roque (se dirigían al teatro del Circo para acompañar a S.M. Isabel II que asistiría a una representación del Ballet Giselle…) Pero al regresar por la misma calle del Desengaño dirección a la plaza del Rey, exactamente a la altura de la iglesia de San Martín de Tours, en el antiguo convento de Portacoeli le perpetraron al general un monstruoso atentado9. Sonaron más de veinte disparos que la Avellaneda escuchó desde su habitación. Un carruaje a toda velocidad pasó por frente a su casa. Los criados informaron que se trataba de la berlina del general.

Continuará…
 
 
Manuel Lorenzo Abdala
 

Citas y referencias:
 
1.- Francisco Cepeda y Alcalde (Curro), hermano menor de Ignacio de Cepeda y Alcalde. En 1839, cuando la Avellaneda mantenía relaciones con Ignacio, su hermano Curro mantenía una relación formal con la hermana de Concepción del Cerro (Concha) que era amante de Manuel Gómez de Avellaneda.
 
2.- Concepción del Cerro Noriega (Concha) mantuvo una larga relación en Sevilla con Manuel Gómez de Avellaneda. Con él tuvo 3 hijos fuera del matrimonio de los cuales sobrevivió solo uno. Manuel Gómez de Avellaneda nunca quiso casarse con ella, pero mantuvo una larga relación de amor carnal (puro sexo). Fue amiga durante toda la vida de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
 
3.- María de Córdova y Govantes fue la esposa de Ignacio de cepeda y Alcalde y la madre de sus tres hijos. Al fallecer su marido en 1906 entregó a Lorenzo Cruz de Fuentes en Huelva, los originales de todas las cartas que su marido había recibido (y guardado celosamente) de Gertrudis Gómez de Avellaneda para que fueran dadas a conocer al mundo en una publicación. Autobiografía y cartas se editó en 1907. Gracias a la tremenda generosidad de la señora Govantes de Cepeda, todas  las generaciones futuras, hemos conocido y disfrutado desde el punto de vista literario e histórico con la relación y el epistolario de amor más importante escrito en siglo XIX.
 
4.- El laberinto, fue un importante y famoso periódico español, cuyo primer número salió del 1 noviembre de 1843 bajo la dirección de Antonio Flores. A partir de 1845 lo dirigió Antonio Ferrer del Río, fusionándose con la revista pintoresca del tiempo y el globo pasando a ser propiedad absoluta del famoso editor señor D. Ignacio Boix.
 
5.- El primer capítulo de la novela Espatolino salió publicado el 16 de enero de 1844.
 
6.- Ignacio Boix, fue uno de los más afamados tipógrafos y editores españoles del siglo XIX (Hombre de gran poder en la industria de la imprenta)
 
7.- “La dama de gran tono”. Álbum del bello sexo o las mujeres pintadas por sí mismas. Imprenta de El Panorama Español. Madrid, 1843 (Actualmente puede consultarse un único ejemplar en la Hemeroteca Municipal de Madrid)
 
8.- Salvador Bermúdez de Castro. Poeta, historiador y diplomático español, muy amigo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Posiblemente el nexo directo entre la escritora y el general Ramón María de Narváez, así como también entre la escritora y Gabriel García Tassara, su futuro amante y padre de su única hija.
 
9.- El atentado fue perpetrado el lunes 6 de noviembre de 1843, previo a la declaración de la mayoría de edad de la reina Isabel II. El primer periódico que publicó la noticia fue La posdata Nº 560, el martes 7 de noviembre de 1843 en la portada.
 
 
Bibliografía:
 
-Ana Peñas Ruiz, “Aproximación a la literatura panorámica española (1830-1850)”, en Interférences littéraires/Literaire interferenties, n° 8, “Croqués par eux-mêmes. La société à l’épreuve du “panoramique””, Nathalie Preiss & Valérie Stiénon (eds.), mayo 2012, pp. 77-108.)
 
–"El Álbum del bello sexo o Las mujeres pintadas por sí mismas, entre el casticismo y la sátira", en Actas del III Congreso Internacional de Hispanistas, Málaga-Ceuta, Algazara-U. N. E. D. de Ceuta, 1998, pp. 481-503.
 
-Rabaté, Colette “¿Eva o María? Ser mujer en la época isabelina. Estudios históricos y biográficos. Ediciones Universidad de Salamanca, 2007
 
-Biblioteca Nacional de España, hemeroteca. Periódicos: El católico, El eco del comercio, La posdata, El heraldo. (Junio-diciembre de 1843)
 
-Hemeroteca Municipal de Madrid


abril 08, 2013

ESPATOLINO

 
Introducción


Espatolino, es una emocionante novela de aventuras basada en la vida de un famoso brigante italiano durante la ocupación francesa de Nápoles.
 
Tanto como Robín Hood, Espatolino roba a los ricos para dar de comer a los pobres, vengándose de la injusta y desequilibrada sociedad imperante.
 
El “bandido” actúa entre Roma y Nápoles, donde tiene una red de agentes y espías que lo mantienen al tanto de los movimientos del gobierno, de la policía, y de las rutas de viajeros. Es ágil y diestro con las armas y su nombre es una leyenda a lo largo del país. Pero un día conoce a una bella joven: Anunziata… Y a partir de ese momento las cosas cambian para él, se enfrenta entonces a un adversario muy difícil de vencer.
 
A través de sus vivos retratos y apasionadas conversaciones, la autora describe y denuncia las intolerables condiciones de las prisiones y los crueles métodos penales de su tiempo.
 
El conocido escritor, político, militar y cervantista Luís Vidart Schuch, en Consideraciones generales sobre la novela moderna, aplicada a las obras literarias de Gertrudis Gómez de Avellaneda, escribió en 1870 lo siguiente:
 
 
Sigue la Sra. Avellaneda en su novela Espatolino la misma tendencia de humanitaria benevolencia, que ha inspirado las páginas del Artista barquero. Espatolino, el famosísimo bandido italiano, ha llegado al mal, no obstante sus elevados instintos, por circunstancias terribles en que le ha colocado la suerte. Espatolino ha visto en el mundo a la hipocresía usurpando el puesto de la virtud; al interés mezquino vendiendo al amor; a la perfidia vil disfrazándose bajo el velo sagrado de la amistad; al libertinaje del poderoso queriendo pagar con oro la honra del desvalido; a la desgracia humana, en fin, confundiendo al crimen y a la desgracia en una misma ignominia, en esos establecimientos penales cuyas defectuosísimas condiciones los hacen más bien focos de corrupción contagiosa que no asilos de corrección y enseñanza.
 
El bandido italiano, tal como le describe la Sra. Avellaneda, viene a representar la protesta del individuo sublevado contra la ley social, por considerarla ineficaz para reprimir el mal, ya que no causante y fomentadora de este mal mismo.
 
Hallase además en Espatolino una ardiente y vigorosa condenación de la pena de muerte, que por más que haya sido defendida por filósofos tan ilustres como Manuel Kant y el hegeliano Vera, es lo cierto que hoy por hoy se ve rechazada por la dulzura de las costumbres modernas y por los pensadores más liberales que de filosofía del derecho en sus obras se ocupan. He aquí como la Sra. Avellaneda, sin salir de los límites de una fábula novelesca, escribe también un capítulo de la ciencia del derecho bajo el punto de vista del sentimiento estético.
 
 

Espatolino es la tercera novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, escrita cuando su autora aún no contaba con treinta años.
 
Motivado por el arrollador éxito editorial obtenido con las novelas anteriores, Sab y Dos mujeres, el director del conocido periódico de la época El laberinto, D. Antonio Flores, logra convencer a la Avellaneda, y adelanta su impresión como novela escrita, editándole de manera seriada en su boletín durante quince exitosas semanas consecutivas. Según puede comprobarse en diferentes publicaciones, El laberinto fue líder de ventas en 1844 gracias, entre otras cosas, a la serie de aventuras Espatolino. Sin embargo como novela impresa tuvo que esperar algunos años más debido, principalmente, a los éxitos dramáticos que se sucedieron a continuación en la carrera de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Pero no solo por ello; en 1844 la tesis de la novela no gustó demasiado a determinados sectores políticos y eclesiásticos, a pesar del progresismo reinante. No fue hasta 1858 que la imprenta de Luís García, editor de la prestigiosa colección Biblioteca literaria, ubicada en la calle de San Bartolomé número 4 de Madrid, decidió publicarle con la anuencia de los censores de turno (fiscalía de novelas) y el absoluto beneplácito de los reyes de España.


Con tan solo trece años, Isabel II leyó -escondida de sus consejeros espirituales- la serie en El laberinto. Y según auténticas fuentes palaciegas, la joven llegó a desear convertirse en la mismísima Anunziata, protagonista femenina de la serie. Isabel vagaba descontroladamente por los corredores de Palacio, clamando ser raptada por el mismísimo Espatolino. Lo curioso de todo es que, según se afirma en otros documentos aún no dados a la luz pública, lo mismo hacía su cándido primo y posterior marido, Francisco de Asís María Fernando de Borbón y Borbón-Dos Sicilias en efervescente competencia de adolescente romántico…
 
En 1870 Gertrudis Gómez de Avellaneda realiza algunos cambios y ajustes en el texto, y la novela es incluida en el volumen IV de sus obras completas.
 
Peor suerte corrieron sus anteriores obras Sab y Dos mujeres, que resultaron excluidas de dicha colección, algo que hasta nuestros días casi nadie ha podido explicarse.
 
Durante el siglo XX Espatolino ha tenido varias ediciones en diferentes países. A veces en publicaciones seriadas -imitando a su primera publicación-, a veces como novela en sí misma.
 
El blog La divina tula tiene el gusto de realizar una nueva edición, acompañada de pinturas y grabados de la época y del lugar donde transcurre la historia. Esperamos que nuestros lectores disfruten libremente, una vez más, de la obra literaria de una de las más importantes escritoras de Hispanoamérica en el siglo XIX.
 
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
 
 
Portada del periódico El laberinto del 16 de enero de 1844, donde apareció publicada Espatolino por primera vez.
 

Página 62 de El Laberinto donde puede leerse parte del capítulo I de Espatolino. El resto de la novela aparece en las pp 63-65. Un ejemplar como este y los catorce siguientes fue el que leyó la adolescente Isabel II y su primo Francisco.
 
 
Dos ejemplos de diferentes ediciones de Espatolino. A la derecha la primera página de la novela publicada en 1858, y a la izquierda, la carátula de la portada del suplemento de la revista Jeromin que la publicó el 27 de octubre de 1932.

 

enero 26, 2013

Gertrudis Gómez de Avellaneda y la familia real

 
Jura de  Isabel II como reina de España. A la derecha detalle y ampliación del boceto. Las poetisas Carolina Coronado y Gertrudis Gómez de Avellaneda asisten al acto.
 
La Avellaneda en los actos por la mayoría de edad de Isabel II
Tula en la Jura de la Constitución
Poco, muy poco conocidos son los cuadros que se conservan en los que aparece Gertrudis Gómez de Avellaneda junto a la familia real española. El primero de ellos que reproducimos hoy (en realidad se trata de un boceto o es el resultado de varios bocetos iniciales), se encuentra en el Museo de historia de Madrid, y corresponde a la jura de Isabel II como reina de España, efectuada el 10 de noviembre de 1843, tras haber sido declarada mayor de edad.
 
Según nos cuenta el escritor y Catedrático en Historia del Arte, Carlos Reyero, el ayuntamiento de Madrid convocó un concurso público entonces, celebrado en 1844 para perpetuar aquella ceremonia oficial en una gran pintura (Pintura que nunca se llegó a realizar, solo quedó el borrador que hoy se exhibe en el Museo de Historia de Madrid). La obra se atribuye al pintor madrileño José Castelaro y Perea. En el boceto –continua Carlos Reyero- se aprecia la cabecera del Salón de Sesiones del Senado, con un gran dosel rojo, bajo el cual la reina Isabel II jura la constitución de 1837, en presencia de diversas personalidades de la realeza, civiles, militares y eclesiásticos, que asistieron a la ceremonia. Y no nos ofrece mayores detalles.

Pero nosotros sabemos gracias a las noticias de varios periódicos de la época que en aquella ceremonia estaba presente Gertrudis Gómez de Avellaneda. Tula asistió junto a Carolina Coronado, ambas acompañaban a Manuel José Quintana y a Juan Nicasio Gallego. Era la primera vez que La divina Tula asistía a un acto de tal envergadura. Pero como el cuadro no fue terminado, no tenemos la constancia y enumeración de los personajes que en él aparecen.  Ahora, si nos fijamos bien, en la parte inferior derecha del boceto -y a pesar de estar de espaldas-, aparecen las dos jóvenes poetisas Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado, perfectamente reconocibles. Ambas vestidas esplendorosamente para la ocasión. En la composición que presentamos, hemos ampliado a las dos jóvenes para que pueda apreciarse con mayor claridad.


 

 
 Tula en la entrega de los premios florales



Artículo publicado por el periódico El Laberinto, 16 de enero de 1844. El periódico se hace eco del acontecimiento celebrado el 23 de diciembre de 1843 en el Liceo Artístico y Literario de Madrid. En la parte inferior se puede leer lo que se dice acerca de los versos de la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, y sobre ella misma...
 

Según artículos publicados  en 1910 y escritos por el poeta y crítico literario  de la época José Augusto Escoto, a finales del año 1843, y mientras muchos intelectuales cubanos mantenían algunas demandas con el gobierno de la Metrópoli (obstinado éste último en negar ciertos derechos políticos pedidos por la colonia), alcanzó Gertrudis Gómez de Avellaneda uno de sus más grandes triunfos literarios con la declaración en Madrid de la mayoría de edad de Doña Isabel II.
 
Para conmemorar aquel importante acontecimiento, el Liceo Artístico y Literario de la capital española celebró una suntuosa fiesta a la cual concurrió la famosa poetisa, que ya había asistido el mes anterior a la jura de la constitución de la reina, según hemos comentado ya en los párrafos anteriores. La divina Tula fue invitada de honor por expreso deseo de S.M Doña Isabel II., (Se dice que S.M. acababa de leer, a escondidas de sus confesores, Dos mujeres, la segunda novela de la Avellaneda, por la cual sentía y había expresado cierta curiosidad literaria). La Avellaneda, esplendida a sus veintinueve años, acudió a la cita con una composición que leyó a la joven soberana y allí, donde solo se fue a cantar, saltándose el protocolo, y levantando ella la voz, pidió a la muy joven soberana los derechos que sus paisanos reclamaban entonces en la colonia. Y se hizo el silencio. Al final de la oda, queriendo llamar mucho más la atención, y ante el estupor y admiración de todos, se inclinó ante la reina e improvisando sobre las estrofas finales de su oda, dijo:
 
Salud, ¡joven real! mientras su frente
A tu planta inocente
Esta patria del Cid gozosa inclina,
Recuerda que en los mares de Occidente,
—Enamorando al sol que la ilumina—
Tienes de tu corona
La perla más valiosa y peregrina;
Que allá, olvidada en su distante zona,
Do libre ambiente á respirar no alcanza,
Con ansia aguarda que la lleve el viento
, —De nuestro aplauso en el gozoso acento—
La que hoy nos luce espléndida esperanza.
 
Dicen las crónicas de la época que la reina suspiró profundamente y agradeció con un sutil gesto de aprobación. La lluvia de aplausos no se hizo esperar. La oda hizo furor en Madrid, y al día siguiente fue publicada por casi todos los periódicos de la corte. Durante varias semanas posterior al magno evento, en el café del Parnasillo, los versos fueron recitados una y otra vez por todos los románticos de la época, Zorrilla a la cabeza de ellos, junto a Bretón de los Herreros y Nicomedes Pastor Díaz.
 
De aquella comentada ceremonia es la litografía que reprodujo el periódico El Laberinto en enero de 1844 cuando estuvo listo el grabado que a partir del dibujo inicial, realizara el Señor Piquer. En la litografía, que reproducimos para la complacencia de los ávidos lectores del blog, se aprecia el justo momento en que S.M. hace entrega a la hermosa Gertrudis Gómez de Avellaneda de su respectivo premio floral.
 
Detalle de la Litografía publicada por El Laberinto el 16 de enero de 1844. Isabel II entrega el premio floral a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a la que vemos de espaldas y arrodillada frente a la joven reina.
 
Hay un tercer cuadro, el más famoso y documentado de todos. Pero no lo vamos a tratar, al menos de momento. Será el 23 de marzo, cuando editemos un post acerca del mismo, y se cumpla, además, un nuevo aniversario del nacimiento de la autora y de la ceremonia que evoca ese famoso cuadro. Solo podemos adelantar que el citado acto tuvo lugar el 25 de marzo de 1855 en el Salón de Sesiones del Senado. Se trata de La coronación de Quintana, obra del pintor de la corte Luís López Piquer, que casualmente fue el mismo que realizó los dibujos iniciales para el grabado cuando la mayoría de edad de Doña Isabel II. Actualmente esa obra se encuentra expuesta por el Museo Nacional del Prado en una de las salas del Senado.
 
Manuel Lorenzo Abdala
 
Bibliografía:

·          Escoto, José Augusto. Gertrudis Gómez de Avellaneda: Cartas inéditas y documentos relativos a su vida en Cuba de 1859 a 1864. Colección Ilustrada, La Pluma de oro, 1911
·          Reyero Hermosilla, Carlos. Pintar a Isabel II: en busca de una imagen para la reina. P 241.
·          Pérez Garzón, Juan Sisinio. Isabel II: Los espejos de la reina. Marcial Pons Historia 2004 – 351 páginas.
·          Madrid, Museo Municipal. Isabel II jurando la Constitución (Boceto). José Castelaro y Perea.
·          López Piquer, Luís. La coronación de Quintana, óleo sobre lienzo 420 X 561 cm, obra depositada por el Museo Nacional del Prado en el Senado.
·          Periódicos: Diario de avisos de Madrid, El Espectador, Semanario pintoresco español, El Heraldo, El Laberinto (Noviembre-diciembre de 1843)