agosto 24, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 9)

(Pensadora...) Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1962


El amor, la política y Gertrudis Gómez de Avellaneda
(Proclamación)

La noche del domingo 24 de abril de 1853 debió ser intensa, excelsa y absolutamente arrebatadora para los enamorados. Los jardines del Palacio de Oriente sabrán mucho más que yo al respecto porque fueron testigos de los hechos. Debió ser ese prototipo de noche (poco frecuente), que ningún amante verdadero podrá jamás olvidar. Y tanto fue así que la pobre Gertrudis terminó enferma por tantas emociones y placeres experimentados...
La carta Nº 9 no solamente es intensa y está colmada de pensamientos filosóficos, de análisis existenciales y hasta de inesperadas y profundas reflexiones (algunas polémicas). Es de tal magnitud y desgarradora actualidad lo que dice (escribe), que su lectura puede dejar sin aliento a muchos contemporáneos. “La política es una prostituta degradada, a mis ojos” ha dicho, entre otras cien verdades. (Cada vez comprendo más el por qué han tratado de silenciar, a través de los tiempos, a un portento de las letras, sin igual, en España).

Todos los gobiernos me parecen malos porque todos son hechos por el hombre y para el hombre: la sociedad humana no me parece ni muy capaz de perfectibilidad ni muy digna de que se le procure.

La carta es en sí misma, un manifiesto, una especie de declaración de principios en toda regla que debería convertirse en inexcusable prontuario para ciudadanos, amantes y hasta para senadores, diputados, alcaldes, ministros y asesores de estos (y eso que la poetisa estaba en cama, muy enferma, cuando lo plasmó en el papel…)
En fin, la carta es vital para comprender cosas tan dispares (aparentemente) como el amor, la política y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Pero es el tema amatorio el que predomina y el que realmente nos interesa. Es tan intenso lo que expresa la Avellaneda en esta carta que nos gustaría analizar con nuestros lectores todos sus pensamientos y reflexiones, si fuera esto posible (Exhortamos a ello). Nosotros hemos subrayado solo algunos casos, los que nos han parecido más propicios para el análisis, aunque todos son válidos y algunos polémicos, como lo fue igualmente el paso de la poetisa por este mundo.
Nada más que decir por hoy: la carta, creo, lo dice todo (en algunos aspectos es la mejor de un lote de cincuenta). Queda, pues, abierto el diálogo.


Manuel Lorenzo Abdala






Carta Nº 9. [Todos los subrayados son nuestros]

(Lunes 25 de abril)

        Te rogué que me escribieses hoy aunque fuese una sola línea, un saludo matinal, y ha pasado medio día sin recibirlo. Es preciso que andemos a la par, me decías anoche: yo te lo digo hoy a ti. Me levanto solo para escribirte, porque he pasado malísima noche, estoy enferma como preveía. Hace mucho tiempo que me tiene dicho mi Esculapio que solo evitando las emociones fuertes puedo recobrar la salud; que el reposo físico y moral es para mis males la mejor medicina. Estoy tocando la verdad de su receta: la felicidad que durante dos horas he gozado cerca de ti, me ha hecho mucho daño, amigo mío, tanto daño que creo imposible dejar en todo el día mi alcoba y solo por pocos momentos mi cama. Si quieres conservar a tu amiga por algún tiempo en la tierra, es necesario que le economices, por ahora, hasta las sensaciones de placer; que te acuerdes de que está físicamente enfermo su pobre corazón, y que, como todo enfermo, apetece comúnmente lo que le hace más daño. Con todo, amigo mío, no creo pagar caro con mis padecimientos de hoy los dulces momentos de ayer, si bien siento más que nunca lo que te decía entonces. En efecto; ¿no es verdad que hay en el amor un no sé qué de angustioso y desconsolador? ¿No es verdad que la pobre naturaleza humana no encuentra nada en sí misma con qué satisfacer el infinito anhelo de sus propias necesidades? ¿No sientes entre su deseo y su impotencia una lucha dolorosa que hace igualmente imposible el vivir sin amar y el amar sin morir?

        Al llegar aquí recibo tu billetico que he leído por tres veces ¡La política mi rival…! ¡Mi rival digna!(1) ¿Cómo te has atrevido a escribir eso? Escucha; la política es una prostituta degradada, a mis ojos. La política, eso que llamáis con ese nombre vosotros, los hijos del siglo 19; vosotros los que habéis desarrollado vuestra inteligencia y comprimido vuestro corazón entre la atmósfera del gas y el carbón de piedra; la política que habéis hecho los hombres constitucionales, los hombres de eso que llamáis gobierno representativo, es una cosa que nos es antipática a nosotros los poetas; a nosotros naturalezas ardientes que no comprendemos lo que es incompleto y raquítico. Yo entiendo a Luis 14 y a Proudhon, pero no concibo siquiera a los políticos de los gobiernos mixtos; a los monárquicos liberales; a vosotros los que llamáis libertas a una quisicosa imposible. Es verdad que yo no tengo ni chispa de fe, ni chispa de entusiasmo en la región que llamaremos de las ideas sociales. Todos los gobiernos me parecen malos porque todos son hechos por el hombre y para el hombre: la sociedad humana no me parece ni muy capaz de perfectibilidad ni muy digna de que se le procure. Esa gran palabra libertad, que ha tenido tantos mártires, me parece después de todo un sonido y nada más ¿Dónde está? ¿En qué consiste? Puede decirse de ella lo que decía Pascal de la justicia y de la verdad. “Son dos puntas tan delgadas que nuestros romos instrumentos no pueden afinar con ellas”. Y si me permites citar después de un pensamiento de Pascal una de mis humildes ideas, te diré que a propósito de la libertad, he observado en uno de mis versos:

Que el voraz tiempo en su carrera impía
Ni a los antiguos númenes perdona.

        Yo hubiera sido capaz de morir por aquel nombre en los tiempos de Leonidas. En los nuestros no daría un maravedí por su posesión. Todo cambia, amigo mío, y eso prueba que nada tenemos nunca que sea realmente bueno; que posea un elemento perfecto de vida. Todo cambia, porque todo es falso, impotente, defectuoso. Comprendo que la ambición se haga un instrumento de ciertas ideas, de ciertos nombres: no comprendo que la inteligencia, que el corazón se hagan un culto de aquellas ideas y de aquellos nombres. Deja a la humanidad seguir su marcha: domínala, si puedes; no te metas a mejorarla.

        He aquí que sin saber cómo te he regalado una porción de desaliñadas e inconexas ideas de mi repertorio secreto, y acaso vas a creer que soy un alma egoísta. Estoy tan mala que no me siento con fuerzas para disculparme, ni para escribir otra carta; a pesar de que me da ira ver que he empleado un pliego en decirte tonterías; en decirte cosas que no tienen relación con nuestros afectos. La culpa es tuya: ¿por qué me has hecho sentir celos de esa pícara política? (2). Bien mereces por castigo la pena de leer tantas extravagancias como he hacinado en esta carta.

        A otra cosa: o no firmes tus cartas o firma Antonio. El nombre de tu adopción(3) lo ha tenido otro hombre: el tuyo es el que quiero.

        Creo difícil el verte esta noche. Mi médico, que acaba de visitarme, me ha ordenado una docena de sanguijuelas: de poéticas sanguijuelas con las que entraré en sociedad esta tarde. Es presumible que no me halle por la noche en disposición de asistir al teatro; pero iré mañana sin falta.

        He andado buscando entre mis retratos alguno algo parecido para mandártelo; ya que no puedo hoy estar cerca de ti, quería estuviera mi imagen. Son tan malas las que tengo que no me he determinado a mandarte ninguna. Se me ha ocurrido luego hacerte llevar mis poesías para que leyeras en ellas esta noche al acostarte: pero aquellos pensamientos en que no entrabas tú, me son odiosos hoy. Solo te copiaré fragmentos de algunas estrofas en las que veas cual era el anhelo de este corazón que ahora no sabe decir que es lo que anhela, porque posee lo que antes soñaba y porque, sin embargo, no se siente satisfecho: quisiera todavía una esperanza más grande que la esperanza, como decía no sé quien; quisiera… ¿qué sé yo? Me indigna la idea de que cuantos tontos y tontas hay en el mundo saben decir que aman. Me indigna más todavía el pensar que la naturaleza, esa cruel niveladora, ha impuesto las mismas aspiraciones a la pasión, sea cual fuera el alma en que se albergue. El hombre más grande, ha dicho creo que el ya citado Pascal, no se diferencia del más pequeño sino en que tiene la cabeza más alta; los pies de ambos están al nivel. ¡Ay amigo mío! Esos pies malditos que pisan el mismo terreno en que se asientan los del ser más estúpido; esos pies que están tan al igual de todos los pies, por alta que se levante la cabeza; ese extremo fatal por el que se tocan todos los hombres, son los afectos del corazón por desgracia. Anoche lo sentía sin explicármelo y hoy me lo explico al sentirlo. Es cosa horrible que el alma esté asociada a este cuerpo miserable. Que para expresar las más altas aspiraciones de aquella, tengamos que valernos del lenguaje de los hombres más comunes: que no alcance el amor más puro y más espiritual, otras satisfacciones que aquellas que están a la disposición del más rudo patán. Esto se me ocurre a propósito de ciertas líneas de tu carta en las que me dices cosas muy bellas y muy ardientes, pero que revelan y excitan sensaciones muy vulgares; muy corporales, contra cuyo poder me irrito en vano. Hazte ángel, amigo mío; hazte ángel, aun cuando me quieras menos. Ten un idealismo superior a mi propio idealismo porque, de otro modo ¿a dónde iremos a parar, después de todo? ¿Cuál será el término de esta senda de poesía en la que concebimos ambos tan delicados perfumes…? ¡Oh! Serías muy insensato si no supieses alejarte y alejarme de un límite prosaico y mezquino: porque eso que los tontos llaman un triunfo, para el hombre de alma es la decepción; es la prosa… son los pies que lo pone al nivel de todos los hombres y de todos los brutos. Sé muy espiritual, amigo mío, te lo pido a nombre de nuestra felicidad futura: no me ponderes tanto los encantos de un beso. Un beso hace sentir lo mismo que a ti, al aguador que abastece tu casa. Háblame de aquellos goces del alma que no conciben sino los seres superiores. Dejaría de verte si creyese que después de todo lo que me has hecho soñar no quisieras ser para mí sino un hombre. No lo seas, no, por tu vida; no lo seas nunca. No me arrebates mis últimas probabilidades de dicha buscando su realización en lo que la desnaturaliza. He aquí por conclusión los versos que te he dicho antes.

Lo que se cambia y envejece, y pasa,
Lo que se estrecha en límites mezquinos,
Es nada para el alma, que se abrasa
Anhelando de amor goces divinos.(4)

¡Desdichado de aquel que en su juicio escaso
Hallar lo grande en lo finito intente;
Que en corrupto licor y estrecho vaso
Quiera apagar la sed que interna siente!(5)

………………………………………………………………….

Oh tú, sin nombre en la terrestre vida!
Bien ideal; objeto de mis votos;
Amor que sueña el alma, conmovida
Por vagos goces, en el mundo ignotos!
¿Dónde estás…? Ven a mí… Etc., etc.


Adiós.  


Notas:

(1)       Cuando la Avellaneda escribía esta carta, recibió el billete (carta) prometido por su amante la noche anterior. A partir de aquí cambia el tono de la carta. Parece ser que Romero Ortiz, involucrado en una campaña política para satisfacer sus ambiciones personales (la prensa por aquellos días hablaba sobre la derrota sufrida en el parlamento por él), le hace saber a Tula que debe compartir su tiempo entre ella y su otro “entretenimiento”. Esto motiva en la poetisa el manifiesto político, resultado de su experiencia, que vierte en su carta y que no tiene desperdicio, aunque después de la ofuscación inicial, vuelve al tema principal: el amor.

(2)       Es de tal magnitud el conocimiento y manejo del idioma por parte de la autora que ha querido expresar una idea haciendo una pregunta cuando en realidad se trata de un pensamiento suyo, de un convencimiento: “La culpa es tuya porque me has hecho sentir celos de esa pícara política” ha querido decir (sin la interrogante)

(3)       Nótese aquí las sospechas manifestadas por la Avellaneda en la carta anterior. Ella ya sabía (había descubierto) quién se escondía bajo el disfraz de Armand Carrel porque conocía la existencia del original, cuya vida se asemejaba bastante a la de Antonio Romero Ortiz. El Armand Carrel francés (disfraz de Antonio Romero Ortiz durante las primeras ocho cartas con la Avellaneda) nació en Paris en 1808. Hijo de padres comerciantes. En sus primeros años tuvo una fuerte afición por la carrera militar, la cual abandona muy pronto para dedicarse a la escritura y al periodismo gracias a Augustin Thierry (fue su secretario). De ideas “izquierdistas” se convierte en líder entusiasta del partido republicano. Compuso varias obras históricas y formó parte de la redacción de varios periódicos, llegando a fundar el “Nacional”, en donde manifestó nobleza en la defensa de los principios democráticos. Falleció como consecuencia de las heridas sufridas en un duelo con un rival político en 1836. Su obra más conocida fue Historia de la contrarrevolución en Inglaterra.

(4)       Parte de uno de los cuartetos dirigidos al señor don Pedro Sabater, con motivo de haberle enviado a ella unos versos en los cuales pretendía hacer su retrato (13 de febrero de 1846)

(5)       Es igualmente parte de uno de los cuartetos señalados anteriormente, pero algo variado, ajustado a la ocasión.