septiembre 21, 2014

AMOR Y PASIÓN (carta Nº 11)

Photo by Lady Clementina Hawarden. London 1855

¡No soy ángel, pobre mí!
 (Misterios inexplicables en la naturaleza de Tula)


La carta Nº 11 es una de las tantas donde la Avellaneda se desprende de todo, aunque en ésta específicamente, creo va mucho más allá. Pinta su propio retrato despojándose de las vestiduras (que no ataduras) de su corazón y habla desde el más puro sentimiento, de su pasado y desde su verdad. Es una carta tallada con cincel sobre metal o sobre roca dura. Es a la par de sentimental, profunda, aguda e imperecedera… Ella misma nos dice (le dice a Antonio) que «saldrá desordenada y tumultuosa y rara; pero [que] será sincera» La carta es, sin lugar a dudas, «la expresión espontánea y sencilla de un corazón leal». El de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Es obvio que Romero Ortiz se enamoró profunda e igualmente de la poetisa. Esto determinó, según nos dejó por escrito Rosario Rexach en su análisis de hace unos años, un sentimiento posesivo muy intenso, demasiado quizás. Antonio Romero llegó a decirle a su enamorada, por celos (y también por machismo decimonónico), que «la mataría si ella le fuese infiel» (esta expresión que hoy nos espantaría, entonces era muy normal). La Avellaneda, defensora de sus derechos (y de sus sentimientos) como ninguna otra mujer en su tiempo, no se amilanó ante la desafortunada expresión y le respondió con sabia inteligencia: «Antonio, no es ese el riesgo que se corre con una mujer como yo. La infidelidad y el engaño son cosas de almas flacas, de organizaciones mezquinas». Ella estaba muy por encima de todo, y de todos.

Hay momentos en esta correspondencia que no necesitan explicación supletoria. Por ello es que no pensamos extendernos en su análisis. La carta está llena de sentimientos, muy encontrados ciertamente, a veces positivos, a veces negativos, y a veces hasta agresivos. Todo está dicho en ella ¡Todo! No hay recelo alguno por parte de la Avellaneda (tampoco Romero Ortiz, al parecer los tuvo).  Pero nos gustaría llamar la atención sobre uno de sus párrafos finales, justo cuando la poetisa responde a los supuestos deseos (temerosos y encontrados) de su amante.


Tú puedes ser mi ángel, el esposo de mi alma; y puedes ser mi amante, el esposo de mi cuerpo. Tú escogerás, y yo te anuncio desde hoy el resultado final: es este. –Tu completo triunfo sería la ruina de tu dominación en la región elevada de mí ser (1). Tu renuncia de ciertos derechos te asegurará la soberanía sobre mi alma; pero si la haces has de hacerla de veras, invariable, completa. Completa, Antonio, porque a la naturaleza no se le debe dar algo cuando no se le puede dar todo: porque nos mataríamos con estériles besos.


No existe en la historia de la literatura epistolar, al menos nosotros no la conocemos, declaración de principios o sentencia mujeril más categórica respecto al sentimiento del amor y al orgullo propio que los dictados por Gertrudis Gómez de Avellaneda a su amante de entonces.


Manuel Lorenzo Abdala


(1)          El subrayado es nuestro.




Carta Nº 11.
[28 de abril de 1853, jueves]

        No me ha enojado tu carta, Antonio, no; pero me ha comunicado hondamente la tristeza de que estabas poseído al escribirla. Ha hecho vibrar

“Aquella cuerda que en el alma existe
Siempre al dolor templada”

        Y sin embargo te doy las gracias: hay párrafos en aquella carta que te realzan mucho a mis ojos; que me harían quererte desde hoy si mi cariño no existiera desde antes. Voy a contestarte por escrito, puesto que no me das seguridad de poder hacerlo verbalmente esta noche. Acaso esta carta saldrá desordenada y tumultuosa y rara; pero será sincera, te lo juro: será la expresión espontánea y sencilla de un corazón leal.

        En primer lugar dudo mucho que seas justo con este corazón. Si sus cuerdas estuvieran rotas ¿podría padecer tanto como padece con frecuencia? Madama Staël  ha dicho -Las almas poderosas no se agotan jamás: renacen como el Fénix de sus propias cenizas: basta una chispa para reanimar aquel fuego sagrado cuyo santuario es eterno.- Si no son estas las mismas palabras de la escritora francesa creo que es esta su idea, y yo la adopto. ¿Se rompen las cuerdas de los corazones fuertes por mucho que se las maltrate? Una mano ruda puede destemplarlas y arrancar de ellas sonidos ásperos y discordantes; pero al primer soplo de una brisa amorosa, aquellas arpas eolias ¿no tornaran a vibrar por su propia fuerza, repitiendo melodías deliciosas? ¿Crees tú que es posible agotar los tesoros de un alma infinita? ¿No son los ricos los que pueden dispendiar mucho sin arruinarse? ¿No es la economía la virtud de los pobres y el vicio más odioso de los opulentos?

        Escucha: muchas veces he deseado matar en mí este vigor interno que me fatiga, y no lo he conseguido ¿Qué es pues aquel vigor si no existe en mi alma la facultad de emplearlo…? Sé que cuando me parecía imposible amar en la tierra, entonces se remontaba al cielo mi ardiente aspiración; entonces amaba a Dios con exaltado entusiasmo ¡Ay! Acaso solo entonces obraba bien y cumplía mi destino. ¿Por qué he vuelto a caer en este suelo mísero, vacio otra vez el abismo de mi alma…? Somos imperfectos y miserables.

        He tenido largos períodos de desaliento y de hastío: tengo con frecuencia horas amarguísimas, de esas que pintas con pinceladas enérgicas: pero dime, Antonio ¿indican ellas la extinción de la fuerza, o su temible concentración? ¿hay marasmo o plétora en el alma cuando se postra así?

        Por mi parte solo te diré que una sola vez he creído amar. El amor, tal cual yo lo concibo y lo he menester, no he hallado quien me lo inspire, ni quien lo sienta por mí. Pero abrigué largo tiempo un sentimiento enérgico, único de su especie que he sentido. No fui víctima de un abandono vulgar: mi desgracia consistió en que me dejé subyugar por las cualidades de la inteligencia sin cuidarme de las del corazón. No concebía entonces que pudiese un hombre comprenderlo todo y no sentir nada: me parecía imposible la amalgama de un pobre corazón con una rica cabeza. Alucinada por la simpatía de las ideas no eché de ver, sino tarde, que había en otras regiones de nuestras almas una divergencia absoluta; una inarmonía eterna. Cuando lo conocí mi orgullo me empeñó en un imposible: quise asimilar lo que era heterogéneo. La lucha comenzó, fue larga, fue terrible; y acabó por cansar a la parte más débil, que no era yo. No cesó él de amarme; fue que comencé yo a comprender que no podía haberme amado nunca. Murió mi amor por último; pero murió no al golpe de un abandono común; murió porque pude exclamar como Santa Teresa al hablar del Diablo. “Compadezco a aquel infortunado que no puede amar”.

        Tres meses después me casé. Esto explica el por qué no me inspiró amor mi marido. Hallaba en él todo lo que buscaba en el otro, pero había perdido la fe. Me había maleado en la pasada lucha. Si pasado aquel período tristísimo de desaliento y desconfianza, me hubiera presentado el cielo al hombre excelente que me unió a su destino, estoy cierta de que todo lo que me daba y me pedía lo hubiera recibido de mi alma. Mi corazón no estaba muerto sino ulcerado. Pero cuando empezaba a curarse, cuando brillaba para él la aurora apacible de un nuevo día, entonces fue cuando perdí a mí medido, a mi amigo, a mi buen ángel: entonces el dolor se entronizó en donde antes el tedio. Así he llegado a esta época de mi vida sin más recuerdos hondos que los de dos grandes infortunios: el de un amor mal colocado, y el de una felicidad pasajera, que ni aun supe apreciar sino después de haberla perdido. Objeto de un grande amor que me fue arrebatado cuando empezaba a conocerlo; víctima de un amor loco que supe sentir conociendo su locura, jamás he sido feliz ni he hecho feliz a nadie. Ahora eres tú, no yo, quien debe juzgarme ¿Debo amar todavía? ¿Merezco ser amada? ¿Me es permitida la esperanza de una ventura tal como la que tú me ofreces…? En cuanto a mi propia opinión solo podré decirte que el amor que sentí, aquel amor que me hizo padecer tanto en mi orgullo y en mi corazón, aquel amor que hoy me parece un sueño doloroso, me ha dejado en el alma mucho miedo y mucha desconfianza. Donde me atrae el talento allí mismo creo entrever un vacio inmenso: allí sospecho un corazón seco. Recuerdo haber equivocado la imaginación con el sentimiento; haber medido la profundidad por la superficie, y retrocedo espantada. Podré decirte, que como también me engañé otra vez, que como cuando fui amada con un amor digno de mí, no supe conocerlo a tiempo, y desconfié sin razón, y me quedé fría a fuerza de ver demasiado fuego que lo tomé por pintado y no por real; como también sé que puedo desconocer la verdad en mi triste escepticismo, me guardaré bien de desechar la apariencia de una dicha por el recelo de que no sea nunca otra cosa que apariencia. No estoy segura de que me ames; no te conozco bastante; no oso fiarme ni de la simpatía que me acerca a ti, ni de la desconfianza que me aleja. Temo igualmente creerte cándidamente y dudar suspicaz de todo. Quisiera ser prudente y me enojo contra mí misma cuando siento que no lo soy. Quisiera estar segura de que mereces mi fe, y tiemblo de indagarlo. Estoy combatida, estoy vacilante, estoy medrosa; esta es la verdad. Me agradas, te amo, pero no sé todavía si es justo y racional que te ame: no oso tener confianza ni en mi propio corazón que tanto se ha engañado antes, ni en el corazón tuyo que es todavía para mí una región nueva apenas entrevista.

        Me halaga que quieras ser mi amigo, mi hermano, el esposo de mi alma; pero a través de las bellas cosas que me dices y con las que me encantas, se me presenta de súbito como un fantasma amenazador, el recelo de que todo eso no me lleve a otro terreno que al de un amor vulgar: no ambiciones otro triunfo que el de un goce de vanidad o de los sentidos. Me pregunto con miedo si valgo yo bastante para que se me ame cual necesito; y si vales tu tanto que deba yo hacer la prueba a riesgo de salir desengañada.

        No es que cesando el misterio y la curiosidad me haya yo enfriado: es que al cesar el misterio y la curiosidad es que he podido ver que aun quedaba algo, y ese algo es lo que me da miedo a la par que placer.

        Me preguntas si admito tu corazón ¡Oh Antonio! Demasiado has comprendido que yo deseo poseerlo. Pero te pregunto yo a ti -¿Me lo das con confianza entera de que yo lo merezco, y de que él es digno de la alta estima que yo puedo darle? ¿Estás seguro de que no obras de ligero al ofrecérmelo, ni yo al aceptarlo…?

        Te mataría, me dices si me fueras infiel. Antonio, no es ese el riesgo que se corre con una mujer como yo. La infidelidad y el engaño son cosas de almas flacas, de organizaciones mezquinas. Mi marido me comprendía mejor que tú: el me decía algunas veces -Te creo capaz de romper con desdén los vínculos más santos a los ojos del mundo: te creo capaz de decirme =aléjate de mí porque no te amo y a mí no me liga otro lazo que el que yo me impongo- pero sé que eres demasiado orgullosa y fuerte para sujetar tus instintos: sé que no me engañarás nunca; que no cabe en tu alma la infidelidad pérfida, que vende al esposo en cuyos brazos se duerme. Sé que jamás prostituirás tu alma partiéndola; ni tu cuerpo dándolo sin tu alma.-

        Esto me decía mi pobre amigo y decía bien. Puedes temer en mi la inconstancia, la exigencia, diez mil defectos que tengo; pero nunca la vil perfidia, nunca la baja astucia. Soy muy altiva para poder engañar: no creo que vale nada ni nadie lo bastante para que yo me infame mintiendo.

        Antonio te he escrito larga y desordenadamente. Te he dicho cuanto leo en mi pecho por ahora. Solo añadiré otra cosa, aunque no quisiera tocar más ese punto. -¡No soy ángel, pobre mí! No soy ni tan poderoso como tú te pintas sobre tus sentidos. Ninguna mujer te diría lo que yo voy a decirte; pero yo sí. Escucha: creo, siento que más tarde o más temprano llegará un momento en que toda la pureza de mi amor no sea bastante a hacer insensible a mi cuerpo: que habrá un momento en que ni sepa ni quiera negar nada a mi corazón ni al tuyo: un momento fatal en que solo quiera unirme a ti de todos modos, sin pensar en más: pero es verdad también que aquel momento sería el último de mi dicha: que desde aquel momento, Antonio, no podría amarte como deseo amarte. No creas que exagero: hay misterios inexplicables en ciertas naturalezas. Yo soy una de ellas. Yo sé que no podría amar al hombre que podría creer que yo me avergonzaba a sus ojos. Yo sé que no podría amar al hombre que podría pensar que mi flaqueza me ponía en el caso de reputar a honra el que me diese algún día un título más legítimo, si llegase el caso de que fuera menester. Yo sé que la sola idea de que me colocaba respecto a mi amante en posición desventajosa, era bastante para sublevar mi orgullo y aniquilar mi amor. Sería capaz de entregarme al hombre que no me inspirase sino un capricho pasajero, antes que al que me hiciese sentir un amor profundo: porque cuando amo necesito ser estimada, muy estimada. Necesito saber que estoy muy alta delante de aquel que me he escogido por dueño.

        Ahora bien, de ti dependerá todo. Tú puedes ser mi ángel, el esposo de mi alma; y puedes ser mi amante, el esposo de mi cuerpo. Tú escogerás, y yo te anuncio desde hoy el resultado final: es este. –Tu completo triunfo sería la ruina de tu dominación en la región elevada de mí ser. Tu renuncia de ciertos derechos te asegurará la soberanía sobre mi alma; pero si la haces has de hacerla de veras, invariable, completa. Completa, Antonio, porque a la naturaleza no se le debe dar algo cuando no se le puede dar todo: porque nos mataríamos con estériles besos.

        ¡Oh Dios! ¡Qué sosas te digo…! ¿Qué mujer se atrevería a firmar esta carta…? Yo, Antonio, yo que soy siempre tu leal y franca

Gertrudis


Hoy 28 jueves por la tarde.