octubre 13, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta nº 14)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London, 1955

ELOCUENCIA NARCÓTICA

“El que no está dispuesto a cumplir todas las cosas y a cumplir plenamente con la voluntad de su amada, no merece el nombre de amante”.

Tomás de Kempis


Esta carta es una de las tantas en que mejor se retrata la autora. Le escribe a él, pero habla más de sí misma y del amor propiamente dicho que sobre las supuestas virtudes que pueda poseer su destinatario ¿Qué tendrá que decirle ella ante los reclamos, precisamente a quien solo emite reproches?
La noche anterior los ardientes enamorados se vieron con toda seguridad y tuvieron cita íntima. Lo sabemos por las palabras que le consagra cuando se refiere a él. Esto nos indica que según ella, Antonio no merecía más elogios que los escuetos dedicados. Nada más tiene que decirle, repito.

Anoche has estado encantador: tu tono festivo y ligero me hizo bien al corazón. Tus palabras acariciadoras tenían un no sé qué de tan positivo y tan corporal (perdona si digo algún disparate), que en mí, rara como soy, produjeron efectos admirables. No hablemos más de ti, tampoco; es tiempo de acabar este trozo de elocuencia narcótica. Es tarde y quiero enviarte mi saludo.

         A partir de aquí en la Avellaneda comienza a apagarse la llama del amor tal y como ella lo concibe: sublime. Antonio la amaba, sí, pero solo corporalmente y ella se está dando cuenta de este amor vacio y sin sentido que puede dislocarse. Sufre física y moralmente de una manera inexplicable, Se siente mal, influenciada por las condiciones atmosféricas, dice; pero no es toda la verdad.  La relación debe reiniciar la llama de aquellas primeras cartas o no progresará nunca. Y todo muy a pesar de que ella no lo quiere perder. Ciertamente ambos se demandan con pasión. Bálsamo el uno para el otro, son la razón narcótica del amor que se profesan.

Manuel Lorenzo Abdala




Carta Nº 14
[3 de mayo de 1853, miércoles]

Hoy 3 de mayo.

        Quieres que te escriba hoy: bien, amigo mío, siempre es muy grata para mí la tarea de escribirte: pero ¿qué he de decirte a ti, que nada tienes que comunicarme por parte tuya? ¿A ti que has comprendido sin duda con tu buen talento, que hoy, precisamente hoy, debo hallarme en uno de mis días de espleen, y de fastidio y de inercia? ¿No ves ese cielo sin color y sin luz? ¿No sientes esta atmósfera ni cálida ni fría, sino húmeda, pesada, soporífera? Yo, naturaleza nerviosa por excelencia, estoy más que nadie sujeta a la triste influencia de estos días opacos y destemplados: sufro física y moralmente de una manera inexplicable. Si tuviera entre mis manos algún drama, hoy suspendería el trabajo, a menos de que me conveniese pintar en alguna de sus escenas un carácter perezoso, tibio, regañón a ratos y a ratos taciturno, pero siempre pesado y fatigante para los otros y para sí mismo: pintaría ese carácter porque es por hoy el mío. Afortunadamente mi carácter cambia en horas, en minutos: toca todos los extremos con igual rapidez; lo cual, sea dicho de paso, sino prueba la fuerza del alma, indica al menos su agilidad. Pero no hablemos de mí, querido Antonio; hablemos del amor, que vale más que yo, y que no se anubla cuando se anubla el cielo; ni se enfría cuando sopla el viento del Guadarrama. A propósito del amor, ha dicho con inimitable sencillez y verdad, un escritor místico de ardiente corazón1 estas sublimes palabras. «Lui seul rend léger tout ce qu’il y a de pesant, et supporte avec égalité les inégalités de la vie; car il porte son fardeau sans en sentir le poids. Il est libre et rien ne le retient. Il donne le tout pour le tour; il ne connaît point de borne ; il ne sent point sa charge ; el veut faire plus qu’il ne peut, parce qui’il croit que tout luis est permis et possible. Celui qui n’est pas disposé à souffrir toutes choses, et à se conformer entièrement à la volonté de son bien - aimé, ne mérite pas le nom d’amant»2.

        Esta admirable definición, querido Antonio, me ha encantado siempre y he envidiado a los que pueden dirigir a Dios, como lo hacía el autor de ella, aquel amor divino tan superior a todo objeto terrestre ¿No es verdad que amar de ese modo a una pobre criatura mortal sería una profanación y una desgracia? Sin embargo, somos tan injustos que aspiramos a eso; que no nos contentamos con nada que no sea eso. Si hubiera muchos días tan feos como el presente, es probable que nos llamásemos a la razón y conociéramos que no debe ser amado con aquella sublimidad un pobre ser que es esclavo de las influencias atmosféricas. Heme aquí que te he hablado ya de mí y del amor, y que aun no te he dicho palabra de ti, que eres lo que me ocupa, a pesar del entumecimiento de mi alma. Hablemos, pues de ti un poco, antes de concluir esta carta; carta que es menos tonta de lo que parece, pues te aseguro vida mía que me sería muy difícil escribir otra igual en cualquier otro día que no fuera tan nublado como éste. Hablemos de ti, decía. Anoche has estado encantador: tu tono festivo y ligero me hizo bien al corazón. Tus palabras acariciadoras tenían un no sé qué de tan positivo y tan corporal (perdona si digo algún disparate), que en mí, rara como soy, produjeron efectos admirables. No hablemos más de ti, tampoco; es tiempo de acabar este trozo de elocuencia narcótica. Es tarde y quiero enviarte mi saludo.

        Esta noche irás acaso al teatro: no te veré, a pesar de mi deseo, porque mamá quiere tener tresillo en casa y habré de hacer tercio. Mi salud es buena hoy, y mi Esculapio, que acaba de irse, me ha dicho con gran fe que todo se acabará si quiero no pensar tanto, y no ser tan irritable. Que yo he de ser mi propio médico y de éxito seguro, siempre que acierte a modificar mi organización especial. Ya ves si la cosa es fácil. Adiós, Antonio mío, te quiere siempre y te saluda con afecto

T


(1)          Se refiere a Tomás de Kempis,  canónigo agustino del siglo XV, autor de Imitación de Cristo, una de las obras de devoción cristiana más conocida desde el siglo XV, redactada para la vida espiritual de los monjes y frailes de entonces y que ha tenido una amplia difusión entre los miembros de la Iglesia católica; algunos importantes autores de espiritualidad cristiana le han dado gran relieve, como Teresita de Lisieux, Bossuet y Juan Bosco, entre otros. Si bien la autoría de esta obra fue ampliamente contestada por autores posteriores, en la actualidad se tiene como histórica su atribución a Tomás de Kempis.
(2)          Estas bellas palabras aparecen en Imitación de Cristo. Esta obra ha sido el libro católico más editado del mundo después de la Biblia según nos dice Eliecer Salesmán (famoso sacerdote colombiano) en el prólogo de su edición actual “Imitación a Cristo”, p.5.
Imitación de Cristo fue escrita durante toda la vida de Tomás de Kempis (1380-1471) y es muy posible que haya sido el material con el cual el autor enseñaba a sus jóvenes pupilos en el Monte Santa Inés. Se divide en cuatro libros:
Libro I: Consejos útiles para la vida espiritual.
Libro II: Exhortaciones a vivir vida interior.
Libro III: De la consolación interior.
Libro IV: Del Sacramento del Altar.
La edición estudiada y citada por la Avellaneda en esta carta es la traducida del flamenco por R. P. de Gonnelieu (sacerdote de la Compañía de Jesús), obra editada por De LAMARZELLE en 1838 (imprenta y librería de Vannes, en la localidad de la Bretaña francesa). Esta obra es posible se la trajera la Avellaneda en 1846 de “La Solitude” (Martillac, Burdeos) centro espiritual al que se retiró después de la muerte de su primer esposo, Pedro Sabater, y posiblemente la obra inspiradora de su posterior Devocionario cristiano en prosa y verso. La divina Tula posee ambas obras en sus archivos a disposición de los lectores.