julio 29, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 2)

En la imagen, una joya de la fotografía decimonónica por Lady Clementina Hawarden.  Londres 1859.


El retroceder es imposible.

En esta segunda carta la Avellaneda, cual investigador policial, aumenta el interés por conocer la verdadera cara que esconde el disfraz de Armand Carrel. Para desechar candidatos, le ofrece pistas sobre la que ella cree su identidad. La cantidad de información que nos ofrece es valiosísima: sabemos que su amanuense es una mujer, y no una mujer cualquiera (ya veremos de quién se trata), igualmente sabemos que ha escrito -o mejor dicho, ha traducido- "La Aventurera" de Soulié. Pero lo más importante es saber que está dispuesta a continuar con el juego porque está, atrapada, seducida. La poetisa se enfrenta a su curioso “adversario” y de un modo sutil, pero directo, sin tapujos, hace una declaración de intenciones definiéndose de un modo que la caracteriza: “Nací valiente aunque hembra”. El juego propiamente dicho comienza con esta segunda carta, ya no habrá vuelta atrás “el retroceder es imposible”, le advierte. Y para ponerse a su altura, le reta sin que lo parezca.

Pero mejor es leer la misiva y que cada cual saque sus propias conclusiones.

¡Disfrutad!

Manuel Lorenzo Abdala
http://www.ladivinatula.blogspot.com



Carta Nº 2. (transcripción)
1 de abril de 1853.

        ¿Con que tanto se turbó V. a la idea de que yo podía conocerle? Si así fue quiero que se repita con aumento aquella turbación, o que V. quede libre completamente de ella para lo sucesivo. Quiero hacerle a V. un bosquejo de la figura que he creído descubrir al través de su disfraz, y después de ver el retrato ya sabrá V. a punto fijo si se ha engañado mi vista o si ha sido perspicaz y exacta.

        Armando Carrel es un Joven que hasta hace poco tiempo era pollo todavía: Joven de agradable presencia, que no ha pertenecido nunca que yo sepa, al sacerdocio del Santo trabajo, y por consiguiente no tiene las manos ásperas y encallecidas sino blancas y suaves, como deben serlo las que sostienen pluma en vez de azada. Respecto al otro Sacerdocio del trabajo intelectual, que (sea dicho de paso), no me parece menos noble que el que V. santifica en su primera carta, el individuo que nos ocupa no es ciertamente profano. Además de otros estudios, me consta que cultiva de vez en cuando la Sociedad de las nueve vírgenes hermanas, y creo que le sobra talento para adquirirse un nombre distinguido en el gremio de sus alumnos. Es nuestro joven, persona de impresionable corazón y de cabeza ardiente… en fin, diré por más señas que hace algún tiempo no tengo el gusto de verle porque mi enfermedad me ha impedido recibirle las últimas veces que ha favorecido esta casa; y que precisamente tenía que hablarle de un asuntito que le interesaba y que me había recomendado, por cuyo motivo he sentido mucho verme privada de recibirle. Es imposible que después de leer tales señas V. ignore si adivino o no quien es el Señor Armando, pero aun quiero añadir para mayor complemento, que tengo una carta cuyo estilo se parece bastante al de los escritos del discreto Carrel; a pesar de que la cartita que digo tener a la vista, no contiene sino breves líneas amistosas, de muy escaso interés.

        Ahora vamos a otro párrafo de su segunda de V. señor Armando.

        He detestado siempre al autor sin corazón de aquella máxima fría que V. me cita. Tratar a mis amigos como enemigos futuros, es cosa que no pudiera jamás; pero en cambio soy muy difícil en punto a amistad, muy incrédula, y acaso no hay entre las innumerables personas que se dicen amigas mías, dos siquiera que yo juzgue tales. En cuanto a mis enemigos, ni los cuento ni los temo: Nací valiente aunque hembra. No debe V. asombrarse tampoco de que exprese gran seguridad respecto a V.; de que no pueda creer sus anónimos, lazos tendidos por una mano maligna. En primer lugar le he dicho a V. que soy medrosa, y añado ahora que mis enemigos no son gentes que se anden con ardides. La guerra que me hacen, si no es más noble, es por lo menos más descarada, y no necesitan procesarme por una línea de mi mano, más o menos insignificante, toda vez que saben ellos inventar a su placer, cuanto les conviene atribuirme.

        Con todo agradezco su primer consejo de V., y en correspondencia voy a darle a V. otro. Escúchelo V. con atención porque es importante.

        Antes de escribir cartas en las que le diga a una persona de mi carácter, que está en manos de ella el que sea el nombre que V. adopta tan poderoso como la campanilla del héroe de Soulié, que con solo hacerla sonar lo tendrá a V. a sus órdenes donde y para lo que quiera… Antes de obligarse a tanto, repito, reflexione V. que un ser extravagante como lo soy yo, puede muy bien atrapar aquellas palabras, y poner a V. en la forzosa necesidad de desmentirse en su tercera carta, o ir más lejos de lo que se haya propuesto. Suponga V. que yo, rara como soy, quisiera poner a prueba la veracidad de mi corresponsal desconocido para hacerle acabar la comedia cantando la palinodia, o para hacerme de él, a pesar de su máscara, un amigo verdaderamente útil. Suponga V. que animada por aquella idea hago sonar muy pronto la poderosa campanilla, tratando nada menos que de confiarle a V. una misión interesantísima para mí; una misión que ponga a prueba su habilidad de V. y su lealtad, así como le mostraría la fe grande que yo tengo de que he de encontrar en V. ambas cualidades. Y bien ¿qué haría usted si tal caso llegase…? Guardar silencio es declarase vencido: excusar la prueba es algo peor todavía: aceptarla… aceptarla es cosa que podría llevarle a V. muy lejos: cosa que podría hacer muy grave, muy seria esta correspondencia chistosa.

        Piense V. en esto y comprenderá que es importante el consejo que le doy de no obligarse mucho, ni aun llevando visera, sobre todo con gentes excéntricas como V. me llama y yo me confieso. Esto vale para lo sucesivo, pues de presente lo hecho hecho; el retroceder es imposible.

        Necesito saber pronto lo que V. piensa de los últimos párrafos de esta carta, y mi amanuense, que no es hombre de letras, sino mujer d’sprit, me anuncia que se va a ver V. tan apurado al contestar, que acaso, acaso muera segunda vez el pobre Armand Carrel, con menos gloria que la primera.