noviembre 05, 2011

LA HISTORIA DE MIS DESPOJOS MORTALES





Desde marzo de 2011, a sólo tres años de mi bicentenario, ya retumban por las gacetas y periódicos de ambos lados del Atlántico, nuevos y polémicos artículos sobre mi condición ciudadana. Que si cubana, que si española, que si más cubana que española, o todo lo contrario, o que si soy ambas cosas… ¡Y que si debo descansar aquí o allá!
Como el magno acontecimiento se aproxima inevitable, ya se barajan y remueven fichas. Se cruzan acusaciones entre investigadores, escritores, pensadores, poetas y periodistas de las más variadas tendencias tanto políticas como estéticas, cuestionándose algunos, lo que en vida dije y dispuse por expreso deseo. Nadie debería poner en causa el amor patrio a mis dos amadas tierras. Este blog, por ejemplo, que tiene a bien divulgar mis ingentes esfuerzos, dispuso en su inauguración, una encuesta cuyo resultado fue el siguiente: el 81% de los encuestados sentenció que yo era hispano-cubana, frente a un tan sólo 19% que se inclinó por mi cubanía absoluta. Más contundente ni las aguas de un cristalino manantial.
Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga de Verdugo, cubana-española. O sea: criolla, baturra, maja, gallega, andaluza, madrileña, vallisoletana, camagüeyana, española y cubana. Todas ellas en una sola persona: ¡Yo misma! ¿O acaso no se me ha reconocido -ayer y hoy- garra suficiente?
Una vez aclarado por siempre y jamás mi estatus de nacionalidad, es un sin sentido continuar esta absurda guerra iniciada en 1911, referente a dónde deben descansar mis restos mortales.

¡No me moverán!
Sinopsis simplificada de los continuados y fallidos intentos por des(en)terrarme.

Acto I: El primer intento conocido se fraguó en una sesión ordinaria, celebrada en el Consejo Provincial de Camagüey el 30 de enero del año 11 del pasado siglo, y a pesar del entusiasmo, la incipiente gestión no brindó los frutos ambicionados... Pero como el centenario de mi nacimiento se aproximaba, y los políticos querían beneficiarse del asunto (¡qué raro!), el Congreso de la naciente República de Cuba aprobó una ley otorgando un presupuesto para sufragar los gastos que ocasionaran los festejos de tan significativa fecha –eran épocas de vacas gordas- Y hasta el Presidente de la República Mario García Menocal (en persona), tomó partido en el asunto. ¡Qué destino el mío! Mi humilde persona, como de costumbre, entre reyes, ministros y gobernantes varios. Grandes fueron los actos, velada solemne en el Payret con Menocal, acólitos y otros personajes presentes, homenajes populares diversos, incluidos varios pasacalles en el mismísimo malecón de La Habana, y lo más importante para mí, por supuesto, la reedición de todas mis obras… El Consejo de Ministros de Cuba con el apoyo de la entusiasta prensa, se planteó el traslado de mis restos para que reposaran en tierras cubanas. A Dios gracias, mis descendientes directos, vivos la gran mayoría en aquella temprana fecha, mediaron en los intentos, frustrando la operación. Así permanecí, tranquilamente todavía, en la Sacramental de San Fernando de la majestuosa Sevilla por algunos años.

Acto II: El segundo intento se perpetró el 11 de junio de 1948. España comenzaba a recuperarse lentamente de aquella absurda guerra civil. En aras de mantener cordialidad -la necesitaba, y mucho- con sus antiguas colonias, el Gobierno español autoriza el traslado de mis cenizas. Fue en el Palacio del Pardo donde se acordó acceder a la petición del Gobierno de Cuba. Dada la circunstancias, Madrid se proponía intensificar las relaciones entre las hermanas naciones con Francisco Franco de por medio…!
Mis descendientes ya no eran tan directos y uno de ellos, al ser preguntado sobre los criterios acerca de tan inminente traslado, manifestó: “no vamos a oponernos nosotros a que España y Cuba rindan fervoroso homenaje a la memoria de nuestra ilustre ascendiente. Y aun diré, en nombre de la familia, que la petición del Gobierno cubano y la eficaz diligencia resolutiva del Gobierno español nos emocionan… Hace poco pensó Sevilla trasladar los restos de La Peregrina a la capilla de la Universidad Hispalense, que es en cierto modo, el panteón de ilustres de Sevilla. Mas ante el deseo expuesto por Cuba y la resolución favorable del Gobierno español, creo que podemos esperar que pronto será su tierra natal la que rinda el homenaje definitivo a los restos de esa gloria hispanoamericana”. Pero como Cuba no colocó a disposición el numerario obligatorio para el costoso traslado, y España estaba sin blancas, aun me mantuve por más tiempo en donde debía, dispuse y quise descansar para siempre en la eternidad.

Acto III: En 1968, cuarenta años después, una señora cubana de nombre Celia Sánchez Manduley, le dio carta abierta a la historiadora Nydia Sarabia –cómo si por mí pudieran disponer ajenas personalidades y sin el debido consentimiento- para que instruyese gestiones, reiniciando nuevamente la controversia del traslado de mis restos mortales. El Gobierno español, al principio se mostró en la mejor disposición de cooperar en tal empeño. Nicolás Guillén, coterráneo y poeta nacional, colaboró en aquellos intentos. Pero el patriótico anhelo de entonces quedó inconcluso, Cuba no quería (o no podía) costear el traslado, y España que ya tenía numerario suficiente, no lo facilitaba para tales menesteres. Por suerte, no se consumó la profanación de mi tumba, y la Sacramental de San Fernando continuó guardando mis restos y los de mis familiares más cercanos.

Acto IV: Veinte años después, y a petición del Delegado de la Asamblea del Partido en Camagüey - Alcalde de la ciudad- se aprobó por “unanimidad” el acuerdo Nº 360 por el cual el Comité Central del Partido Comunista de Cuba acordaba trasladar mis restos abandonados en una tumba sevillana.
¿¡Abandonados!? ¿Quién se inventó semejante infamia?
El Ministro de Cultura cubano de entonces, Armando Hart Dávalos, solicitó a su homólogo español Francisco Fernández Ordoñez que mis restos mortales fuesen trasladados a mi tierra natal. Las gestiones se dilataron tanto por motivos burocráticos que ambas partes perdieron progresivamente el interés inicial. Pero ante la inexplicable situación, algunos intelectuales cubanos siguieron insistiendo en trasladar mis restos ¡Y dale con lo mismo!

Acto V: No fue hasta el año 2008, ya entradito el siglo XXI que a iniciativa del señor Miguel Barnet Lanza, Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se comienza a fomentar una nueva campaña cuyo objetivo sería el de siempre: lograr a toda costa que La Peregrina descansara eternamente en la necrópolis de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy conocida como Camagüey.
Todo parecía indicar que las gestiones iban a lograr el objetivo que durante un siglo se venía cociendo lentamente. Pero entonces, la prensa de la península da a conocer las sospechas de los periodistas sevillanos Edith Checa y Félix Machuca acerca de que, el Ayuntamiento de Sevilla preparaba una resolución en la que se aprobaba el traslado de mis restos a Cuba. Gracias a estos dos periodistas y a un nutrido grupo de entusiastas por mi obra, en su gran mayoría sevillanos, la resolución no se llevó a cabo, y aun descanso, como siempre he querido y dispuesto, en el camposanto de San Fernando. Era y es mi voluntad, según el último testamento que dispuse en la ciudad de Madrid, un año antes de mi muerte.


Epílogo: Entre julio y agosto de 2011 el periodista e investigador Humberto Rodríguez Manso, miembro del consejo de dirección y secretario de la Fundación Nicolás Guillén, comenzó una nueva campaña para una vez más, intentar trasladar mis restos a Cuba. Con tal motivo, escribió dos artículos en una revista cubana en donde arremete a diestra y siniestra contra los prestigiosos periodistas Edith Checa y Félix Machuca, intentando desacreditarles porque defendía mis últimas voluntades. Es mi deber comunicarle y/o recordarle al señor investigador y periodista que ese testamento redactado en 1864 en la Ciudad de La Habana, dejó de tener valor jurídico cuando redacté uno nuevo y definitivo en 1872, a escasos meses de que se produjera mi fallecimiento, y así está validado ante notario. En ese último testamento dejo claramente dispuesto mi ferviente deseo de ser enterrada en la Sacramental de San Fernando de Sevilla, en el panteón familiar que adquirí para tal efecto, habiendo dejado una cantidad numeraria suficiente para que se trajeran desde La Habana –como en efecto sucedió- los restos mortales de mi marido Domingo Verdugo para que descansaran junto a los míos.
El testamento puede ser consultado en el Archivo Histórico de protocolos de Madrid en la calle Alberto Bosch Nº 4, en el Tomo 30979 folios 1646r-1685r.
Mis deseos de permanecer eternamente en la sacramental sevillana junto a los de mi marido Domingo Verdugo, para nada han tenido que ver con el estatus de nacionalidad que más o menos han pretendido asignarme los unos y los otros. Yo he sido simplemente, por efecto de nacimiento, voluntad y vida, cubano-española.
No pienso discutir temas y asuntos políticos en los cuales se intenta clasificar el asunto de mis restos mortales porque ya sabemos a dónde nos lleva el arte, la doctrina y la opinión referente al gobierno de los Estados. Por ello exijo despolitizar mi bienaventurado bicentenario y despojar el lastre de acusaciones e interpretaciones entre uno y otro lado del Atlántico, discusiones políticas deben quedar al margen de lo que fue mi vida en tierra de mortales.
Leed mi obra, deleitaros con mi poesía y disfrutad con mis dramas.
No remováis mis despojos. Respetad mi sagrada tumba.
¡Os lo ruego! ¡Dejadme descansar en paz!


Gertrudis Gómez de Avellaneda Arteaga y de Verdugo


En la foto de la izquierda, tomada de http;//www.gertrudisgdeavellaneda.blogspot.com, podemos apreciar a la periodista sevillana y presidenta de la Asociación Avellaneda Edith Checa, en compañía de un grupo de entusiastas poetas que rinden homenje junto a la tumba de la escritora en el cementerio de San Fernando de Sevilla.
A la derecha se observa una copia del último testamento que dejó la poetisa, donde se puede apreciar al final, la firma de Tula y en un costado la del notario que certificó en 1872 la autenticidad del testamento.


1 comentario:

  1. En el intento de traslado de 1968 (Acto III) utilizaron a la Premio Cervantes Dulce María Loynaz para perpetrarlo, pero al conocer lo que en Cuba se ha intentado ocultar durante años, el testamento de 1872, Loynaz desistió y regresó, respetando lo dispuesto por Tula.

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